Una historia sobre cambio disruptivo

En un curso de emprendimiento nos explicaron que el mayor enemigo de la adopción de un producto es el Status Quo, el acostumbrarse a las cosas como han estado, y resistirse a probar cosas nuevas aunque sean mejores.

Recientemente estábamos cuestionandonos por Twitter porque los días tienen 24 horas, las horas 60 minutos, etc. Es interesante que el dividir el día en 24 horas tiene miles de años. Hoy todo se acomoda en torno a las horas de 3,600 segundos. Juntas de trabajo, pago de salarios. Incluso los calendarios anuales son diferentes, pero la hora es un estándar internacional.

En 1999 una empresa fabricante de relojes propuso que se utilice un sistema decimal para medición del tiempo. El día se dividiría en 1,000 partes, aproximadamente un minuto y medio cada uno. Además en todo el mundo habría la misma hora al mismo momento, lo que elimina las zonas horarias. Se proponía para que los usuarios de Internet se sincronizaran rápidamente con un solo valor.

Por ejemplo en Washington DC, las 16:22 horas equivalen a los 932 milidías o Beats (nombre comercial), del día 19 de septiembre. Si quería ver a alguien le pedía que nos viéramos a las @950 del 20 de Septiembre. Esto resultaba práctico al no tener que decir mi zona horaria, preguntar al otro a que hora tiene y hacer los cálculos.

¿Y qué pasó?

Resultó tan disruptivo que “nadie” lo utilizó.

Por un lado la hora de Internet no era tan práctica. No había ninguna relación entre lo que se estaba utilizando y lo nuevo. Era más fácil hacer las conversiones por zona horaria que entender la hora en milidías. El beneficio era marginal, en comparación con tener que cambiar la forma de pensar de todo el mundo. No hubo una adopción social, y pronto cayó en el olvido.

Por otro lado no se tuvo soporte universal, que lo hiciera «obligatorio» o al menos se tuvieran las dos opciones en todo momento. Aunque hubo cierto interés comercial, no había grandes inversiones para popularizar su uso.

17 años despues

Hoy es algo totalmente obsoleto, pero buen ejemplo a recordar cuando queremos cambiar el mundo con una tecnología. Los cambios deben ser potencialmente masivos, pero útiles y con un período de transición suave, adaptados a una necesidad real que conecte a una emoción, preferentemente de simpleza. Si algo mejor es más difícil de usar, generalmente habrá una fricción muy difícil de romper, y se utilizará lo más fácil, suficientemente bueno.

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