Francisco en sus mensajes más políticos en Bolivia y Paraguay


El Papa Francisco pronunció un extenso discurso en el encuentro con los movimientos populares reunidos en Santa Cruz, Bolivia. (Texto completo de ACE Prensa, las cursivas indican las palabras que improvisó):

Hermanos, hermanas. Buenas tardes a todos.

Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y en misoraciones. Me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.

Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.

Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: “Las famosas tres T”: tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.

Primero de todo.

1. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general también de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:

- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?

- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?

Entonces, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.

Ustedes –en sus cartas y en nuestros encuentros– me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?

Si esto así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.

Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia.

Quisiera hoy reflexionar con Ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en el otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir– redentor. Porque lo necesitamos.

Sé que Ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.

El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace, ya desde hace mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema.

Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba «el estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es el estiércol del diablo. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común.

“Ese es el estiércol del diablo. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico.”

No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.

¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas?

Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» ¿De acuerdo? (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, Cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!

2. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: «proceso de cambio». El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social.

Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir.

Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar proceso y no por ocupar espacios. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por «vivir bien». Dignamente, en ese sentido.

Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos «rostros y esos nombres» se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos… Todos nos conmovemos, porque «hemos visto y oído», no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.

Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas ya desde Buenos Aires y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata.

Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a «las tres T»: tierra, techo y trabajo.

Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias porque las hay, las tenemos y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, necesitamos instaurar esta cultura del encuentro porque ni los conceptos ni las ideas se aman; se aman las personas.

La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.

Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.

Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos.

“Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos.”

A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.

La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos en todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de la salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.

Y tengamos siempre presente en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Yo rezo a la virgen tan venerada por el pueblo boliviano para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio. El cura habla largo parece ¿no? Nooo (responden todos).

3. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas, eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales, eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio, podría decirse, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos, no es fácil de definir.

En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.

Quisiera, sin embargo, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares:

3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.

La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un “decoroso sustento”. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a «las tres T» por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad «prosperidad sin exceptuar bien alguno» (1) Esta última frase la dijo el Papa Juan XXIII hace 50 años. Jesús dice en el evangelio que aquel que le dé espontáneamente un vaso de agua cuando tiene sed será acogido en el reino de los cielos. Esto implica «las tres T» pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación.

Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: «vivir bien». Que no es lo mismo que ver pasar la vida.

Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre». (2)

El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que además de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la «productividad», sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús. Contra la Buena Noticia que trajo Jesús.

La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece.

El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras,coyunturales. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.

Y en este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.

He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica y vi que algunos están aquí. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. ¡Y qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!

Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria.

Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de «las tres T» se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.

3.2. La segunda tarea, eran 3, es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia.

Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados.

Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia» (3)

Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.

En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la «Patria Grande». Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.

A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la «Patria Grande» y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta diversa fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres.

“El nuevo colonialismo adopta diversa fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres”.

Los obispos latinoamericanos lo denunciamos con total claridad en el documento de Aparecida cuando afirman que «las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones». Hasta aquí la cita. (4) En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada– vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.

Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de África, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco». (5)

Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común.

Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia, es decir, nuestra sana interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral. Y eso hermanos es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.

Digamos NO entonces a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.

Y aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que «cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia». Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM El Consejo Episcopal Latinoamericano y también quiero decirlo. Al igual que San Juan Pablo II pido que la Iglesia y cito lo que dijo Él «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos» (6). Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue San Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.

Y junto a este pedido de perdón y para ser justos también quiero que recordemos a millares de sacerdotes, obispos que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la cruz. Hubo pecado y abundante, pero no pedimos perdón y por eso pido perdón, pero allí también donde hubo abundante pecado, sobreabundó la gracia a través de esos hombres de esos pueblos originarios. También les pido a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz; No me quiero olvidar de las monjitas que anónimamente van a los barrios pobres llevando un mensaje de paz y dignidad, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio.

La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en Latinoamérica. Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del ídolo dinero. Hoy vemos con espanto cómo en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que estamos viviendo, hay una especie de -fuerzo la palabra- genocidio en marcha que debe cesar.

A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme transmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso que yo llamo poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas la pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.

3. 3. Y la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.

La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un pecado grave. Vemos con decepción creciente como se suceden una tras otra cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación.

Los Pueblos y sus movimientos están llamados a clamar, a movilizarse, a exigir –pacífica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra. Sobre éste tema me he expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si’ que creo que les será dada al finalizar. Tengo dos páginas y media en esta cita, pero (como resumen basta (verificar y falta)

4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Y cada uno Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez.

Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, y una cosa importante la esperanza que no defrauda, gracias.

Y, por favor, les pido que recen por mí. Y si alguno de ustedes no puede rezar, con todo respeto, les pido que me piense bien y me mande buena onda.

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(1) Juan XXIII, Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS 53 (1961), 402.

(2) Pablo VI, Carta enc. Popolorum progressio, n. 14.

(3) Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.

(4) V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (2007), Documento Conclusivo, Aparecida, 66

(5) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 52: AAS 88 (1996), 32–33; Id., Cart enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 22: AAS 80 (1988), 539.

(6) Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium, 11.


El día que Francisco volvió a hablar en porteño

En el Estadio León Condou de Asunción el sábado 11 de julio se realizó el encuentro con representantes de la sociedad civil, en el lugar con un público mayoritariamente joven estaba el Presidente de la República del Paraguay. En el acto seis representantes de diversos sectores de la sociedad le hicieron preguntas al Pontífice. Un representante de pastorales juveniles, otro del sector campesino, un tercero del sector de los pueblos originarios hizo la pregunta en su lengua nativa. Una cuarto fue otra representante de las organizaciones campesinas que pide a las autoridades respetar la democracia que “todos hemos conquistado”. También habló Carmen Cosp, en representación de los empresarios cristianos y José Molinas, de la Secretaría Técnica de Planificación.

(Texto enviado por la organización, no textual)

Queridos amigos, buenas tardes:

Me alegra poder estar con ustedes, representantes de la sociedad civil, para compartir esos sueños e ilusiones y problemas. Agradezco a Mons. Adalberto Martínez Flores, Secretario de la Conferencia Episcopal del Paraguay, las palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos. Agradezco a la 6 personas que han hablado. Cada uno presentando un aspecto de su reflexión.

Verlos a todos, cada uno proveniente de un sector, de una organización de esta querida sociedad paraguaya, con sus alegrías, preocupaciones, luchas y búsquedas, me lleva a hacer una acción de gracias a Dios. Parece que Paraguay no está muerto. Gracias. Porque un pueblo que vive, que no mantiene viva sus preocupaciones, un pueblo que vive en la inercia de la aceptación pasiva, es un pueblo muerto. Por el contrario, veo en ustedes la savia de una vida que corre y que quiere germinar. Y Eso siempre Dios lo bendice. Dios siempre está a favor de todo lo que ayude a levantar, mejorar, la vida de sus hijos. Hay cosas que están mal, sí. Hay situaciones injustas, sí. Pero verlos y sentirlos, me ayuda a renovar la esperanza en el Señor que sigue actuando en medio de su gente.

Ustedes vienen desde distintas miradas, situaciones y búsquedas, todos juntos forman la cultura paraguaya. Todos son necesarios en la búsqueda del bien común. «En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas iniquidades y cada vez más las personas son descartables» (Laudato si’ 158) verlos a ustedes aquí es un regalo. Es un regalo porque las personas que en han hablado vi la voluntad por el bien de la patria.

Quiero dar las gracias también a las personas que han formulado las preguntas, ya que en ellas he podido ver, ante todo su compromiso por trabajar unidos y sin descanso por el bien de la Patria.

Con relación a la primera pregunta, me ha gustado escuchar en boca de un joven la preocupación por hacer que la sociedad sea un ámbito de fraternidad, de justicia, de paz y dignidad para todos. La juventud es tiempo de grandes ideales. Me viene decir muchas veces que me da tristeza ver un joven jubilado. Qué importante es que ustedes jóvenes -y vaya que hay jóvenes en Paraguay-, vayan intuyendo que la verdadera felicidad pasa por la lucha de un mundo (país) más fraterno. Qué bueno que ustedes jóvenes, vean que felicidad y placer no son sinónimos. Sino que la felicidad exige, el compromiso y la entrega. Son muy valiosos y no son como para andar por la vida como anestesiados. Paraguay tiene abundante población joven y es una gran riqueza.

Por eso, pienso que lo primero que se ha de hacer es evitar que esa fuerza se apague esa luz en sus corazones desaparezca y contrarrestar la creciente mentalidad que considera inútil y absurdo aspirar a cosas que valen la pena. No te metas, eso no se arregla más, esa mentalidad, es considerada como absurda. A jugársela por algo, a jugársela por alguien, esa es la vocación de la juventud. No tengan miedo de dejar todo en la cancha, jueguen limpio, con todo. No tengan miedo de entregar lo mejor de sí. No busquen en arreglo previo para evitar el cansancio la lucha. No coimeen al referí. Eso sí, esa lucha no lo hagan solos. Busquen charlar, aprovechen a escuchar la vida, las historias, los cuentos de sus mayores, de sus abuelos, que hay sabiduría allí.

