Belleza y otras enseñanzas de la vaguedad

Fotografía de Eduardo Jiménez Zorita

Una de mis pasiones es la fotografía. Desde que empecé hace unos cuantos años a desarrollar esta increíble afición me he dado cuenta de que en la fotografía, como en otras muchas cosas en esta vida, no hace falta tenerlo todo exactamente definido y acotado. Una imagen no necesariamente transmite más cuando tiene una composición perfectamente media y unas líneas trazadas a la perfección. En ocasiones una línea desdibujada o una luz de fondo desenfocada permite no sólo hacer resaltar una figura principal, sino también dotar a la imagen de una belleza sin igual.

A la hora de hacer un retrato no sólo es importante el modelo al que vamos a fotografiar, también es necesario un fondo, una estructura, una idea. ¿Acaso al tomar la foto no se proyectan sombras que oscurecen el rostro del retratado? Efectivamente, las sombras son aquello que da un matiz esencial a la fotografía. Se podría decir que sin vaguedad no habría fotografía posible. En una fotografía es vital una buena iluminación, esto es, saber manejar de manera óptima las luces y las sombras. Ambas son necesarias: luces, porque arrojan claridad sobre el sujeto y nos permiten percibirlo; pero también sombras, pues configuran de manera notoria la imagen.

La vaguedad en una fotografía puede convertirla en una obra de arte. El arte abstracto, por ejemplo, no destaca por unos planos acotados de fácil interpretación. Tal y como venimos comentando, parece que lo vago, lo que no es puramente claro y distinto, también puede suscitar en nosotros una actividad interior de gran interés. La vaguedad en el lenguaje y en el conocimiento nos permite establecer un claroscuro. Un claroscuro que ilumina en cierto sentido la verdad y destaca lo que ignoramos. Nos permite establecer un límite desde el que sólo nos podemos asomar pero ante el que merece la pena pararse a admirar.

Una buena fotografía también tiene una gran parte de vaguedad, porque es imposible captarlo todo de una manera pura y nítida. Las buenas fotos tienen un elemento principal que aparece en la posición perfecta, pues es el centro de la imagen. Pero el resto que le rodea no se captura con la misma nitidez porque si todo tuviera el mismo nivel de lectura, la fotografía no podría ser interpretada de manera correcta.

Visto así, la vaguedad no debe ser interpretada como algo negativo, que restrinja el saber del hombre. Todo lo contrario. La vaguedad hace posible que Sócrates se reafirme en su postura de desconocedor. No es sino cuando advertimos todo aquello que desconocemos, todo aquellos que escapa a nuestro entender, cuando nos podemos asombrar ante el imponente edificio del saber.

La búsqueda sistemática y exhaustiva de la verdad, con cada uno de sus matices a menudo no nos permite ver la grandeza que encierra la vaguedad. Como filósofos, tratamos de entender desde la primera causa hasta la última consecuencia. Esto no es malo, pero sí debe tenerse en cuenta que nuestro conocimiento tiene una serie de límites. Estos, tal y como apunta Russell, se dan en la vaguedad del lenguaje, ya que éste no alcanza a designar todo el significado de la realidad a la que se refieren. No obstante, ¿por qué esto iba a ser interpretado como algo negativo? ¿Acaso no nos permite esto asomarnos al límite que nuestra mente parece trazar para imaginar y seguir elucubrando posibles matices que se le escapan al lenguaje?

Entonces, ¿qué es la vaguedad? Desde luego no es una pérdida. Para mí es una oportunidad. Una oportunidad para ser conscientes de lo poco que sabemos. Una oportunidad para ser conscientes de lo mucho que ignoramos. Una oportunidad para deslumbrarse ante el conocimiento y la verdad. La vaguedad nos permite tener los pies en el suelo y nos aporta una de las virtudes más necesarias, y menos frecuente en la actualidad. La vaguedad nos enseña humildad.