Prólogo al libro “Memoria poética”, de Susana Soca

Ediciones Dyskolo. Febrero 2017

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Valentina Litvan

Escritora, editora, mecenas, Susana Soca ocupa un lugar múltiple e inestable en el campo literario uruguayo. Tanto su obra de creación, compuesta por poemas y prosas ensayísticas, como su revista La Licorne son de difícil acceso y apenas leídas.

Sin embargo, más allá de un corpus que a veces parecería ser prescindible, su nombre es una referencia constante en el Uruguay. “Susana Soca” es una calle de Montevideo, fue una librería en Punta Carretas, da nombre a la escuela Nº 180 o hace referencia a un premio literario creado por la Universidad de la República. “Soca” es también, en honor a su padre el Dr. Francisco Soca, el nombre del pueblo anteriormente llamado “Mosquitos”, y de cuya capilla Susana es la destinataria. Su nombre transita por el patrimonio entendido en un sentido amplio y la figura queda convertida en insignia, objeto de homenaje colectivo. El corpus de la autora desaparece para ceder su lugar a un cuerpo que desborda los márgenes de la esfera literaria. Además de su presencia en el espacio público a través del nombre, Susana Soca ha sido encarnada por una serie de retratos, pinturas al óleo, esculturas, fotografías, de artistas célebres, uruguayos y extranjeros, como Daniel Ostier, Gisèle Freund o Eduardo Yepes; y escritores como Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges o Henry Michaux le dedican una novela (Juntacadáveres) o un poema (“Susana Soca”; “La ralentie”), respectivamente. Obras, nominaciones, dedicatorias que se suman a la memoria de una escritora comprometida con su tiempo, que sin embargo queda recordada únicamente desde los bordes, desde los aspectos externos como son el nombre o el contorno de su figura. De modo que su presencia deja solo una huella, como la inscripción de una ausencia.

Esta extraña manera de aparecer en el campo cultural uruguayo desde un no lugar y, sobre todo, desligada de su propio discurso literario, de sus textos, tiene que ver probablemente con el modo como ella se inserta en el campo literario en vida, fundamentalmente a través de su revista, y de cómo se convierte en escritora, de manera póstuma.

[…]

Primero, en tanto editora, la posibilidad de fundar La Licorne en París llegó a concretarse gracias a sus condiciones personales de uruguaya y adinerada, que le permitieron mantenerse al margen del conflicto político que asolaba París en la década del 40, y plasmar así una revista que se estaba reclamando. De hecho, La Licorne nace cuando muchas revistas francesas dejan de publicarse. En concreto, la revista de Susana Soca mantiene una estrecha continuidad con Mesures, cuya aparición tuvo que interrumpirse al exiliarse su editora Adrienne Monnier durante la guerra. A pesar de la voluntad del gobierno de Vichy por aparentar una continuidad en la producción cultural, en Francia el panorama literario en general sufre una profunda crisis. Y no es hasta la posguerra, en medio de la euforia del reencuentro de muchos escritores exiliados y la agitación intelectual, cuando el 17 de mayo de 1947 le Figaro Littéraire anuncia la aparición de La Licorne:

Sous la direction de Susana Soca, avec la collaboration de Roger Caillois et Pierre David qui ont réuni les textes, les cahiers trimestriels de La Licorne reprennent la grande tâche d’exploration dont, avant 39, nous fumes redevables à Mesures. (Le Figaro littéraire, samedi 17 mai 1947).

La situación se invirtió en Uruguay, al fundar la segunda etapa de la revista. Allí, fue su experiencia literaria parisina la que justificó el proyecto de continuarla. Pues si las Entregas de la Licorneencontraron un lugar, un sentido, en medio del prolífico ambiente cultural y especialmente entre las múltiples publicaciones que había en el Uruguay de mediados de siglo, se debió precisamente a su origen francés, que podía representar un aporte original. Es decir, en sus dos etapas, la revista fue posible gracias al carácter extranjero primero y extranjerizante después.

