En medio de la prueba.

Escrito por Clau Morales

Hoy mientras iba de regreso a casa, escuché la historia acerca de un hombre que tenía muchas dudas respecto a su fe. Estas dudas surgieron como causa de las pruebas difíciles que pasaba durante una temporada.

Una tarde, al llegar a su casa, este hombre observó cómo un árbol de aguacate daba fruto en su jardín. En medio de su afán y sus múltiples pensamientos, decidió hacer una pausa, tomando una escalera para subir y alcanzar algunos de los frutos. Para su sorpresa, mientras estaba arriba, pudo observar unos pequeños colibríes que posaban en una rama del árbol. Su corazón se llenó de ternura. Horas después cuando comenzaba a anochecer, una fuerte tormenta azotaba los alrededores y las ramas de varios árboles empezaron a quebrarse. De pronto, el granizo comenzó a lastimar las plantas y el viento impetuoso pasaba arrancando todo a su paso. Mientras tanto, el corazón de éste hombre se llenó de angustia, pensando en estos pequeños colibríes que por la tarde llenaron su corazón de ternura. En medio de sus dudas y del dolor, levantó su mirada hacia el cielo y pensó “ya no sé si realmente me escuchas; no sé si estés allí, pero haré la prueba”. Entonces de su boca salieron sólo estas palabras: “No te pido nada para mí esta noche, pero te pido que cuides a estos pequeños colibríes tan pequeños y tan indefensos”.

Finalmente, cuando pasó la fuerte tormenta y el sol salió a la mañana siguiente, el hombre corrió hacia el árbol de aguacate y tomó de nuevo la escalera. Subió rápidamente y quedó maravillado al darse cuenta que la rama con el nido permanecía intacta. Los colibríes seguían allí después de tan fuerte tormenta. Su corazón impactado, después de varios días de afán y agitación, causaba en él un momento de paz y alegría indescriptibles. Reconoció cuán grande y fiel es el cuidado que Dios tiene con su creación. Justo en ese momento, pude imaginar cómo ese hombre experimentó el resurgimiento de una fe renovada. Al contemplar a esas aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo son alimentadas y cuidadas por un Padre Celestial. Ahora bien, ¿no somos nosotros mucho más valiosos que aquellas aves? (Mt 6,26–34).

A veces en medio de la prueba, dejamos de lado la maravillosa oportunidad de probar Su gloria (¿qué, se puede probar?). Sí, es justo en medio de la prueba en donde podemos alcanzar el resurgimiento de una fe renovada. Pues justo cuando te sientes tan pequeño y tan indefenso, es cuando su soberanía tiene espacio para hacerlo todo de nuevo. Y, si no me crees, haz la prueba. ¡Verás qué bueno es El Señor! (Sal 33).

Desde hoy, sé que cada vez que quiera retroceder y llenarme de dudas, recordaré a aquél hombre que hizo la prueba. Antes de dejarme alcanzar por el desánimo haré una pausa en el camino para preguntarme: ¿Le estoy creyendo a Dios? Porque muchas veces por múltiples razones he permitido que mi fe empiece a ser estrangulada. Por el afán y las preocupaciones de un mundo tan ruidoso y desordenado, damos más importancia a la voz que nos grita constantemente: ¡No es tiempo de seguir creyendo! Pero mi respuesta ante esto sería: “Estoy probando de Su gloria en medio de la tormenta. No me queda duda de cuán Bueno es El Señor. Por eso hoy, decido no sólo creer en Él, sino también creerle a Él.