Fabricio y el fin de la época dorada de la democracia costarricense

Fotografía de Rafael Pacheco para La Nación

“Lo que ha ocurrido (y ocurre) con otras democracias latinoamericanas nos permite plantear una cuestión que no por obvia es poco importante: toda democracia lleva consigo el riesgo de su destrucción. Incluso Costa Rica, que carece de ejército, no está exenta de este riesgo.” Jorge Vargas Cullell (2005)


Costa Rica conoció por fin la droga del populismo y está en riesgo de experimentar, por primera vez, una desviación autoritaria. Desde Human Rights Watch hasta The Economist, pasando por agencias de noticias y universidades del mundo entero, todos observan con preocupación cómo una de las democracias más icónicas de América Latina parece prepararse para ejecutar una acrobacia mortal.

2018 será recordado como el año del shock religioso. Es atípico que un candidato fundamentalista y absolutamente marginal en la papeleta se dispare en las encuestas y gane una votación con menos de un mes efectivo de campaña. Pero que sea atípico no es realmente el problema. No lo es tampoco que al candidato no se le conozcan méritos ni cualidades, que no hable inglés, que tirara la universidad, que fuera un diputado menos que promedio o que esté muy corto de propuestas. El problema real con Fabricio Alvarado es que haya cosechado su éxito por la vía del ataque a valores democráticos (la igualdad entre las personas sin importar su condición) y a instituciones democráticas (el Sistema Interamericano de Derechos Humanos). Puntales de nuestra convivencia política han sido desafiados como nunca antes.

Durante años nos comimos las uñas pensando si algún día llegaría el fantasma del populismo. En un ensayo que data de hace trece años, Jorge Vargas Cullell se preguntaba si el sistema político costarricense estaba al borde del colapso; en aquel momento, 2005, Vargas pensaba que el país, aunque no estaba por colapsar, sí empezaba a acumular problemas de representación, eficacia y polarización que podían poner en entredicho la estabilidad democrática y propiciar la aparición de un liderazgo anti-democrático si no eran resueltos antes de 2010… ¡Dos mil DIEZ! Dicho de otra forma, la democracia costarricense jugó un añadido de ocho años y ha alcanzado, finalmente, su hora crítica. Las consecuencias son impredecibles.

Autoritarismos competitivos y polarización

Con Fabricio Alvarado, la amenaza de irrupción de un líder carismático y anti-democrático temida desde hace más de una década se cumple aquí y ahora. Es la tentación delegativa (la práctica ruinosa de entregarle cheques en blanco a políticos mesiánicos para que hagan con el país lo que quieran) encarnada en un tipo que promete salvar a la familia tradicional y gobernar bajo el mandato de Cristo, no de la ciudadanía. Para liderazgos de esta naturaleza, que quieren ganar en democracia pero no gobernar democráticamente, la literatura especializada acuñó el concepto de autoritarismos competitivos. Son presidentes como Hugo Chávez en Venezuela o Vladimir Putin en Rusia, presidentes con respaldo masivo y maquinaria para no temerle a las votaciones (por eso son competitivos), pero que una vez en el poder persiguen a sus rivales políticos y restringen derechos constitucionales a segmentos enteros de la población (por eso son autoritarios).

Una especialidad de los presidentes en la liga del autoritarismo competitivo es la polarización. Aníbal Pérez-Liñán ha descrito la ruta: el líder radical moviliza a sus votantes frustrados con la política mediante un discurso intransigente; gana las elecciones y se apodera de las instituciones representativas; aprovecha su nueva posición para ejercer influencia sobre las instituciones no representativas (Poder Judicial, burocracia) y, con ello, se arroja con furia contra los medios de comunicación vigilantes, los rivales políticos y las organizaciones civiles adversas. Actitudes, por cierto, que ya hemos ido mirando en el candidato que promete acabar con el decreto ejecutivo que sanciona la discriminación contra las personas LGBTI en las instituciones públicas.

Esta mezcla de poder político y poder religioso es particularmente tóxica, sobre todo, porque recrudece el problema de la polarización. Convencer a la gente de que existe un candidato de Dios es el curso para principiantes de un currículo que a largo plazo gradúa a gente convencida de que el candidato de Dios no puede perder elecciones, no puede ser escrutado por la prensa, no puede someterse a períodos fijos de gobierno, etcétera. Este mecanismo de manipulación religiosa es de efectividad milenaria y pérdidas conocidas.

