Escribir

José vivía siempre algo ido. Le costaba responder adecuadamente a las peguntas que le hacían, y con frecuencia decía cosas inadecuadas. Saludaba con alguna expresión que, no sólo podía ser mal interpretada, sino que con frecuencia lo era, y de la peor manera. Como consecuencia, tenía pocas amistades y las que habían sobrevivido al tiempo y los bochornos sabían que, de tanto en tanto, tendrían que perdonarle algún exabrupto. A cambio, José se sentía siempre al borde del desastre, siempre al margen. Siempre inadecuado.

La mayoría de las veces, no importaba esa dificultad de comunicación. Pero había momentos, en que era indispensable que se comunicara, que entablara contacto, que lo oyeran. Nunca quedo claro si esa necesidad partía de José, para preservar su cordura. O del entorno, de la gente que lo quería, para no perderlo del todo. El hecho concreto es que era necesario que José hablara, y que los demás lo entendieran.

En tales momentos, José sufría mucho.

Lo primero que tendría que hacer es ceder espacios en sus códigos. Ya no funcionaban los esquemas tan cuidados y perfectos. En su diálogo interno, las palabras surgían con fuerza, y sin vacilar, ocupaban el lugar que les correspondía. Incluso a pesar de su consciencia y sin que interviniera intención. Fluían imparables, y sin dificultades, en un monologo interno que cuestionaba todo, que lo aceptaba todo. Escollos admitidos por estricta invitación…

Lo siguiente, el tema del tiempo. Para aceptar a los demás en su espacio, era necesario que José bajara la velocidad. Que pensara a un ritmo que le permitiera incluir al resto, que solía moverse muy poco a poco. Cero pensar varias cosas al mismo tiempo. Cero dejar cabos sueltos por no ser interesantes. Hay que cerrar los temas, acabar las frases.

Lo peor es explicar los contextos. Cada evento, cada historia necesita un entorno, un tiempo, un espacio. Un porque. Un color emocional. Clasificarlo, así sea del modo más sutil (y a veces con la sutileza de un martillo) en “bueno o “malo”. Todo eso lleva tiempo. Y sobre todo, paciencia. Hay que decir las cosas, esperar una eternidad a que la gente oiga, luego piense y luego responda. Asegurarse de que entendieron lo que debían entender, intentar corregir lo que no entendieron, y que rectifiquen. Que QUIERAN rectificar, sobre todo.

Un día descubrió que escribiendo se hacía entender mejor. Él tenía espacio para pensar a su velocidad, podría revisar los textos las veces que quisiera, corregir. Y sobre todo, escribir es como decir algo y repetirlo tantas veces como necesite el interlocutor para entender. Así empezaron a fluir las páginas escritas. Tan caóticas y fragmentadas como el pensamiento de José. Tan autónomas e independientes como sus monólogos

No importaba. Domesticar la palabra escrita era más fácil que la hablada. Hacerlas caminar en hilos coherentes, respetar los tiempos, resignarse a las descripciones del entorno. Simplificar hasta hacerse comprensible.

A veces, luego de que una palabra se empeñara en ocupar un sitio, a pesar de ser pomposa, o muy rebuscada, José verificaba su significado y descubría con asombro cuan perfecta era para el momento y el espacio. Era esa la palabra y no otra.

Para cuando terminó, José había acumulado cuatrocientas cincuenta y tres cuartillas en las que explicaba su necesidad de charlar, de compartir con alguien. Las palabras ordenadas y obedientes, perfectas en su forma y uso, como escolares obedientes. Las ideas plasmadas al detalle. Al menos las que conciernen al tema que lo ocupa.

Ahora sólo falta encontrar a alguien que las lea.

#30díasdeescribirme

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.