Antes del desierto…
El sol estaba en lo más alto y sus rayos se reflejaban en los amarillos pastizales. No había ni una nube en el cielo. Era en el norte de México, justo donde se acaban los bosques y empieza el desierto, también se podría decir que donde se acaba el desierto y empiezan los bosques, a las faldas de un cerro sin nombre, estaba una pequeña casa, blanca de cal, en medio de un claro rodeado de árboles. El techo de láminas y tablas. Había una pila de leña recién cortada enfrente del muro izquierdo de la casa, en seguida de lo que algún día probablemente fue un pequeño jardín o huerto, y frente a la pila de leña esperaba un hacha clavada sobre un gran pedazo de madera.
En la casa, en el porche, sobre una silla de mimbre y madera, estaba sentado un viejo. Sus ojos negros se perdían en el horizonte, un horizonte azul, todo azul y amarillo. El bosque estaba detrás de él. No lo podía ver, pero sabía que estaba detrás de él. Tras el cerro, y en los otros cerros, era un bosque montaraz lo que quedaba a sus espaldas extendiéndose hasta lo que parecía el infinito, pero ésto no lo veía el viejo. Estaba muy ocupado viendo el árido paisaje que se le presentaba ante sus ojos. Lo que quedaba a sus espaldas no le importaba, su mente no se detenía en ello.
Su rotro estaba surcado por profundas arrugas, como líneas de un mapa de algún lugar desconocido, de un lugar que probablemente no existía más que en los sueños de algún brujo de antaño ya hacía muchos años muerto, alguien que tal vez el viejo que observaba el horizonte conoció de niño. Su mano izquierda, igualmente llena de arrugas, estaba sobre una botella de cristal, forrada de mimbre y llena de mezcal que detenía entre sus piernas, un asidero de realidad, perfecto pretexto para seguir existiendo. Su mano derecha colgaba al lado de la silla con un cigarrillo consumiéndose entre los dedos y una guitarra de pie enseguida de ella. Esperando en silencio. El viejo contemplaba el tiempo, y pensaba que era un tiempo tremendo, colosal; un tiempo que pronto pasaría sobre él, justo de la misma manera que había pasado sobre todo lo demás, como había pasado sobre su piel, sobre los campos y las rocas que había en él. Sin embargo el viejo no estaba seguro de si era el tiempo lo que pasaba, o eran las cosas que pasaban sobre el tiempo.
‘Tal vez todo sea lo mismo.’
El viejo escuchaba al viento recorrer las tierras, la tierra y todas sus pieles; el césped, las rocas, los árboles, la arena que sabía que estaba esperando más adelante. Lo podía ver si aguazaba la vista; un amarillo pálido que se unía muy a lo lejos con el horizonte, el desierto dónde nada de lo que veía era más que una temporal ilusión, el desierto donde cualquiera se perdería si no supiera algo sobre las estrellas y la luna, y aún así, el viejo mantenía sus dudas; había visto a hombres fuertes, duros como una piedra, quebrarse ante la fluctuante inmutabilidad del desierto, los había visto alucinar, gritarles a mujeres que no estaban ahí, perseguir a enemigos que no estaban ahí, huir de monstruos que no estaban ahí. Tal vez fuera el viejo al que se le escapó algo en realidad. En la realidad sentía que muchas cosas se le escapaban; las podía sentir entre sus manos, pero eran como el humo del cigarrillo que se sostenía en ese instante entre sus dedos.
‘Mmmm.’
El viejo se llevó el cigarrillo a los labios, fumó, contuvo el humo en sus pulmones, y lo soltó lentamente por la nariz y la boca; volutas de humo ante sus ojos. Sería absurdo tratar de agarrarlas. Aplastó el cigarrillo contra una de las patas de la silla. Lo dejó caer al suelo. El humo siguió subiendo por unos momentos antes de apagarse por completo.