Milan Svolik ha explicado genialmente cómo la polarización, después de sobrepasar ciertos límites, se convierte en veneno puro para la democracia. Cuando la preferencia partidaria se vuelve altamente dominante, los políticos en el poder saben que será improbable que los votantes los castiguen votando por otros candidatos y, ya desaparecida la posibilidad de destitución, se sienten liberados para actuar con absoluto desprecio de controles y límites. Así, las democracias mueren pisoteadas por políticos que, aun siendo electos democráticamente, no gobiernan democráticamente. La clave, de nuevo, yace en radicalizar las preferencias partidarias hasta que el voto pierda credibilidad como mecanismo de castigo a un mal gobierno. ¿Acaso a alguien se le ocurre que exista algo más poderoso para cimentar afinidades partidarias que el sentimiento religioso?

Por supuesto, alguien podrá alegar que, dadas las características de Costa Rica, un escenario en el que la polarización fracture la democracia es tan solo una posibilidad remota. ¿Podría haber una ruptura democrática en un país sin ejército? Lamentablemente, sí. Es más, la ruptura de la democracia por parte de los presidentes en ejercicio, no el golpe militar, es la forma más común de ruptura democrática desde de la Guerra Fría, tal como lo explica Svolik. Un presidente puede arreglárselas bastante bien para pegarle a la democracia por su propia cuenta, solito, sin ayuda de los militares.

En suma, Fabricio Alvarado representa una seria posibilidad de caer en una variedad de autoritarismo tanto por sus ideas, que él puede controlar, como por el efecto polarizador que pueden desencadenar sus acciones y que no podrá controlar una vez rebasado cierto límite.

Una democracia para cuidar

Seguramente no muchas personas sepan que Costa Rica no es solo la democracia más antigua y estable de América Latina, sino también un país que históricamente se ha acomodado en lo más alto de los rankings sobre calidad de la democracia. En los ochenta y noventa, especialistas en política comparada de todo el planeta observaban a Centroamérica por ser un laboratorio idóneo para el estudio de la democratización: países con características similares presentaban regímenes políticos diametralmente diferentes. El nuestro era el único caso de democracia liberal en una zona dominada por regímenes autoritarios.

En un ranking del promedio de todas las puntuaciones obtenidas por cada país en el índice de calidad de la democracia de Freedom House después de 1977 (justo antes de arrancar la tercera ola de la democracia en América Latina), el primer lugar lo ocupa Costa Rica. Por eso, he de admitir que para quienes nos hemos recibido de politólogos estudiar la literatura científica al respecto siempre lo hacía sentir a uno bien orgulloso, mucho más cuando uno era el único costarricense en el salón.

Fuente: Pérez-Liñán & Mainwaring 2013

Un académico canadiense solía decir que la vida política en Costa Rica podría describirse como desesperadamente aburrida en comparación con la de sus vecinos. Razones no le faltan. En general, la ciudadanía costarricense, hasta ahora, había visto pasar de lejos los excesos y las grandes tendencias regionales. No tuvimos dictaduras militares en los sesenta, setenta y ochenta. No tuvimos un proceso de liberalización económica con terapia de shock en los ochenta y noventa. No tuvimos giro a la izquierda a inicios de este siglo. Lo que no tuvimos esta vez es la suerte de escapar del giro conservador que atraviesa la región.

También nos habíamos acostumbrado a que el cambio de gobierno no trajera consigo cambio de régimen político. Sócrates, el futbolista brasileño, tenía una frase célebre: “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Para nuestro caso: “Gobernar bien o gobernar mal, pero siempre con democracia”. El episodio actual no marca necesariamente el fin de la democracia costarricense (aunque la amenaza de raíz), pero seguramente sí sea el fin de su época dorada. Tenemos el infortunio de ver morir frente a nuestros ojos una era de desarrollo político que nos permitió crecer en una nación de paz. Procuremos que el resultado no sea peor.

De este tamaño son los demonios que estamos soltando. Yo votaré por Carlos Alvarado porque es el único candidato del que se puede esperar que, cuando deje el poder en 2022, entregue a su sucesor una democracia.