Es su pertenencia a un afuera simbólico, la paratopía, lo que aparece, ante todo, como posibilidad para Susana Soca de intervenir en tanto editora en el campo cultural dado en cada momento o circunstancia. Es decir, si bien su revista nace dos veces en contextos literarios diferentes en los que además parece responder en ambos casos a la ‘necesidad’ de ocupar un espacio que la reclamaba, paradójicamente el espacio que ocupa es el de lo extraño o extranjerizante.

Por otra parte, junto a este rasgo paratópico, hay otro que la sitúa en el afuera, el carácter anacrónico de su actividad editorial. Este anacronismo que se manifiesta desde el prólogo del primer número a la segunda etapa de la revista, donde Soca declara su propósito de sustituir los “caracteres de antología” de los cahiers franceses por “el deseo de reflejar una visión del mundo actual vista y vivida desde el lugar de la tierra en que ella existe ahora, con las posibilidades y dificultades nuevas que esto significa.” (“Presentación”, Entregas de La Licorne, Nº 1–2: 11).

Teniendo en cuenta que el proyecto de Soca en París surgió de la necesidad de recuperar un espacio de publicación para escritores a quienes la guerra había silenciado, con La Licorne Soca se colocaba en una actitud reverencial frente a la tradición francesa anterior. Como consecuencia, frente al momento histórico presente, los cahiers se revelaban como una revista que miraba hacia el pasado. De ahí el desajuste o anacronismo que suponía la revista respecto a las nuevas tendencias literarias de posguerra, caracterizadas por la búsqueda de una conciencia histórica del presente y cuyo máximo representante fue Sartre con Les Temps Modernes. El anacronismo de La Licorne se hizo aún más evidente en su segunda etapa, porque la intención declarada en el prólogo no responde, sin embargo, a la realidad desde el momento en que las dos etapas coinciden en unos mismos “propósitos esenciales”.

A diferencia de los cahiers, donde Soca publicó a autores consagrados a modo de “antología”, las entregas, bajo la redacción de Guido Castillo, Ángel Rama y Ricardo Paseyro, estaban protagonizadas por la generación más joven, a la que ella parece querer dar cabida insertándose activamente en la vida cultural de la capital. Pero su propósito era anacrónico de antemano, teniendo en cuenta que Soca quería conjugar la actividad en la realidad montevideana del medio siglo con un proyecto que tenía su origen en Francia y cuyos principios estéticos e ideológicos, de una literatura universal, con un modelo de escritor atemporal, se iban alejando de las necesidades y exigencias cada vez más apremiantes de los años 50 en Uruguay. La concepción de la literatura y del escritor que vehiculaba la Licorne y que pueden entenderse como los “propósitos esenciales” a que aludía Soca en su prólogo uruguayo, resultaban desfasadas respecto al momento de aguda conciencia histórica que se vivía en el país.

Las dos fundaciones de La Licorne, en 1947 y en 1953, corresponden a dos períodos marcadamente distintos en el contexto socio-político y económico del Uruguay, que Rama identificó culturalmente con dos promociones de revistas:

La primera eclosión de revistas se había registrado a partir de 1947, con una serie representada por Clinamen, Escritura, Asir, Marginalia y luego Número, todas ellas de nítida impronta literaria con muy escasa o nula inquietud por los temas sociales o políticos. A ellas podía sumarse la sección literaria del semanario Marcha de ese mismo tiempo, también dedicada con exclusividad a las bellas letras, especialmente a la incorporación de las corrientes vanguardistas. En esas revistas hicieron sus armas los que solo podían definirse como ‘literatos’ puros, atentos a las más recientes líneas creativas extranjeras, descubridores incipientes del pasado nacional, ejercitantes de un arte que se proponía como una solución de esas diversas tendencias. Siete años después de esa eclosión de revistas, cuando la mayoría se había extinguido, asistimos a una nueva reaparición del interés por este tipo de publicaciones. Las que surgen en torno al año 1955 se llaman Nuestro tiempo, Nexo, Tribuna Universitaria, Estudios, y quienes en ella escriben […] son sociólogos, historiadores, ensayistas políticos, que si alguna vez cultivaron las letras y aun la poesía, abandonaron ese campo por otro que estiman más sólido y más necesitado de contribución intelectual. […] Es por esos años que fijamos la aparición de la segunda promoción intelectual que surge a la vida intelectual bajo el signo de la crisis. Es significativo que tal emergencia se produzca al mismo tiempo que un avance en las nuevas disciplinas del conocimiento –sociología, economía, sicología son las predilectas– encaradas como instrumentos más eficaces para el examen de la realidad nacional. (58–59)
(“La generación crítica 1939–1969”, Montevideo, Arca, 1972).

