Paola

Hoy la vi morir, desde varios ángulos.

Primero fue “la chama” que quedó atrapada en medio de una jauría de animales en moto, junto con otros peatones. Sin rastro de manifestaciones o marchas. En medio de un parque, entre gritos y luego carreras cuando empezaron a sonar los tiros.

Los habitantes de éste país tenemos una huella con las detonaciones. Casi todos sabemos como suena una 9 mm (el arma de reglamento de los cuerpos policiales) y somos capaces de decir con seguridad a los asustados “esos no son disparos”.

Hoy Paola corría, junto con otras personas, porque las bestias desde las motos disparaban las automáticas a repetición. Con profusión, sin temor a quedarse sin balas.

Estaba en medio de la calle, de espaldas a sus asesinos, sola. Le dispararon porque podían hacerlo con impunidad. Sin razón. A plena luz del día y sin detenerse. Los filmaron cámaras de seguridad y vecinos, horrorizados. No les importó.

Luego algunos regresaron a pasarle por el lado sin dedicarle ni una mirada. Como si fuera una cosa.

Hoy todos sabemos su nombre. Se llamaba Paola y tenía 23 años.