CUANDO LAS GALLINAS CANTARON COMO GALLOS

Por Eduardo Casanova

Uno de los personajes más importantes de la historia de Venezuela fue Antonio Guzmán Blanco (1835–1898), caudillo y jefe del liberalismo amarillo, varias veces presidente de la república y el primer modernizador de Caracas y de Venezuela. Una de sus anécdotas más celebradas fue aquello de decirle a su mujer en 1877, cuando sus subalternos se peleaban entre sí para sucederlo: “Vámonos, Ana Teresa, que las gallinas están empezando a cantar como gallos”. Así demostraba su opinión sobre sus compatriotas. Otro de sus dichos más importantes fue aquel de que Venezuela es como un cuero seco, que si lo pisas por un lado, se levanta el otro. Es imposible referirse a su vida en un texto corto, y no se puede comprender su personalidad si no se pasa por lo que fueron su abuelo y su padre y en qué se había transformado la sociedad caraqueña (y venezolana) a raíz de la Guerra de Independencia, que eliminó de raíz la clase alta, la de los “mantuanos” o blancos criollos, a la que pertenecieron algunos antepasados de Guzmán Blanco, pero no todos. Su abuelo fue Antonio de Mata Guzmán, nacido en Jaén (España) en 1769. Llegó al país en 1799 con el gobernador y capitán general Manuel Guevara y Vasconcelos. Inicialmente apoyó la rebelión de Caracas de 1810, pero pronto cambió de bando: en octubre participó en la conspiración de los hermanos González de Linares, con quienes compartió la prisión. Tras las rejas legitimó a sus dos hijos naturales, Antonio Leocadio y Juana, hijos de Agueda García, a quien apodaban “la Tiñosa”. En 1812 estuvo entre los sublevados en Puerto Cabello contra el entonces coronel Simón Bolívar. Y de allí en adelante se dedicó a combatir a los republicanos con las armas. Finalmente fue a tener a Puerto Rico con su segunda esposa y otros tres hijos y allá murió en 1828. Su hijo natural y legitimado, Antonio Leocadio Guzmán, nació en noviembre de 1801. A los 11 años fue enviado a España para que no padeciera los rigores de la guerra de Independencia. Recibió educación de preceptores liberales y regresó a Caracas un par de años después de la batalla de Carabobo. No podía exhibir algo parecido a abolengo o a gloria militar, pero sí una gran simpatía. Enfrentó el militarismo de su tiempo y fue encarcelado en 1824. Sus críticas al neogranadino Santander, Vicepresidente de la Gran Colombia, lo hicieron muy popular en Venezuela y le ganaron el aprecio de Páez, que lo envió en misión al Perú. Se ganó la confianza y la amistad de Bolívar, lo cual no obstó para que se contara entre los conspiradores de La Cosiata. Ocupó altos cargos en los gobiernos venezolanos hasta que estalló, en 1835, la Revolución de las Reformas, ante la cual su actitud fue tan ambigua que el Presidente Vargas lo alejó del poder. Fundó la Sociedad Liberal de Caracas y dirigió el periódico “El Venezolano”, órgano de los liberales. Desde allí arremetió contra Páez y los conservadores, y en buena parte sus escritos constituyeron la base del Partido Liberal. Fue uno de los primeros en usar el término “oligarca,” que después reivindicaría Gil Fortoul, para referirse a los gobiernos de su tiempo. Su vida fue la de un saltimbanqui político que nunca llegaría a la ambicionada presidencia. En 1884 se convirtió en uno de los primeros huéspedes del Panteón Nacional que creó su hijo en donde estuvo la Iglesia de la Trinidad. Su gran proeza fue casarse con Carlota Blanco, hija de Antonia Jerez de Aristeguieta, de origen mantuano y parienta de Bolívar. A los cuatro meses del casorio Carlota parió a Antonio Guzmán Blanco, grande y bien plantado. Ni siquiera voy a intentar resumir la vida del personaje, que fue el verdadero protagonista de la política venezolana durante