Dos momentos marcados por el cambio político, social y cultural cuyos agentes son los intelectuales. De críticos puros, iconoclastas, pasan a adquirir una conciencia política colectiva y a crear asociaciones que se van distanciando de las puramente estéticas.

Del mismo modo que había ocurrido con los cahiers, si bien la revista uruguaya publicaba a escritores protagonistas del momento reflejando una realidad literaria, en ninguno de los dos casos, La Licorne participó directamente en los debates de actualidad candente. Era una revista fundada en el 53 que se correspondía más bien con otras revistas de la “primera eclosión” y de la fecha en la que se habían fundado los cahiers en París. Por eso se puede concluir que la revista de Soca mantuvo más un diálogo consigo misma, entre sus dos etapas, que con el resto de revistas del momento. Frente a los “ensayistas políticos” o intelectuales, sin duda, las entregas uruguayas permanecieron más próximas a los “literatos puros”, según los términos utilizados por Ángel Rama para definir el cambio de protagonistas.

No sólo en su rol de editora, también en tanto escritora Susana Soca está marcada por los signos de la paratopía y el anacronismo.

Por una parte, los ensayos de Susana Soca surgen básicamente de la lectura de otros autores, en los que reconoce determinados elementos comunes al escritor modelo con el que ella misma se identifica y autoproyecta, legitimándose. Como consecuencia, se borran las fronteras entre autora y lectora, pues la primera se constituye como tal a partir de una labor de lectura; en otros términos, la escritora de las prosas aparece, mediante la lectura, estrechamente vinculada a la editora (la diferencia fundamental sería que mientras en tanto editora avala un canon para una colectividad de escritores, en tanto escritora dialoga con los textos desde la intimidad en una proyección de sí misma que le permite definir su lugar singular en la tradición). Pero, además, mientras el escribir supone una conciencia de escritora y la afirmación de un modelo ideal con el que identificarse, al mismo tiempo la identidad en tanto singularidad o individualidad desaparece. De modo que en sus prosas, Soca se afirma como autora desde la impersonalidad, diluyéndose en el texto y asimilándose a la tradición en la que éste se integra.

En cuanto a su poesía, se puede observar un procedimiento paradójico mediante el que Soca construye su voz poética. Se trata de un sujeto inestable y fluctuante, disgregado en el caos de un lenguaje que deja de ser referencial para encontrar otra dimensión de la realidad. Así, el sujeto busca esa otra voz con que hacer emanar lo que está más allá de la apariencia, en un canto que alude a lo invisible e inefable. A veces se manifiesta en una grafía en cursiva, otras veces mediante figuras como la durmiente, el fantasma, la sombra y la demente, en las que se destaca su carácter desencarnado e inmaterial, que permiten asociarlas con el silencio y la muerte. Pero no se trata de la alternancia de distintas voces, sino de una voz única, aunque polifónica.

Valentina Litvan

«El extraño caso de Susana Soca», Cahiers de LI.RI.CO [En línea], 5 | 2010, Puesto en línea el 01 julio 2012, consultado el 11 febrero 2017. URL:http://lirico.revues.org/431; DOI: 10.4000/lirico.431


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