Creo que estoy en problemas otra vez

Llegamos al aeropuerto cinco minutos tarde. Desde antes de salir pensé que no habría problemas si llegábamos cinco minutos tarde, pero Pamela iba como histérica rumbo al psiquiátrico en el taxi. Cuando llegamos me di cuenta que el vuelo iba quince minutos tarde, no le dije nada, pero ella se estuvo sin hablarme todo el tiempo que estuvimos documentando el equipaje. Ninguno de los dos llevaba celular; el de ella no traía pila, el mío una noche antes se había apagado y en la mañana ya no encendió, a pesar de pasar la noche conectado. Cosas extrañas pasan todo el tiempo, cosas extrañas y culeras. Cuando nos dimos cuenta que el vuelo iba más quince minutos tarde y sin poder salirnos a fumar, nos acercamos al local que vendía cerveza más cercano, esta vez era una suerte de local de autoservicio que parecía poder desaparecer en cualquier instante, nos sentamos cada quien con una cerveza de cuarenta onzas en una mano y un baguette tres días viejo en la otra. La noche anterior habíamos tragado media planilla de ácidos cada uno, y además nos estuvimos inhalando coca sin parar, además de tomar mucho más de lo habitual, la vida del otro lado del hemisferio nos estaba resultando un demasiado poco occidental. No pudimos dormir nada después de la fiesta, en realidad sentía como si yo no hubiera dormido durante días, todavía me sentía . Le pregunté sobre qué tal le iba yendo en su carrera, sobre la música que habíamos escuchado ayer, sobre las películas que habíamos visto la semana pasada, sobre los libros que había leído hace un mes, después me callé cuando no quise ni supe ir más allá. Nos habían regalado una beca después de haber escrito juntos un guión sobre los efectos del tráfico de drogas durante la posguerra en Sudamérica, el Medio Oriente, África Central y México. Pura mierda bien ondeante si lo vemos todo en retrospectiva. Tal vez debería casarme con Pamela, cuando lleguemos México le pediré que se case conmigo, a menos que descubra que me está engañando, o ella descubra que la estoy engañando. Somos unos culeros, es lo único que puedo pensar, destruimos nuestra habitación al segundo día de haber llegado, y nos estuvimos quejando todo el rato por la falta de buenos tabacos y cerveza de nuestra marca gringa favorita. Por lo menos la cerveza nacional peruana estaba estúpidamente barata, lo mismo que la coca y la mota. Los ácidos nos los trajeron un camarada mío que venía de Chile e iba rumbo a Bolivia o Colombia a matarse en una revolución sin sentido. Los había cocinado un químico holandés que ya había huido de casi todos los países de Europa y la Asia más desarrollada. Mientras me acababa mi cerveza y buscaba alguna canción con la cual viajarme lejos, me daba cuenta que el ácido todavía no pasaba, me sentía todo fuera de lugar, como si lo que estuviera viviendo fuera una farsa, una puesta en escena, una escenografía que sería desmontada de un momento al otro, con todo y aviones y novia. Había algo en constante cambio detrás de la obviedad que mis sentidos querían venderme por buena. Una suerte de canto demoníaco en tritonos. No podía dejar de pensar en lo inaccesible que me resultaba Pamela, en lo mucho que me hacía perder la cabeza, en el olor de su sudor, el olor de sus senos, su cabello, su boca, su vulva, su vagina. Desde que la había conocido, arriba en L.A., en fiesta de un amigo de la preparatoria que ahora hacía scores de películas pendejas y me pasaba trabajos estúpidos con los cuales no morirme de hambre y poder salir del tercermundismo en el que la suerte me había arrojado, y quería condenarme. Casi todo lo que tenía que hacer era corregir guiones, a veces en inglés, a veces en español, una vez me mandaron un guión en árabe, la broma me pareció súper mecota. Por otro lado, la vida era todo lo que no fue en el pueblo perdido de México donde me tocó nacer y crecer. En el pueblo perdido de México en donde todo lo que podía hacer era crecer planeando irme, ¿y ahora qué hacía en un país todavía más jodido?, cada día parece que amanezco con un sentido del humor cada vez más enfermo. Ahora me da risa cuando pienso en las historias de personas que se volvían locas cuando estaban demasiado tiempo encerradas con otras personas.
Ya casi pasaban diez minutos y ya casi nos acabábamos nuestras cervezas. Habíamos tirado los baguettes sudacas después de descarapelarnos las bocas con un par de mordiscos. De seguro los policías creían que Pamela era gringa, de seguro Pamela quería que todos los peruanos que conocimos y vimos creyeran que ella era gringa. Últimamente me daba por pensar que no era humana. No podía salir a fumar, y no podría fumar hasta haber llegado de nuevo a México, dentro de tres o cuatro horas más tarde. No era buena idea salirme de la sala de abordar sólo para fumarme un tabaco, ni siquiera soy tan fumador, pero en esos momentos me moría por fumar, así que me fui a los baños, me metí en un cubículo que daba a una ventana y prendí un cigarro y me tomé las últimas pastillas de dexedrina que me había traído desde L.A., me las tragué en seco mientras echaba el humo por la ventana y veía la húmeda ciudad de Lima, las calles que daban atrás del aeropuerto estaban llenas de campesinos marchando a mitad de la calle, con pancartas, cartelones, zampoñas y charangos, gritando consignas, y enfrentado a la policía cada vez más medrosa al ver a sus vecinos y amigos tan emputados y hartos de tanta mierda. No parecían violentos, pero tampoco pacifistas. Uno piensa en todas las guerrillas todavía vivas debajo de las carcasas podridas del progreso neoliberal. Todavía las calles están llenas de cocaína, y los niños cada vez olvidan más los campos y lo que era ser humano. Sólo quedan viejos amargados con sueños de cambio y jóvenes egoístas que sólo quieren ver al mundo arder. Cuando bocearon por tercera vez el abordaje de mi avión, creo que incluso preguntaron por mí y por mi nombre. Algo me había lanzado a las calles de un momento al otro, un ritmo de muerte, un ritmo de sangre. Pamela volvería sola a México y a Occidente.