UNA EQUIVOCACIÓN DE FERNANDO MIRES
Por Eduardo Casanova

Mucho es lo que los venezolanos tenemos que agradecer a Fernando Mires, un intelectual chileno de mucha valía radicado desde hace mucho tiempo en Alemania. Muchas verdades ha dicho y en general ha analizado con mucha sensatez la realidad venezolana. Pero hace unos días, en un texto llamado “La verdad y la mentira en la política” creo que, aunque dice también muchas verdades, en el párrafo final podría haber cometido una equivocación sobre la cual es bueno hablar, o aclarar los hechos. Dice: “Las alternativas que tendrán los gobiernos que sucedan a los autoritarismos populistas serán en consecuencia, muy claras: o retornan al periodo del exclusivismo patronal de origen decimonónico, o se sirven de los movimientos de masas para crear otras formas autoritarias y dictatoriales de dominación política, o –y esta sería la nueva tarea histórica –asumen la responsabilidad de colaborar en la creación de formas de participación ciudadana, ampliando los espacios democráticos aunque sea al precio de recurrir cada cierto tiempo a recursos de inspiración, si no populistas, por lo menos populares”. Habla de “exclusivismo patronal de origen decimonónico”, que es algo que desapareció en Venezuela mucho antes del chavismo. A partir del 18 de octubre de 1945, es decir, del golpe militar que tumbó a Isaías Medina Angarita y dio inicio al llamado “Trienio adeco”, ese “exclusivismo patronal” fue abolido en Venezuela y más nunca encontró forma de volver, ni siquiera durante la dictadura militar que gobernó entre 1948 y 1958. Los militares que gobernaron durante ese período no se atrevieron a echar atrás el reloj y si bien persiguieron a los sindicalistas de Acción Democrática, por razones políticas, y aceptaron más de un caso de corrupción y más de un sindicalista que se vendía a los patronos, como el padre de los tristemente célebres Escarrá chavistas, en general no tuvieron más remedio que resignarse a que los trabajadores tenían una fuerza que les garantizaba derechos. Y ese proceso se inició en Venezuela nada menos que en 1811, cuando el país se convirtió en el primero en independizarse de España. La Guerra de Independencia que empezó entonces se llevó por delante a la aristocracia criolla, el “mantuanaje”, que virtualmente desapareció del panorama. Ese proceso fue único en nuestra América. En Venezuela no quedaron aristócratas de ninguna especie, y se impuso una movilidad social que ningún otro país latinoamericano ha tenido. Ese proceso se hizo más fuerte con la Guerra Federal, y mucho más con el advenimiento de la llamada hegemonía andina y, sobre todo, con la aparición del petróleo, que entregó el poder a dos grupos: la burocracia y una plutocracia que dependía más del éxito económico que de la herencia. Los diez años siguientes a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez (1935–1945) fueron decisivos en ese proceso, pues la transición hacia la democracia llevó a los gobiernos de López Contreras y Medina Angarita a aceptar, por razones netamente políticas, el crecimiento de la fuerza de los trabajadores y sus sindicatos como algo necesario e importante. El advenimiento al poder de Acción Democrática, un partido socialdemócrata de masas, conducido fundamentalmente por jóvenes políticos e intelectuales de clase media, implicó en lo político la inclusión de toda la población como no se ha visto en ningún otro país del continente, y en lo económico la eliminación de todo privilegio patronal, como tampoco se ha visto en ningún otro país de nuestra América. La movilidad social aumentó en forma determinante, y la dictadura de diez años (1948–1958) que gobernó el país tampoco se atrevió a ir contra esa corriente. Si se estudia el origen social de los dirigentes de esa dictadura, se verá que es el mismo de los de la democracia que vivió el país durante los cuarenta años siguientes (1959–1999), en los que es absurdo hablar de “exclusivismo patronal de origen decimonónico”, porque no lo hubo. Es más, una de las características fundamentales de ese período fue la debilidad patronal, a la que muchos atribuyen la causa del retroceso que el país empezó a sufrir en 1999. Es cierto que el país no supo derrotar la pobreza, pero en buena parte ese fracaso se debió a que se importaba pobreza de los países vecinos, que veían en Venezuela una posibilidad de conseguir riquezas. También es cierto que mucha gente irresponsable prefirió llevarse sus nada notables riquezas a los Estados Unidos, y eso, sumado a la exportación hormiga de divisas que hacían los inmigrantes no calificados para sus familias en sus países de origen, y a la inevitable explotación de nuestra riqueza capitaneada por los capitalistas extranjeros, descosió en buena parte la economía del país. Pero Hugo Chávez, un militarcito fascistoide, resentido, populista y falso, mintió deliberadamente, falseó la realidad del país y engañó a mucha gente, en especial a los que no conocen bien a Venezuela. Casi todo lo que proclamó resultó falso, y si hablaba de inclusión se dedicaba a la exclusión, y si hablaba de anti-imperialismo aceptaba servilmente las imposiciones del imperialismo más brutal. Etcétera. Y, curiosamente, uno de los elementos que el chavismo ha tratado de imponer en Venezuela es el exclusivismo patronal decimonónico, que se materializa en la eliminación de los sindicatos y el debilitamiento del movimiento sindical por razones sectarias. Por eso es bueno aclarar que el caso de Venezuela no puede ser parangonado al de otros países de nuestra América. No se puede comparar el peronismo con el chavismo, por ejemplo. El peronismo nació como una necesidad ante la fuerza de una aristocracia terrible e intransigente. No fue la mejor respuesta, pero se entiende. Le ha hecho un gran daño al pueblo argentino, pero también la aristocracia se lo hacía. El caso de Venezuela es radicalmente distinto. El populismo chavista no puede explicarse ni mucho menos justificarse, fue un retroceso de más de un siglo, y por eso pudo, como dicen muchos extranjeros, arruinar al país más rico de nuestra América. Cuando salgamos de esa pesadilla no hay que perder el tiempo en luchar contra un “exclusivismo patronal de origen decimonónico” que no existe, y más bien esa lucha falsa puede hacernos también mucho daño y conducirnos por caminos muy errados. Lo que hay que hacer es dejar de lado los disparates del chavismo, del “socialismo del siglo XXI” y volver –eso sí, con más cuidado y menos descuido– al camino por donde íbamos, que puede que no fuera perfecto, pero era el mejor. Porque esas “formas de participación ciudadana, ampliando los espacios democráticos aunque sea al precio de recurrir cada cierto tiempo a recursos de inspiración, si no populistas, por lo menos populares” ya existían en Venezuela, y uno de los peores aspectos del populismo venezolano, del chavismo, ha sido su destrucción. En pocas palabras, digo casi lo mismo que Mires, pero no lo mismo, porque hay que matizar, no por lo que se piense afuera, sino por lo que hay que vivir adentro.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.