Divagando Ando I

Agustín Galván
Aug 22, 2017 · 3 min read
Fotografía Agustín Galván.

Hace meses, le leí a @DonRul un tuit que me gustó mucho:

Me pidió que le diera tiempo. Le regalé un reloj de arena
y en cada grano le escribí ‘Adiós’.

Confieso que lo que más me gustó del tuit fue esa imagen final.

Una imagen que de pronto sentí tan “familiar”.

Pasa que soy de los que ni creen que las personas cambien, ni gusta de la tan popular tendencia por retrasar despedidas. En lo general, pienso que todo viene (o al menos “debería venir”) con su respectiva “fecha de caducidad”.

Y también pasa que soy de los que siempre está “coleccionando despedidas”.

Sin embargo, a pesar de mi afición por “coleccionar despedidas”, creo que solo una vez he estado en una situación como esa que escribió @DonRul.

Ocurrió hace años.

La mujer en cuestión me citó en un café que aún existe para “pedirme tiempo y espacio” debido a que ella necesitaba “aclarar bien su cabeza” y saber qué quería con eso que llamó así: “lo nuestro”.

Y sí, fue hasta ese momento, en ese café en el que aún sirven el peor latte que he probado en este cada vez más caluroso lugar, en el que supe que había algo entre nosotros dos que podía llamarse así: “lo nuestro”.

¿Quién era ella?

Basta decir que para la tarde de nuestra cita, nuestra relación estaba por cumplir un año. Nos conocimos por motivos laborales, pero ciertos gustos musicales hicieron que nos viéramos después del trabajo. Y diré que, en lo general, ese año fue genial. Ambos éramos irónicos, caóticos, sardónicos y hasta morbosos en partes iguales. El asunto fue que, al menos de mi parte, la “atracción” que sentía por ella era la normal entre dos personas tan parecidas: me gustaba su rapidez para contestarme todo con alocadas alegorías. Amaba su forma de callarme la boca tanto en lo irreverente como en lo malhablado. Me encantaba descubrirle nuevas manías con respecto a su relación con algunos objetos personales y sus rutinas diarias. Y, claro, también me gustaban sus gustos musicales (faltaba más).

Ah, cierto, debo apuntarlo: también me gustaba mucho verle esos ojos color gris rata que ella insistía (e insiste) en que debían tomarse por “azul cobalto de corte danés”. Todo porque en su sangre corre ADN danés bajado de un “puto barco” (esas siguen siendo sus palabras).

En fin, mis intenciones nunca fueron otras que pasármela consumiendo dosis elevadas de cafeína a su lado junto con algo de nicotina, mientras jugábamos matchs verbales sin más intención que reírnos desde el inicio hasta el final de cada uno de esos atardeceres compartidos. Y ya entrados, compartir un audífono o un “mix-tape”.

Quizá por ello, cuando la escuché decir aquello de “lo nuestro” junto con la palabra “tiempo”, solo una cosa vino a mi mente: un reloj.

Y eso fue lo que le regalé al otro día de la conversación: un reloj digital comprado de pasada. Un reloj japonés que, recuerdo, costó menos que uno de esos infames lattes que solía tomar en ese café que increíblemente aún existe (Y aún vende unos infames lattes, por cierto).

Ah, y también le regalé una cinta métrica. Sí, por aquello del “espacio”.

Y con ese “tiempo” y ese “espacio” que nos dimos, ocurrió lo obvio: nos perdimos de vista.

No ocurrió inmediatamente, claro. Creo que tuvo que pasar otro año para que alguien me preguntara por ella y yo solo atinara a encogerme de hombros.

Pero, hace unos meses, gracias a ese tuit de @DonRul, recordé que “algo” más ocurrió aquel día en el que le di ambos regalos.

Lágrimas.

Al ver sus dos regalos, noté que sus mejillas comenzaron a cubrirse con lágrimas.

Lágrimas que, vaya, ya con ese “tiempo” y ese “espacio” demandado, simplemente me sirvieron para comprender bastante bien la estrofa de una canción que entonces escuchábamos mucho:

Strange how laughter looks like crying with no sound…

)
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