Monotonía.
Me levanto y abro los ojos, otro día con sueño arrebatado. Las ocho de la mañana desayuno quejas, pienso en el día que pasaré con ánimo de un acontecimiento interesante mientras en el pocillo con bordes rotos se hace una gruesa nata y el olor a café penetra mis fosas nasales. Como muchos, las relaciones de familia se establecen creando un enlace moribundo sin ánimos de levantar un ambiente desastroso pero tampoco lleno de armonía. Cada cabeza un mundo diferente, el tráfico de pensamientos aumenta al pasar el entretiempo antes de salir a crear una atmósfera que pueda sostener el hábito cotidiano con esperanza de una jornada amigable. El sin saber de un día monótono lanzando sonrisas fingidas de un lado a otro. La concentración se ocupa de tu mente, el olvido de las preocupaciones vuelve en el ombligo del día, el cuerpo necesitando gasolina cuidando los flujos de basura comestible y su rama de toxinas consumibles diariamente que a rendir cuentas las dejamos pasar siendo inconscientes que nos prometemos desecharlas en un mañana. El estrés de la tarde vuelve tras una ola de desespero sin convulsionar de repente el descontento se disimula con el aparcamiento de una noche prometedora. La cabeza en la almohada, saltando desde lo más alto de un risco a un lago de pensamientos recurrentes con el sin sabor de que no se hizo lo que se tenía encaminado a hacer ese día.