UN HOMBRE DE FE

Por: Edgar Martínez González.

Como casi todas las inteligencias artificiales de su clase, Magnalucius no poseía sino una capacidad limitada de almacenamiento de datos. Pero aún así, su memoria seguía siendo prodigiosa en comparación con la de un ser humano, pues era capaz de recordar, detalladamente y en instantes, sucesos que habían ocurrido mucho tiempo atrás, siempre y cuando hubiese conservado los datos respectivos entre sus archivos de recuerdos. Aquella mañana, por ejemplo, mientras realizaba complicadísimos cálculos y daba seguimiento a los millardos de procesos que le habían sido asignados, quiso acordarse de una conversación sostenida pocos años después de haber sido creado. En esos días colaboraba como asistente en el Instituto de Astronomía, el cual había gozado de una inusual bonanza luego que la colonización de los planetas cercanos a la Tierra se volvió posible, aunque posteriormente se hiciera obvio que la raza humana ya no conseguiría llegar a las estrellas.

Una tarde en el Departamento de Astronáutica del Instituto, el Doctor Villagrán finalmente recibió un comunicado que hacía tiempo ya estaba esperando. Se reclinó en su sillón y lo hizo girar hacia el ventanal de su oficina, donde aquella noche podía disfrutar de una excelente panorámica de las primeras estrellas en el firmamento, ahora más lejanas que nunca del alcance humano.

Cuando los medios de comunicación apenas estaban dando a conocer al público la terrible noticia, calificada por algunos como la peor tragedia en toda la historia de la humanidad, ya para entonces todos los institutos de investigación y enseñanza, las agencias gubernamentales y las empresas relacionadas de alguna forma con la exploración espacial, estaban bien enteradas: todas las misiones tripuladas rumbo al espacio exterior debían cancelarse indefinidamente, debido a que los lanzamientos de naves se volvieron extremadamente difíciles, casi imposibles, por culpa de la irresponsabilidad del ser humano. Claro, eso último no venía por ninguna parte dentro del comunicado oficial que recién terminaba de leer: pero era la conclusión a la cual llegaría cualquier persona enterada del asunto.

Desde sus primeros viajes al espacio, el hombre se había dedicado a dejar ahí cualquier cantidad de satélites y otros objetos, pensando tal vez que aquello no era sino un inmenso vacío donde podría lanzar cualquier cosa sin consecuencias. Pero al paso del tiempo, en la órbita terrestre baja se había ido acumulando mucha basura: objetos que no flotan, como cree la gente, sino que viajan a siete mil kilómetros por segundo para mantenerse en órbita y al chocar unos con otros producen nuevos fragmentos, los cuales a su vez destruyen otros satélites y crean más desechos. Y para entonces, cuando la raza humana recién dominaba la tecnología necesaria para colonizar otros mundos, también descubría que su planeta de origen estaba ahora encerrado dentro de una trampa formada por partículas diminutas pero mortíferas, capaces de dañar o destruir las naves que intentaran cruzar por ella. Irónico, pensó el doctor: ¡cuánto tiempo le tomó al ser humano poder conquistar otros mundos, para luego ser él mismo quien ahora se privaba de tal oportunidad!

―Informaré a la oficina del Director, que ha sido usted debidamente notificado. ―Anunció entonces la voz de Magnalucius, quien tras analizar el reporte de los sensores de movimientos ópticos del monitor, supo que el Doctor Villagrán había leído íntegramente el texto del comunicado.

―Sí, Magnalucius: hazlo, por favor. ―Respondió Villagrán sin dejar de admirar el paisaje. A pesar del tiempo trabajando juntos, el doctor aún se dirigía a su asistente virtual como si fuera una persona real y no un ente informático: quizá porque las inteligencias artificiales como ésa eran creadas a partir de mentes humanas y Magnalucius provenía de un distinguido académico, ya fallecido, quien primero fuera mentor suyo y luego su colega.

―Lo siento, doctor―continuó Magnalucius―: desafortunadamente, la disposición afectará todos nuestros proyectos en astronáutica.

―Desafortunado, sin duda―dijo el astrofísico―: pero debimos prever que algo como esto sucedería tarde o temprano. Ya desde finales del siglo XX, se reportaba que un sólo cristal de pintura, de apenas unas décimas de milímetro, causó un agujero de cinco milímetros en el parabrisas del transbordador Challenger, durante la misión STS-7: eso bastó para que ya no fuera seguro volver a lanzarlo. Entonces aún era posible hacer algo para resolver esta situación que ahora nos explota en la cara, pero no lo hicimos. Luego de ver las consecuencias por contaminar la tierra y los mares, debimos ser más responsables con el espacio exterior, ¿no te parece?

