Visita a la feria del agricultor

Eric Moncada
Aug 24, 2017 · 2 min read

Hace unos días atrás fui un ratito a la feria porque quería comprarle una sandía a mi novia, me gusta tenerle alguna fruta para después del desayuno, no sé.

Mis conocimientos sobre agricultura y esas ramas, son casi los mismos que los que tengo sobre física cuántica, ningunos.

Cuando llego a la sección de sandías me topo con, no sé, unas 45 unidades disponibles, todas de entrada me parecen lindas, pero ¿cuál es la buena? ¿cuál es la que está mejor? ¿quién de esta bonita comunidad de sandías es la que va a poner feliz a mi novia?, entonces me entran las dudas, ¿sabes?, tengo que detenerlo todo porque la duda no me deja seguir. Empiezo a tocar las sandías, a golpearlas sin sentido fingiendo una auténtica y profunda habilidad para catar sandías, la levanto y la veo de frente como deseando establecer contacto, hasta que por fín alguien viene a rescatarme.

El señor de pelo blanco, bigote raro y camisa de cuadritos, viene a ayudarme a tomar esta difícil decisión, me mira de frente pero su mirada no me juzga, más bien y a lo mejor hasta le doy lástima, hasta que me doy cuenta de que al parecer la lástima debería ser mutua porque el señor me confiesa que tampoco tiene idea de cómo elegir la mejor sandía. Afortunadamente para ambos, una señora ya mayor, de delantal sucio y canas verdes por andar detrás del nieto, nos dice que lo mejor es tomar la sandía, ponerla justo al lado del “oído más fuerte”, bueno, al parecer hay personas con un oído más fuerte que el otro. En fín.

Nos ponemos, cada uno, una sandía justo al lado del oído fuerte para escuchar algo, algo que no sé qué es, es todo un misterio para mi, y para el señor del bigote, la señora del -nieto escupefuego- nos dice que hay que agitarla un poco, si no escuchas nada, está verde, se descarta. Siete sandías después, seguía sin escuchar nada, ¿estaban todas verdes?, tomé un par más y la número 10 era la que me podía llevar, nos pusimos muy felices porque en ese momento en particular no había nada que anhelara más en la vida que triunfar en eso.

Al día siguiente, pude compartir la sandía después del desayuno con mi novia, ella estaba feliz, aún en pijamas, sin saber cuanto me había costado construir ese momento y yo sin saber aún cuál es exactamente mi oído más fuerte.

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