“A jugársela por algo, a jugársela por alguien, esa es la vocación de la juventud.”

Pierdan mucho tiempo en escuchar todo lo bueno que tienen para enseñarles. Ellos son los custodios de ese patrimonio espiritual de fe y valores que definen a un pueblo y alumbran su camino. Encuentren también consuelo en la fuerza de la oración, en Jesús. En su presencia cotidiana y constante. Él no defrauda. Jesús invita a través de la memoria de su pueblo, es el secreto para que su corazón, el de ustedes, se mantenga siempre alegre en la búsqueda de fraternidad, de justicia, de paz y dignidad para todos. Que esto puede ser un peligro; sí, sí, yo quiero fraternidad, justicia, paz, pero puede convertirse en un nominalismo, pura palabra, no, la fraternidad, la justicia, la paz y la dignidad, son concretas o sino no sirven, sobre todos los días, se hacen todos los días. Entonces yo te pregunto a vos joven, cómo esos ideales lo amasás día a día, en lo concreto, aunque te equivoques, te corregís y volvés a andar, pero lo concreto.

Yo les confieso que me da un poquito de alergia, o para no decirlo así en términos tan finos, un poquillo de moquillo, el escuchar discursos grandilocuentes con todas estas palabras, y cuando uno conoce a la persona que habla, y dice ¡qué mentiroso que sos!

Por eso palabra sola no sirve, si vos decís una palabra compromete con esa palabra, amasá día a día, sacrifícate por eso, comprométete.

Me gustó la poesía de Carlos Miguel Giménez, que Mons. Adalberto Martínez ha citado. Creo que resume muy bien lo que he querido decirles: «[Sueño] un paraíso sin guerra entre hermanos, rico en hombres sanos de alma y corazón… y un Dios que bendice su nueva ascensión». Sí, es un sueño. Y hay dos garantías, que el sueño se despierte y sea realidad de todos los días, y que Dios sea reconocido como es la garantía de nuestra dignidad nuestra común.

La segunda pregunta se refirió al diálogo como medio para forjar un proyecto de nación que incluya a todos. El diálogo no es fácil. También está el diálogo teatro, es decir, representemos al dialogo, juguemos al dialogo, y después hablamos entre nosotros dos y aquello quedó borrado. El dialogo es sobre la mesa, claro, si vos en el diálogo no decís realmente lo que sentís, lo que pensás, y no te comprometés en que hay que escuchar al otro, y vas ocultando lo que vas pensando vos, el dialogo no sirve, es una pinturita.

“El dialogo es sobre la mesa, claro, si vos en el diálogo no decís realmente lo que sentís, lo que pensás, y no te comprometés en que hay que escuchar al otro, y vas ocultando lo que vas pensando vos, el dialogo no sirve, es una pinturita”.

También es verdad que el diálogo no es fácil. Hay que superar muchas dificultades, y a veces parece que nosotros nos empecinamos en hacer las cosas más difíciles todavía. Para que haya diálogo, es necesaria una base fundamental: una identidad. Pienso en el diálogo nuestro, el diálogo interreligioso, donde representantes de las diversas religiones hablan, nos reunimos a veces para hablar sobre puntos de vista, pero cada uno habla desde su identidad. Yo soy budista, yo soy evangélico, yo soy ortodoxo, soy católico, cada uno dice, pero su identidad, no negocia su identidad. Para que haya diálogo es necesaria esa base fundamental. Y cuál es la identidad en un país, estamos hablando del diálogo social: el amor a la patria. La patria primero, después mi negocio, la patria primero, esa es la identidad. Entonces yo desde esa identidad voy a dialogar. Si voy a dialogar desde esa identidad, entonces el diálogo no sirve. Además el diálogo presupone, exige buscar esa cultura del encuentro, uno que sabe reconocer que la diversidad no solo es buena, es necesaria. La uniformidad nos anula, nos hace autómatas. La riqueza de la vida está en la diversidad, pero el punto de partida no puede ser voy a dialogar pero aquel está equivocado; no podemos presumir que el otro está equivocado, voy a escuchar qué me dice el otro, qué me enseña el otro, en qué el otro me hace caer en la cuenta de que yo estoy equivocado, y en qué cosa le puedo dar yo al otro, ida y vuelta, ida y vuelta, pero con el corazón abierto.