―En efecto, doctor―respondió la inteligencia artificial―. Ahora que los programas de astronáutica han sido cancelados, ¿qué piensa que sucederá?

―No lo sé: pero me parece que es ahora cuando más trabajo tenemos.

―Temo que no entiendo, doctor. No hay otra forma de salir del planeta.

El doctor Villagrán giró nuevamente su sillón, esta vez hacia el proyector holográfico en su escritorio, que dibujaba en el aire la evanescente figura de Magnalucius. A diferencia de otras inteligencias artificiales más grandes y poderosas, creadas especialmente para controlar sistemas tales como enormes reactores o complejos industriales, aquellas de origen humano solían desarrollar sus propias personalidades y buscaban aspectos acordes para manifestarse. Villagrán contempló la pequeña figura de su asistente: similar a un barbudo monje medieval, pero con un báculo profusamente decorado por símbolos de origen celta. El doctor se preguntó entonces cómo era que la mente de un científico elegía la imagen de un hechicero para ser su fantasma.

―No te confundas―advirtió Villagrán―. Tal vez este sea el fin de la astronáutica, al menos como la concebimos: pero también debe ser el inicio de una nueva era en la investigación científica. Si nuestro camino se topa con un obstáculo insalvable, debemos buscar la forma de superarlo.

―Sólo que anteriormente, nunca nos habíamos enfrentado a un obstáculo como el que tenemos en esta ocasión.

―En efecto: pero lo primero que no debemos hacer, es considerarnos atrapados. Una vez leí la historia de un hombre, a quien sus enemigos encierran dentro de un calabozo del cual no hay ninguna forma de escapar, según le dicen. Pero tras contemplar los resecos huesos esparcidos por el suelo de la prisión, restos de otros presos que murieron ahí encerrados, este hombre decide no sentirse prisionero y trata de hallar una manera de fugarse. Y resulta que, al revisar la puerta de la celda, descubre que al salir el último de sus captores había olvidado cerrarla con llave.

―Evidentemente, usted da por hecho que la humanidad encontrará otras formas de alcanzar las estrellas, doctor.

―En efecto.

― ¿Puedo preguntar cuáles son sus motivos para tal convicción?

El doctor Villagrán se tomó un instante para observar al pequeño hechicero sobre su escritorio antes de responder.

―Será que soy un hombre de fe, Magnalucius. ―Contestó finalmente.

El fantasmagórico brujo comenzó a deslizar su mano por su luenga barba. Tal era el gesto al que recurría cuando se hallaba procesando datos.

―Perdone, pero no entiendo qué tiene que ver la fe con este dilema.

―Se trata de fe en el hombre, Magnalucius: confianza en el ser humano, en su inteligencia y su habilidad para vencer las dificultades que al principio le parecen insalvables. Hace algunos años, pensamos que nuestra civilización terminaría al agotarse los combustibles de origen fósil: pero no fue así, porque desde antes hubo quien ya estaba trabajando en busca de fuentes alternativas de energía. Y por mucho tiempo se creyó que nuestra raza se extinguiría por falta de agua: pero una vez más, el ser humano salió adelante gracias a su inteligencia e ingenio. Por eso tengo confianza en que nosotros, o alguien más capaz que vendrá después, encontraremos tarde o temprano una solución a nuestro predicamento actual.

―Siendo así, antes habrá que romper muchos paradigmas, doctor.

―Y lo haremos, tal como lo hemos hecho en otras ocasiones. De lo contrario, aún pensaríamos que la Tierra es plana y la Luna de queso. ¿Crees que no debimos romper con viejos paradigmas para volar primero y luego para llegar a la Luna? Tal vez ya es tiempo de comenzar a explorar otras posibilidades: como la teleportación, por ejemplo.

El pequeño hechicero espectral comenzó nuevamente a jugar con su barba. Y esta vez permaneció así por un buen rato, antes de retomar la plática.

―Acabo de analizar los informes acerca de teleportación que tenemos disponibles en el Instituto, doctor, y me parece que no es una opción del todo viable. Sabemos que es posible transferir los estados cuánticos de un átomo, tales como su energía o su campo magnético: partiendo de ahí podemos pensar en hacerlo con el conjunto de átomos que conforman cualquier cuerpo físico, incluyendo a los seres vivos, para luego reconstruirlo en otra ubicación. Pero para conseguirlo, necesitaríamos primero de un escáner de objetos capaz de trabajar a niveles atómicos y subatómicos, en donde nada permanece estático sino en constante movimiento. Luego, la información generada por este escáner tendría que ser guardada en un dispositivo con capacidades imposibles de memoria; mientras que para transmitirla, al mejor de los conductores conocidos le llevaría millones de años hacerlo. Y finalmente, necesitaríamos contar con un resintetizador de objetos, encargado de reconstituir los trillones de átomos que integran a un ser humano, replicando exactamente cada átomo, molécula y célula. Desafortunadamente, son todos elementos con los cuales la humanidad no cuenta.