Según unas hojas firmadas por un juez de distrito y un notario público de pueblo, eran sus tierras las que el viejo ahora contemplaba, incluso un buen pedazo de desierto. Sin embargo él sabía que las tierras no son de nadie. En todo caso, nosotros somos de la Tierra. Pero no somos más que corrientes de viento recorriendo suavemente la superficie de las cosas. Unas podían ser algo violentas, cierto. Verdaderas tempestades.
-Pero un tornado no puede mover una montaña.
‘¿O sí?’ pensó el viejo.
Se preguntaba, más por costumbre que por una verdadera intención de averiguarlo, cómo es que acabaría todo. Si es verdad siquiera que algo puede acabar. Se imaginaba mil escenarios diferentes; acribillado por un escuadrón de la muerte, ahogado en alcohol, estrellando su troca de frente con un tren. Pero ninguna le parecía la correcta. Ninguna parecía ser el verdadero final. Siempre quedaban cabos sueltos. Posibilidades no analizadas. Una variante oculta.
Recordaba el día que su hijo había muerto. Murió despeñado de un barranco. Iba manejando una motocicleta a más de 100 kilómetros por hora en plena terracería. Estaba perfectamente borracho, con él llevaba una botella de whisky escondida en la chamarra. Se encontraron pedazos de vidrio encajados en su abdomen, un daño secundario en todo caso. No habían necesitado una investigación forense muy exahustiva para determinar la causa de la muerte de su hijo; los sesos, y pedazos de cráneo de éste estaban esparcidos por todo el rocoso arroyo que estaba al fondo del acantilado. El cual, como era de esperarse, casi no tenía agua en aquella época del año. O en ninguna otra para ser honestos. Su hijo tenía 15 años.
‘Fue una muerte estúpida. Como todas.’
A los pocos meses su esposa se voló la cabeza con el revólver que el viejo ponía por las noches debajo de la cama en caso de cualquier cosa. Recordaba la madrugada en que lo hizo; se levantó antes del amanecer, como siempre. El tenía una cruda mortal, como siempre. No le importó gran cosa cuando sintió cómo su esposa deslizó el arma por el piso para tomarla, si hubiera extendido el brazo hubiera podido tocar su cabeza cuando estaba agachada a su lado. Ni siquiera abrió los ojos, pero lo escuchó todo. Una idea pasó por su mente, pero sólo pasó y nada más. Unos minutos más tarde escuchó una detonación. Se quedó un momento acostado, sin entender bien cómo había sucedido eso, luego se levantó. La cabeza le zumbaba por el disparo, por el alcohol, porque no había dormido nada en toda la noche.
La encontró a cien metros de la casa, en medio de una arroyo. Vio las piedras salpicadas de sangre. Había unos pinos al lado del cauce del arroyo, pero éste estaba seco. Su esposa se había suicidado descalza, ni siquiera se puso un suéter. Estaba tirada a mitad del arroyo sin nada puesto más que el camisón de dormir. Pudo ver que tampoco llevaba ropa interior después cuando llegaron los paramédicos a recoger su cuerpo y lo pusieron sobre una camilla. Le pareció que todo era parte de la borrachera, que era una pesadilla, pero sabía que si era una pesadilla entonces nunca despertaría. Veinticinco años habían pasado desde que murieron su hijo y su esposa con un intervalo de pocos meses. Nunca había derramado una lágrima por la muerte de ninguno.
Se pasaba los días sentado en el porche de su casa, sin hacer nada más que tomar mezcal, fumar marihuana y preguntarse cómo es que todo acabaría, cómo es que todo había comenzado. Nunca pensó en suicidarse, aunque bien sabía que se estaba matando con la bebida, pero no iba simplemente tirar del gatillo o lanzarse al precipicio, no iba a hacerlo porque para qué matar a un hombre que ya está muerto.
No pensaba en estas cosas, o por lo menos no lo que se dice pensar, sólo presenciaba la sucesión de ideas, el murmullo inaprehensible de algo que estaba fuera de él, pero seguía siendo él. El recuerdo de todos sus muertos lo acompañaba, como una astilla clavada en lo más profundo de su carne, como una bala alojada en su cerebro.
