En la ceremonia de reparación para las víctimas de Comunicaciones UC organizada por la Feuc.

Me invitaron a hablar en una actividad de homenaje a tres ex alumnos de comunicaciones de la Universidad Católica, Carmen Bueno, Diana Aron y Eduardo Jara. Posteriormente se presentó una placa con sus nombres junto a la sala que tienen los estudiantes en la Facultad en el acceso del edificio.

Antes que nada les agradezco a quienes debemos esta convocatoria: a la directiva de la federación, a su consejería territorial en comunicaciones y al colectivo memoria UC. Aprovecho de entregar un saludo especial a los familiares y los amigos de las víctimas que hoy homenajeamos, también a las asociaciones de víctimas que nos acompañan esta tarde. Fue gracias a ustedes que nunca las olvidamos.

Convengamos que lo que recordamos esta tarde siempre debe avergonzarnos como chilenos. Esta universidad ya hizo, en el 2013, un homenaje a estos tres ex alumnos. En el caso de Diana Arón, con un diploma de egresada de Periodismo; a Carmen Cecilia Bueno y a Eduardo Jara, como estudiantes con avance significativo en sus respectivas carreras, en la Escuela de Artes de la Comunicación y en Periodismo, respectivamente.

A Diana y a Carmen las perdimos en 1974. Diana Aron había egresado de Periodismo a fines de los años 60 y trabajaba en la editorial Quimantú cuando fue detenida. Carmen Bueno también ejercía su profesión en Chile Films a donde se dirigía el día de su detención. Ambas son detenidas desaparecidas de la época más dura del régimen, cuando no existía nada parecido a la libertad de prensa. Eduardo Jara, en cambio, murió en la Posta 4 de Ñuñoa, el 2 de agosto de 1980. Había sido detenido 9 días antes cuando se trasladaba junto a su compañera de Periodismo que hoy nos acompaña, Cecilia Alzamora, desde Campus Oriente a esta Casa Central. Ambos fueron liberados en la comuna de La Reina, pero Eduardo falleció debido a las torturas sufridas durante su cautiverio. Eduardo fue asesinado cuando le faltaba solamente un semestre para egresar de la carrera.

Cecilia Alzamora, también ex alumna, entregó su testimonio en el acto.

Quiero agradecer en especial a Francisco Morales y Nicholas Hooper y a través de ellos a quienes representan, por permitirme estar esta tarde aquí y tener estos minutos para compartir con ustedes dos ideas.

En estos últimos meses nos hemos acostumbrado a pedir perdón, es necesario hacerlo cara a cara para comenzar a construir nuevamente la confianza. Es bueno que en mi calidad de decano de la UC reconozca que esta institución calló, nos quedamos en silencio ante la violencia que se ejerció contra nuestros alumnos y egresados. Hay que destacar que en el caso de Eduardo, dos profesores y la directiva del centro de estudiantes de entonces publicaron una carta abierta que fue reproducida en La Segunda denunciando lo sucedido y cuestionando acusaciones contra Eduardo, cito una frase: “Y casi nos acostumbramos, Eduardo, a verte de repente con esa dulzura que pocas miradas pueden transmitir”.

Pero como decano de comunicaciones también comparto aquí el dolor por la culpa que siento por el silencio que existió en los medios donde trabajaban los que debieron ser colegas de nuestros homenajeados. Me parece necesario esta tarde asumir la culpa por las omisiones que se pudieron evitar, por lo que no se denunció, lo hago como responsable de la formación de profesionales de la comunicación.

Lo segundo es un llamado de atención a la generación actual. Soy un convencido de que el haber experimentado de cerca esta violencia marcó a mi generación, esos dolores a muchos nos hacen tener siempre presente algunos valores implícitos en la democracia que recuperamos en 1989. Cuando al vivir otro aniversario del golpe revisen el periodismo y las comunicaciones que se realizaron bajo el gobierno militar tengan presente que esos horrores comunicacionales se cometieron en el contexto de una dictadura, una parte relevante de ellos bajo las estrictas normas del estado de sitio.

La semana pasada The Clinic comienza su especial de la memoria con una frase clave: “El mismo 11 de septiembre de 1973, como una de sus primeras actuaciones, la Junta Militar clausuró todos los medios de comunicación impresos y permitió, a través de su Bando Número 15, la circulación de sólo dos diarios: El Mercurio y La Tercera de la Hora. La Junta también clausuró las radios y tomó el control de los canales de televisión”.

Cuando la sociedad permite que un gobierno controle sus medios, deja en indefensión a los comunicadores que trabajan en ellos. En el contexto autoritario, el profesional de la comunicación que quiere seguir siéndolo, aquellos que no tienen madera de héroe, siguen trabajando como vemos hoy al columnista anónimo que nos habló sobre Trump la semana pasada en The New York Times. Siguen trabajando por su vocación, por sus familias, quizá también por la responsabilidad de hacer algo mejor las cosas.

El 11 de septiembre es el día en que la violencia desatada se legitimó en Chile, seguro que fue el resultado de otras acciones por las que durante una década en la democracia chilena se perdió progresivamente el respeto por el otro. El 11 fue el primer día de los años más negros de nuestra historia contemporánea en la que se enmarcan los crímenes que hoy recordamos. Esto no fue por producto de la naturaleza. En estos días se recordaba una minuta escrita por un profesor de esta misma universidad que asesoró a la junta que decía: “la Junta no debe temer a la dureza sino, por el contrario, considerar a ésta como su mejor clave de éxito”. “El éxito de la Junta está directamente ligado a su dureza y energía, que el país espera y aplaude. Todo complejo o vacilación a este propósito será nefasto. El país sabe que afronta una dictadura y lo acepta”(*).

Alguno ya es o será asesor de los políticos que nos guiarán en el futuro, no dejen de recordar lo que otras recomendaciones provocaron. Les quiero advertir sobre el riesgo de cualquier tipo de autoritarismo, esa tentación a veces bien intencionada que siempre restringe la libertad de expresión y aplica la censura. La censura no tiene nada que ver con la habitual situación en la que una información no aparece en un medio, manejen con respeto esa palabra, existe censura cuando un periodista deja de publicar algo por temor.

Los llamo a defender esa buena comunicación que querían dedicar el resto de sus vidas Diana, Carmen y Eduardo. Que velemos porque esa comunicación pueda ser siempre el muro de contención más relevante contra el abuso y la violación de los derechos humanos. Les quiero recordar que lo propio de la democracia más que el voto es el respeto por el derecho de llegar a gobernar del que piensa muy distinto. Confío que el mantener presente estos crímenes servirá para enseñarle a los futuros alumnos de comunicaciones la importancia de que nuestro trabajo siempre promueva el pluralismo que requiere la democracia.

Espero que esta placa también sea un llamado de atención en torno a la importancia del respeto de ciertos valores, independiente de los contextos de uno u otro signo. Qué se mantenga como una invitación permanente a reflexionar sobre lo que pudo haber sido y no fue. A entender que -si como sociedad- nos hubiésemos comportado civilizadamente no estaríamos aquí, esta tarde deberíamos estar comunicando, al igual que Diana, Carmen y Eduardo.

Termino con las palabras de esa carta abierta que mencioné, “Tu muerte, Eduardo, que no sea en vano, que nos aclare la conciencia, que el mensaje escrito con ella sea el editorial más profundo que nos despierte a la paz”.

Like what you read? Give Eduardo Arriagada a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.