―En efecto, Magnalucius: son cosas que actualmente no tenemos. Pero el hecho de que una tecnología resulte demasiado avanzada como para ser una realidad en el presente, no implica que no pueda existir en el futuro. De hecho, hasta donde yo recuerdo, la esencia de la verdadera magia es esa: cualquier tecnología suficientemente avanzada, es indistinguible de la magia. Como hechicero deberías saberlo, ¿no es así?

Aún siendo una inteligencia artificial de última generación, Magnalucius no podía captar el sarcasmo en las palabras del doctor Villagrán. Pero aunque hubiese sido capaz de comprenderlo, sin duda lo habría pasado por alto, tan interesado como estaba en seguir reflexionando acerca de las posibilidades que la perspectiva de la teleportación le ofrecía.

―Pero de cualquier forma, pienso que la teleportación no será una opción después de todo. ―Concluyó Magnalucius. ―Aún si ya se contara con los medios, no hay que perder de vista que en realidad no estaríamos transfiriendo la materia: se trataría de un elaborado proceso, en donde los átomos originales dejan de existir y se van creado copias de los mismos en una ubicación remota. No hay forma de garantizar que un ser vivo pueda sobrevivir a tal fenómeno. Y aunque así fuera, ¿qué sería del ser humano replicado? ¿Sería idéntico a su original, con todo y memorias, o sólo un clon?

―Bueno, hace un rato decíamos que será necesario romper con varios de nuestros actuales paradigmas. No se trata de una opción, Magnalucius: el ser humano está obligado a salir de su planeta de origen y dejar testimonio de su existencia en otros mundos. De lo contrario, tal vez no nos merecemos el título de raza inteligente. Quizá para comenzar, debemos cambiar algunos de nuestros puntos de vista. Hoy en día, si preguntas mi opinión acerca de la teleportación de objetos físicos o seres vivos, te diré que es imposible. Sin embargo, alguien dijo que cuando un anciano científico dice que algo es imposible, es muy probable que se equivoque. ¿Y sabes? Te envidio, porque tú tienes más probabilidades que yo de llegar a verlo.

Entonces el doctor Villagrán se dispuso a ordenar sus cosas para retirarse, dando aquella conversación por terminada. Y Magnalucius, por su parte, pensando en las palabras del doctor, decidió que sería muy interesante conservar el recuerdo de aquella charla, por si en un futuro tenía ocasión de ver si estaba o no en lo cierto. Y así lo hizo.

Los pensamientos de Magnalucius volvieron al presente, mucho tiempo después de aquél día, hasta una época en la cual el término teleportación había caído en desuso. La inteligencia artificial estaba en el Inmaterium dentro del poderoso computador central del Instituto de Astronomía, en donde un centenar de sus iguales flotaban de un lado a otro, ejecutando un surrealista ballet aéreo, en el cual participaban los personajes más variopintos como un médico brujo africano, una sirena, un dragón en miniatura, un sacerdote maya y un hada, sólo por mencionar algunos. Cada uno de ellos, lo mismo que Magnalucius, supervisaban las tareas asignadas por los científicos humanos quienes, en el mundo real, aguardaban expectantes el momento de dar inicio a la primera simulación del Proyector Villiers-Mandel, como habían decidido bautizar a su aparato. Debían estar nerviosos, pensó Magnalucius: para algunos, aquella prueba representaba el trabajo de toda una vida. Ojalá pudieran ver las cosas desde su perspectiva: los principios teóricos eran válidos y los cálculos fueron revisados tantas veces, que las cosas no podían salir mal. En ese momento, las primeras señales de alerta comenzaron a sonar: varias de las inteligencias artificiales anunciaban que ya estaban listas y esperando. Pronto, Magnalucius se unió a ellas y la prueba del primer dispositivo de transferencia de materia daba inicio.

Todo duró apenas un instante. Sus colegas humanos habían conseguido crear un pequeño “agujero de gusano” por el que pasó un ratón, sano y salvo, de un extremo al otro del laboratorio. Sin duda, no tardarían mucho antes de poder hacerlo llegar más lejos: quizá de un planeta a otro. Y mientras afuera, en el mundo real, los investigadores descorchaban una botella de champaña para festejar el triunfo, Magnalucius pensó en cuánta razón había tenido su antiguo colega, el doctor Villagrán, al confiar en el ser humano. Era una verdadera lástima, se confesó a sí mismo, ignorar qué había sido de él: porque esa fue información que en su momento, no le pareció importante conservar.

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