Espectadores anónimos

Y al fondo, un cuadro. Con su foto tocando piano. Mientras escucha mis pasos por los pisos de madera, oscuros y pulidos. Trata de ver mi rostro para seguir con su fantasía.

Probablemente, esto era lo que esperaba. Luego de una videoconferencia, donde solo sus rojos y carnosos labios procuraban mi presencia en esta casa llena de revistas de arte griego y libros de cocina mediterránea.

Un viernes como todos, muchas reuniones, contratos por cerrar y copas por tomar. Después de esta rutina, solo ella sabía cómo arrebatarme de este mundo post-MBA.

Después de un escoses, me dirijo escuchando un poco de jazz. Tu sabes, aunque la harmonía es complicada, me ayuda a separarme de los contratos. Llego a su vecindario y la vecina me saluda, como todos los viernes; con una sonrisa a flor de labios como si disfrutase algo o tuviese un secreto. Pero eso no importa, ella solo pasea los perros. Y cuando no tenemos azúcar paso por su apartamento, en toalla, a pedirle. Quizás con la esperanza de que un día pase algo y la azúcar se vuelva caramelo.

Como de costumbre, la llave de la puerta está debajo de la alfombra. No me ha querido dar una copia, presumo que cada día viene otro espectador. Abro la puerta lentamente y sigilosamente la cierro. Apenas se escucha una música, árabe, en una de las habitaciones. La casa aún conserva el olor de revistas de glamour y carteras de Dolce&Gabbana.

Se acaba la canción y solo tuve 6 segundos…6 segundos donde oía sus manos rosando sus pechos y su abdomen y sus dedos frotando sus húmedos y calientes labios.

Mi corbata ya desenredada en mi cuello, combinaba con sus rojos labios y dientes blancos como perlas. Mi pantalón se hacía pequeño mientras ambos disfrutábamos el placer de ser espectadores anónimos.

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