El diálogo es para el bien común, y el bien común se busca desde nuestras diferencias, dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas. Es decir, busca algo nuevo. Siempre cuando hay verdadero dialogo, se termina, permítanme la palabra, la digo noblemente, en un acuerdo nuevo, donde todos nos ponemos de acuerdo en algo; pero en esos puntos que nos pusimos de acuerdo nos comprometemos y lo defendemos para un paso adelante. Esa es la actitud del diálogo. Dialogar no es negociar, negociar es procurar sacar “su propia tajada”, si vas con esa intención es perder tiempo; es buscar el bien común para todos, discutir juntos, pensar una mejor solución para todos.

Muchas veces esta cultura del encuentro se ve envuelta en conflicto. Es decir, vimos un ballet precioso, todo estaba coordinado, y una orquesta que era una maravilla, una sinfonía. Todo estaba perfecto. Pero en el dialogo no siempre es así, no todo es un ballet perfecto, una orquesta coordinada. En el diálogo se da el conflicto, y es lógico y esperable, porque si yo pienso de una manera y vos de otra, se va a crear un conflicto, pero no tenemos que temerlos, no tenemos que ignorar los conflictos, por el contrario somos invitados a asumir el conflicto, si no lo hacemos, y que el otro vaya a su casa con su idea, y yo con la mía, no podemos dialogar, eso significa aceptar, sufrir el conflicto. No le tenemos que temer, o ignorarlo, por el contrario, somos invitados a asumirlo en el conflicto. Esto significa: «Aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso» (Evangelii gaudium 227). Vamos a dialogar. Hay conflicto lo asumo. Porque «la unidad es superior al conflicto» (ibíd. 228). Conflicto existe, hay que asumirlo, procurar resolverlo hasta donde se pueda, con mirar a lograr una unidad, que no es uniformidad, sino que es unidad en la diversidad. Una unidad que no rompe las diferencias, sino que las vive en comunión por medio de la solidaridad y la comprensión. Al tratar de entender las razones del otro, su experiencia, sus anhelos, podremos ver que en gran parte son aspiraciones comunes. Esta es la base del encuentro: todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre celestial, y cada uno con su cultura, su lengua, sus tradiciones, tiene mucho que aportar a la comunidad; pero yo estoy dispuesto a recibir esto, si estoy dispuesto a recibir y dialogar, sí, o será perder el tiempo. Las verdaderas culturas nunca están cerradas en sí mismas, si se encierran mueren, sino que están llamadas a encontrarse con otras culturas y crear nuevas realidades.

“Vamos a dialogar. Hay conflicto lo asumo. Porque «la unidad es superior al conflicto»”

Cuando estudiamos historia encontramos culturas milenarias, que ya no están más, han muerto por muchas razones, pero una de ellas es haberse cerrado en sí mismas.

Sin este presupuesto esencial, sin esta base de hermandad, será muy difícil arribar al diálogo. Si alguien considera que hay personas, culturas, situaciones de segunda, tercera o de cuarta… algo seguro saldrá mal, porque simplemente carece de lo mínimo que es el reconocimiento de la dignidad del otro. Que no hay personas de primera, de segunda, de cuarta, son de la misma dignidad.

Y esto me da pie para responder a la inquietud manifestada en la tercera pregunta: acoger el clamor de los pobres para construir una sociedad más inclusiva. Es curioso el egoísta se excluye. Nosotros queremos influir. Acuérdense de parábola del hijo prodigo. Ese hijo que le pidió la herencia al padre, se llevó toda la plata, la malgastó y al cabo de un tiempo, cuando lo había perdido todo, le dolía el estómago de hambre, se acordó de su padre, y su padre lo esperaba, como es Dios que siempre nos espera, y cuando lo ve venir lo abraza y hace fiesta. En cambio el otro hijo, el que había estado en la casa, se enoja y se autoexcluye; ‘Yo con esa gente no me junto, yo me porté bien, yo tengo una gran cultura, estudié en tal o tal universidad, tengo esta familia, esta alcurnia, con estos no me meto’. No excluir a nadie pero no autoexcluirse, porque todos necesitamos de todos.

También un aspecto fundamental para promover a los pobres está en el modo en que los vemos. No sirve una mirada ideológica, que los termina usando a los pobres al servicio de otros intereses políticos o personales (cf. Evangelii gaudium 199).