el último tercio del siglo XIX. Fue un hombre inteligentísimo, que supo capear todas las tempestades y navegar en todas las corrientes en las que le tocó navegar. Nació el 20 de febrero de 1829 y en 1848 ingresó al servicio exterior venezolano, como Jefe de Sección. En 1857 recibió el título de Abogado. Quiso casarse con Luisa Teresa Giuseppi, nieta del general José Tadeo Monagas, pero no pudo vencer la oposición de los Monagas, que no querían en la familia a un nieto de La Tiñosa. Salió de Venezuela como Cónsul en Filadelfia, de donde pasó a Nueva York. Luego fue Secretario de la Legación de Venezuela en Washington. En 1858, al caer los Monagas, regresa a Venezuela. Luego de algunas volteretas se unió a los revolucionarios de Zamora y Falcón, en las Antillas. No participó en la primera invasión, pero fue enviado a Caracas a mantener conversaciones sobre la amnistía propuesta por Julián Castro. El 24 de julio de 1859 acompañaba a Falcón en su desembarco por Palma Sola, cerca de Morón y Puerto Cabello. Era Auditor General del Ejército. Como coronel actuó en la Batalla de Santa Inés, la única victoria importante de los federalistas en una guerra sin batallas, y el 10 de enero de 1860 se encontraba a pocos pasos del general Ezequiel Zamora en el momento de su muerte, en San Carlos. Luego de la derrota de Coplé (segunda y última batalla de la Guerra Larga, el 17 de febrero del 60), huyó junto con Falcón hacia Bogotá. En 1862 ya el general Guzmán Blanco era un caudillo federalista y uno de los principales consejeros políticos de Falcón. El 24 de abril de 1863 firmó el “Tratado de Coche,” que entraría en vigencia el 22 de mayo. Fue Vicepresidente de Venezuela, Ministro de Relaciones Exteriores, Ministro Plenipotenciario ante las cortes de Madrid, París y Londres, conoció al Emperador Napoleón III y la Emperatriz Victoria Eugenia y Falcón lo encargó de la Presidencia. Se casó con Ana Teresa Ibarra Urbaneja, hija del general Andrés Ibarra Toro, edecán del Libertador, y de Anastasia Urbaneja Barbas, hija del prócer Diego Bautista Urbaneja. En marzo del 65, cuando Juan Crisóstomo Falcón fue nombrado Presidente Constitucional de los Estados Unidos de Venezuela, Antonio Guzmán Blanco se convirtió en Primer Designado, cargo equivalente al de los antiguos Vicepresidentes, y que sustituía al Presidente durante sus ausencias, que en el caso de Falcón serían notables. A partir de 1866 fue también Comandante en Jefe del Ejército. Luego de la “Revolución Azul” de los Monagas, durante la cual se fue del país, regresó a Venezuela en armas y gracias a la muerte de Falcón pudo convertirse en Presidente en 1870. Desde entonces hasta 1888 dominará, con uno que otro altibajo, la escena política del país. Primero será el Septenio (1870–1877), después el Quinquenio (1879–1884) y por último el Bienio (1886–1888), que en realidad duró poco menos de un año. Caracas no será, a partir de entonces, la misma. Murió en París el 28 de julio de 1899. Tenía setenta años, y la muerte le economizó el saber que su ciudad, lejos de convertirse en el París de América y la capital de la inmensa república soñada por Bolívar, caería en manos de un personaje a quien él, como buen político, conocedor (y manipulador) de hombres que era, jamás habría dejado ascender del cargo de gobernador de la Sección Táchira del Gran Estado de los Andes: Cipriano Castro. En todo caso, hizo siempre lo que quiso y, hasta su muerte, demostró un gran desprecio por el pueblo. Es imposible imaginar lo que habría pensado de ese pueblo sometido por un personaje tan bajo, tan despreciable, como Hugo Chávez, a quien no habría aceptado ni siquiera como sirviente de su casa de campo de Antímano.

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