El viejo levantó la cabeza y miró directo al sol, vio el espectro de la luz, toda la gama de colores; sintió sus pupilas arder. Le dio un trago a la botella y sintió el fuego en la garganta, cómo bajaba a sus entrañas, cómo le encendía sus agallas y sus nervios; tenía el cerebro en llamas. Se levantó de su silla sin dejar de ver el sol, sacó un cigarro de marihuana que tenía guardado en el bolsillo de la camisa, lo prendió con el mechero; un viejo mechero de oro que su esposa le regaló cuando cumplieron diez años de casados.
Recogió la botella y la guitarra del suelo, se acercó a la pila de leña que se secaba unos metros delante de la casa, hacia el sur. Las gotas de sudor le perlaban la frente y le bajaban por el pecho. El cigarro entre los labios, echando el humo por la nariz. No pensaba, hacía mucho que había dejado de reflexionar, simplemente dejaba que su mente fluyera libremente hacia donde tuviera que fluir, él era un expectador en la proyección de sus ideas, recuerdos, sueños, de ese montón de acontecimientos abstractos que parecían tener lugar en alguna parte de su cerebro, o sus entrañas. Todo seguía el camino más lógico, pero no lograba ver ningún final lógico. Algo le dijo que era el mezcal, la marihuana, el sol en sus ojos.
Posó sus ojos sobre el horizonte, de un profundo azul, y lo vio todo moverse al ritmo de las estrellas; la vida y la muerte. Todo seguía una premeditada coreografía, pequeña en su insignificancia, pero enorme en su relación con todo; el viento veloz sobre el pasto bajando de los cerros, la bóveda resonando encima, los insectos como pequeños violines llevando el contrapunto, el corazón de los animales marcando el ritmo, las piedras llevando la intensidad, por un momento el viejo creyó entender algo, dilucidó algo que volvió a sumergirse un instante después; todo se movía dentro y fuera de él, pero ¿quién era él? Un hombre muerto no puede ser alguien, sólo un pulso muerto, alguien que su existencia pasa desapercibida, es la sangre que se seca en la tierra, la sangre de su hijo, la sangre de su mujer, la sangre de toda la vida. Lo estaba viendo dentro y fuera, era el montón de madera seca frente a él, era el arroyo seco más adelante, era el barranco, era los cerros, era el pasto amarillo que con una chispa se volvería un infierno, lo vio todo desde todos sus ojos. Lo vio desde su ranchito en medio de la nada, entre la Sierra y el Desierto, entre la Vida y la Muerte. Vio La Viuda, El Espía, Palomas hacía más de 100 años, vio Ascención, Casas Grandes, Galeano, Janos, cuando no eran más que una mera extención de desierto que colindaba con una cordillera de amarillentos bosques. Vio las putas en Antelope Wells, miles de indios asesinados, sacerdotes sentados en la barra del bar abrazando a las putas, con sus manos agarrándoles el culo, con sus manos manchadas de sangre. Todos tomando mezcal y cantando por el más allá que nunca llegará, a algunos los vio tomando del mismo vaso. Vio a un hombre con cabeza de chivo crucificado hacía más de 2000 años.
El humo salía de sus narices, el sudor caía sobre sus ojos y lo cegaba, sentía el sabor salado de las gotas de sudor que se metían por entre sus labios, escuchó el viento; un huracán en sus tímpanos, truenos y relámpagos en la claridad de un día despejado. Estaba empapado de sudor. Estaba ardiendo. Esperando ver cómo terminaría todo. Sus terminaciones nerviosas estaban electrificadas, en plena fisión nuclear. Levantó los ojos y al mismo tiempo levantó la botella de cristal. Le dio un largo trago viendo al sol por el fondo de ella. Sintió las llamas abrasar su interior mientras bajaba el líquido dorado por su garganta, su corazón como el núcleo de una estrella de fuego a punto de explotar. Sentía como si estuviera parado sobre fuego. El viejo dio un salto hacia atrás; escupió el cigarro de marihuana y lanzó la botella un instante después provocando una explosión de llamas en la pila de leños. Saltaron pedazos de vidrio directo a sus ojos y el viejo cayó de espaldas . Todo se volvió de un profundo color rojo ante sus ojos, sintió su cara arder, y el escosor en sus ojos, la sangre correr por su cara, y sobre ese intenso rojo estaba ese fluir que tanto tiempo había sospechado. Ahora podía contemplarlo. Al tratar de levantarse su mano tocó la guitarra, se ayudó de ella para ponerse en píe. La tomó en sus manos y dio un paso al frente, hacia las llamas.