Las ideologías terminan mal, no sirven. Las ideologías tienen una relación incompleta o enferma o mala con el pueblo, las ideologías no asumen al pueblo, por eso, fíjense en el siglo pasado, cómo terminaron las ideologías, en dictaduras, siempre. Piensan por el pueblo, no dejan pensar al pueblo. O como decía aquel agudo crítico de la ideología, cuando dice, sí pero esta gente tiene buena voluntad, quiere hacer cosas para el pueblo; sí, sí, todo por el pueblo, pero nada con el pueblo.

Para buscar efectivamente su bien, lo primero es tener una verdadera preocupación por su persona -estoy hablando de los pobres-, valorarlos en su bondad propia. Pero, una valoración real exige estar dispuestos a aprender de los pobres, de ellos. Los pobres tienen mucho que enseñarnos en humanidad, en bondad, en sacrificio, en solidaridad.

Los cristianos tenemos además un motivo mayor para amar y servir a los pobres, porque en ellos vemos el rostro y la carne de Cristo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8,9). Los pobres son la carne de Cristo. Me gusta preguntarle a alguien. Confieso gente. Ahora no tengo tantas oportunidades para hacerlo como antes, pero me gusta preguntarle a la gente: Usted ayuda a la gente?. Sí, doy limosna. Y dígame, le toca la mano al que da limosna? Son actitudes. Cuando usted da esa limosna, ¿los mira a los ojos o mira para otro lado? Eso es despreciar a los pobres, son los pobres. Pensemos bien, es uno como yo, y si está pasando mal momento, por miles de razones, por las políticas sociales o personales; yo podría estar en ese lugar y podría estar deseando que alguien me ayude. Y además de desear que alguien me ayude, si estoy en ese lugar, tengo el derecho de ser respetado. Respetar al pobre, no usarlo como objeto para lavar nuestras culpas. Aprender de los pobres con las cosas que tienen, con los valores que tienen, y los cristianos tenemos ese motivo que son la carne de Jesús.

“Usted ayuda a la gente?. Sí, doy limosna.

Y dígame, le toca la mano al que da limosna? Son actitudes. Cuando usted da esa limosna, ¿los mira a los ojos o mira para otro lado? Eso es despreciar a los pobres...”

Ciertamente, es muy necesario para un país el crecimiento económico y la creación de riqueza, y que esta llegue a todos los ciudadanos sin que nadie quede excluido, eso es necesario. La creación de esta riqueza debe estar siempre en función del bien común, de todos y no de unos pocos.

Y en esto hay que ser bien claros. «La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1–35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin rostro» (Evangelii gaudium 55). Las personas cuya vocación es ayudar al desarrollo económico tienen la tarea de velar para que éste siempre tenga rostro humano. El desarrollo económico tiene que tener rostro humano; No a la economía sin rostro!

En sus manos está la posibilidad de ofrecer un trabajo a muchas personas y dar así una esperanza a tantas familias. Trae el pan a la casa, ofrecer a los hijos un techo, ofrecer salud y educación, son aspectos esenciales de la dignidad humana, y los empresarios, los políticos, los economistas, deben dejarse interpelar por ellos.

Les pido que no cedan a un modelo económico idolátrico que necesita sacrificar vidas humanas en el altar del dinero y de la rentabilidad. En la economía, en la empresa, en la política lo primero siempre es la persona y el habitat en donde vive.

Con justa razón, Paraguay es conocido en el mundo por haber sido la tierra donde comenzaron las Reducciones, una de las experiencias de evangelización y organización social más interesantes de la historia. En ellas, el Evangelio fue alma y vida de comunidades donde no había hambre, ni desocupación, ni analfabetismo, ni opresión. Esta experiencia histórica nos enseña que una sociedad más humana también hoy es posible. Ustedes la vivieron en sus raíces; es posible cuando hay amor al hombre, cuando hay amor al hombre, y voluntad de servirlo, es posible crear las condiciones para que todos tengan acceso a los bienes necesarios, sin que nadie sea descartado. Buscar en cada caso las soluciones por el dialogo.

“…las Reducciones, una de las experiencias de evangelización y organización social más interesantes de la historia.”

Estoy por terminar lo que tenía escrito, pero no quiero que se me quede nada de lo que me habían preguntado. La cuarta pregunta he respondido con esto de una economía en función de la persona y no en función del dinero. Y hablaba sobre la poca efectividad de seguir ciertos caminos, como el populismo, y parece que no dan efectos, hay tantas teorías, y cómo hacerlo. Creo que con esto que digo de una economía con rostro humano, está la inspiración para responder a esta pregunta.

