El vacío que dejan

El tiempo de los países no es el tiempo de la gente.

Crisis, hambre, escasez, muerte, indolencia, violencia, impunidad, militarización, nepotismo, son palabras que, a fuerza de ser usadas, pierden peso y magnitud. No hay otras para sustituirlas. El vacío que dejan cuando trato de relatar lo que pasa, termina siendo el mensaje.

Todas las conversaciones empiezan con la misma pregunta: “¿Cómo estas?” y yo, tratando de tranquilizar interlocutores que sé que nos quieren, que se preocupan y que no pueden hacer nada, sigo siempre el mismo protocolo: “Estamos bien, estamos resolviendo”.

Pero la realidad es inmensa y desconcertante. De pronto, se multiplican los funerales por ejemplo. No pasa semana sin el anuncio de una muerte más o menos cercana. Causas diversas: enfermedades que se complicaron, asaltos, accidentes de tránsito… Duelos superpuestos, dolientes que lo viven con sordina porque la urgencia apremia.

El país sobrevivirá, porque eso hacen los países. Venezuela sobrevive en los que se han ido, en la melancolía de los que se quedan, en los jóvenes que se niegan a renunciar a la esperanza. Eso es una nación: gente que ejerce. Mientras tanto, aprendemos a vivir con vacíos, de gente, de palabras, silencios que ganan terreno y de a ratos, se vuelven atronadores.

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