Caminando por la noche, viendo en las calles concurridas los desechos de vidas desechas. En las ventanas de casas y negocios una sombra pasa. Pero nadie ha visto nunca nada. Veinte kilos de cocaína perdidos en una zona residencial. Tarea delicada. No llamar la atención, fueron las órdenes. Pero ya otros habían armado tremendo barullo. Samuel se vio en el espejo de una vieja ford negra oxidada. Le habían dado los nombres de fuera y dentro. Posibles interesados por la zona. El aliento de esta ciudad podría hacerla explotar si alguien encendiera una chispa. No haría falta más que un cigarrillo en un mal momento para desencadenar el infierno. ¿Qué tanto valen veinte kilos de coca? ¿ocho millones de dólares? Tal vez un poco más si entendió bien la ansiedad del jefe por recuperar o encontrar ese perico. Tal vez tuviera que ver algo más. Tal vez esté empezando a perder el interés en este negocio. Ocho millones ya no me parecen tan graves. No para esto. Esa cantidad de mierda siempre sale a flotar, y demasiado rápido en una ciudad como esta. Una ciudad de dos millones de dólares con quince bares y dos burdeles.

El asfalto susurraba bajo las botas de Samuel que seguían un rastro bien perdido en una zona demasiado concurrida. Los pies extranjeros no dejan dudas. Algunos dicen que pasan toneladas y toneladas al día por la frontera, pero todo de diferentes dueños y todo muy bien contabilizado. No sería extraño encontrar documentación que acrediten la existencia de veinte kilos de coca destinados a Chicago o New York, ya pagadas, ya con dueño, extrañamente perdidos. Hay intereses de cierto poder involucrados de una y otra y otras partes. En especial dentro de un campo legislativo tan relativo y alquímico como sería lo clasificado, o legal sólo por razones gubernamentales. En quince años de servicio Samuel nunca había fallado, ni siquiera había dejado de sorprender a quienquiera que lo requiriera. Como si alguien requiriera ser sorprendido, la verga, chingado.

Había seguido los procedimientos habituales; recorrido todos los bares, conseguido una muestra de todo lo que estaba en venta. Buscado a cualquier vendedor nuevo que pudiera estar por ahí. A cualquier adicto con cara de ser un chupa pijas de haberse leído un dos por uno de Jorodowsky. Yuppies de mierda que parecen haber sido recién cojidos en el culo por sus amantes de tetas de silicona y corazón fluorescente. No encontró nada. Si algo hubiera entre toda esa basura ya se hubieran notado como las ratas sobre un cadáver recién depositado en el basurero.

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