Mudo a Tal

Repetidas veces, cuando me toca hablar sobre la ciudad de donde vengo, me preguntan si hay algo que extrañe. Mi familia, mis amigos, que si mi novia, dicen. La verdad es que mis sentimientos ante la circunstancia de mudanza reciente; nueva casa, nueva ciudad, nuevo trabajo, ya los tenía muy claros.

Me repetía, sí, vas a extrañar a tus papás, sí, tu novio, a tu perro, sí, a tu familia entera, a tu ciudad, a tu ex trabajo, sí. Una predisposición de sentimientos que, al llegar el momento cuando se supone debía experimentarlos, se transformaron según he podido identificar ahora, uno solo: sentimiento de culpa.

Extraño nada.


Debo extrañar a mi novio, que ha sabido aguantar la separación sin reproches y aprovechar el cambio para emprender un nuevo plan juntos. Me ha apoyado incondicionalmente, aunque incluso tenga que ajustar su cartera. Pero debo, más como una deuda que como un deber. Si acaso debería.


No se qué extraño o no sé si lo que no extraño es más bien la razón por la que siento culpa. Culpa de alejarme en un impulso necesario de hacerme una experiencia que marcara mi vida en todos los aspectos posibles a la vez. Qué tal que huí de la vida que llevaba hasta ese momento.

No extraño porque me predispuse a extrañar y a la vez es la causa que me quitó ese sentimiento. No extraño por que estoy descansando de todo lo anterior y tal vez después me de cuenta y extrañe con toda la fuerza pendiente, acumulada, de todos mis momentos para echar de menos.

Me he visto en la necesidad de decir que extraño para a la vez decir te quiero, aunque quiera mucho pero sin extrañar. Culpa automática. Cuántos hay que quieren experimentar molestia, o dolor o el dolor molesto de echar de menos. Yo quiero sentir que extraño para no sentir culpa. Sentimiento podrido que experimento desde muy temprana edad.


Esto debí (no de deuda, no de obligación, sino de suposición) escribirlo a mediados de agosto 2015, cuando tenía muy poco de haber cambiado de ciudad y de haber cambiado todo y entero.

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