El viejo estaba empapado en sudor y en la sangre de sus ojos. Se encontraba tan cerca del fuego que lo lastimaba; sintió la madera de la guitarra crujir en sus manos, el metal de las cuerdas calentarse bajo sus dedos, lo sintió como si lo estuviera viendo, como si él fuera la guitarra. Toco las seis cuerdas con sus dedos y el sonido salió, expandiéndose como un grito en el espacio. Puso sus dedos en posición, y empezó a tocar una melodía; la primera desde que su hijo había muerto, desde que dejaron de importarle todas las nubes llamadas ideas que pasaban por el cielo de su cabeza. Empezó a tocar, largo y tendido, cada vez más rápido, cada vez más frenéticamente. El sol empezó a bajar por sus espaldas, el rojo se iba volviendo más espeso, como si estuviera observando una herida muy profunda que no dejara de sangrar, y sus dedos se movían sobre las cuerdas como el fuego que ardía frente a él se movía sobre los leños, como el fuego que ardía dentro de sí se movía sobre su corazón. Si hubiera podido ver, el viejo habría visto las llamas bailar al ritmo de la melodía y, como entendió que tenía que hacerlo, sus pies se empezaron a mover al ritmo de su propia canción, marcando el ritmo. Moviendo un pie delante del otro, e inclinando el cuerpo hacia atrás y hacia delante, el viejo empezó a bailar en torno a la gran pira de fuego, como si fuera un navajo, un apache, un tarahumara, desdoblando los dominios de la realidad en una unión con la misma. Lo vio todo mientras bailaba y tocaba en torno al fuego; estaba al borde de un abismo más allá de este mundo, estaba siguiendo un llamado, un llamado del fuego, de la sangre, de la música, de la tierra. Algo o alguien lo estaba llamando, y el viejo respondía al llamado como mejor podía, de la única forma que podía; bailando y tocando. Escuchó los aullidos de los coyotes, escuchó a las lechuzas y a los murciélagos, a los cuervos y a las ratas, escuchó al puma en la montaña, escuchó a los mezquites y a las encinas, escuchó a los huizaches, escuchó a la vida, sintió que toda ella estaba empapada de sudor y sangre, y supo que no podía ser de otra manera, el sudor y la sangre son la sustancia de aquello que se encuentra dentro de la vida, de aquello por lo que la vida es vida. Sintió a una infinidad de seres bailar junto a él al rededor del fuego, y sabía que no podía parar, por nada del mundo podía parar y no iba a parar, no lo haría hasta que todo hubiera terminado y el viejo empezó a gritar, a gritar al son de los coyotes, del puma en la montaña, de los cuervos y los murciélagos. En su grito era todos y cada uno de estos seres, y era un hombre, un ser más en la inmensidad de la Sierra y el Desierto, y eso eran sus gritos; un aullido de locura, un aullido que todo lo envolvía, un aullido al son de las plantas y de las piedras, al son del espíritu de todos los muertos, de todos los seres que mañana nacerán, de todos aquellos que hoy respiran. Gritó como si estuviera cantando, porque su grito era el canto de la Naturaleza.
Cuando el sol se puso, su mente y corazón ardieron una vez más con ese mismo sol, y en un momento su pasado ardió con la misma materia que su futuro. Después de lo que serían algunas horas, la fogata consumió todos los leños. No quedaron más que las cenizas y el cadáver del viejo inertes en el suelo, esperando a que se los tragara el tiempo.