En la quinta lectura (intervención) creo que la respuesta está a lo largo de lo que dije cuando hablé de la cultura. Hay una cultura ilustrada, es cultura y hay que respetarla, cierto. Hoy, por ejemplo, en una parte del ballet se tocó música de una cultura ilustrada, y bueno, pero hay otra cultura, que es la de los pueblos, de los pueblos originarios, de las diversas etnias, una cultura que me atrevería a llamarla, pero en el buen sentido, una cultura popular; los pueblos tienen su cultura. Es importante el trabajo por la cultura, en el sentido más amplia de la palabra. No es cultura solamente el haber estudiado, gozar del concierto, o leer un libro interesante, sino que también es cultura mil cosas más. Hablaron del tejido del Ñanduti, por ejemplo, eso es cultura, y es cultura nacida en esta tierra, por poner un ejemplo.

“Hablaron del tejido del Ñanduti, por ejemplo, eso es cultura, y es cultura nacida en esta tierra.”

Hay dos cosas, que antes de terminar quisiera referirme. Y en esto, como hay políticos aquí presentes, y está el Presidente de la República, lo digo fraternalmente. Alguien me dijo, mire, fulano de tal está secuestrado por el ejército; haga algo. Yo no digo si es verdad, no es verdad, si es justo, no es justo. Pero uno de los métodos que tenían las ideologías dictatoriales del siglo pasado, a las que me refería hace un rato, era apartar a la gente, o con el exilio, o la prisión, o en el caso de los campos de exterminio nazis, te apartaban con la muerte. Para que haya una verdadera cultura del pueblo, del bien común; juicio rápidos y claros, juicios nítidos, y no sirve otro tipo de cosas; justicia nítida, clara, eso nos va a ayudar a todos. Yo no sé si acá existe eso o no; lo digo con respeto. Me lo dijeron cuando entraba, acá. Que liberen a alguien, no escuché el apellido.

Otra cosa que también quiero decir por honestidad, con respeto, un método que no da libertad a la persona a asumir responsablemente su tarea de construcción de la sociedad, es el chantaje. El chantaje es siempre corrupción. Si vos hacés esto, te vamos a hacer esto, con lo cual te destruimos. La corrupción es la polilla, es la gangrena de un pueblo.

Por ejemplo, ningún político puede cumplir su rol, su trabajo si está chantajeado; eso, que se da en todos los pueblos del mundo, si un pueblo quiere mantener su dignidad tiene que desterrarlo. Estoy hablando de algo universal.

Para mí es una gran alegría ver la cantidad y variedad las asociaciones que están comprometidas en la construcción de un Paraguay más próspero, pero si no dialogan no sirve para nada. Y si chantajean no sirve para nada. Esta multitud de grupos y personas son como la sinfonía, cada una con su peculiaridad y riquezas propios, buscando la armonía final, la armonía y eso es lo que cuenta, y no le tengan miedo al conflicto, pero abran el camino al diálogo; amen a su patria, a sus conciudadanos, y sobre todo, amen a los más pobres. Así serán en el mundo de que otro modelo de desarrollo es posible. Estoy convencido con la propia historia de ustedes de que tienen la fuerza más grande que existe: su humanidad, su fe, su amor, ese ser del pueblo paraguayo que lo distingue tan ricamente entre las naciones del mundo.

Pido a la Virgen de Caacupé, nuestra Madre, que los cuide, los proteja, y les aliente en sus esfuerzos.

Que Dios los bendiga y recen por mí. Gracias

AGREGADO DESPEDIDA: Antes irme quiero decir algo. Lo peor que pueden pensar ‘es qué bien lo que le dijo el Papa a ese o a esa’. No, a quién se lo dijo: A mí, a cada uno. Esos pensamientos llegan, a mí también, pero evítenlo. (No textual)

“…es una gran alegría ver la cantidad y variedad las asociaciones que están comprometidas en la construcción de un Paraguay más próspero, pero si no dialogan no sirve para nada. Y si chantajean no sirve para nada. Esta multitud de grupos y personas son como la sinfonía, cada una con su peculiaridad y riquezas propios, buscando la armonía final, la armonía y eso es lo que cuenta, y no le tengan miedo al conflicto, pero abran el camino al diálogo”

Misa en Caacupé.
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