De cuando fue elegido para participar en los juegos del hambre

Imagen original: revista People; el pésimo trabajo de Photoshop: yo.


Voy a golpear a esta analogía en la cara de entrada: asistir al colegio es básicamente como jugar los Hunger Games.

Niños y niñas puestos juntos, sin que les den opción de elegir con quién, a competir en una battle royale por sobrevivir en un lugar hostil, controlado por autoridades con poder, leyes rígidas y sin compasión. Realmente es un “uno contra todos” y al final sólo uno sobrevive.

Si, la gente hace grupos y alianzas pero estos existen hasta que alguien tiene que elegir entre besar o no a una niña linda que resulta le gusta a tu amigo.

La debilidad en estos juegos era básicamente ser distinto, desde pensar diferente hasta verte diferente. Hay que elegir entre hacer las cosas que todos hacen, como todos las hacen, para pasar desapercibido o en el mejor de los casos, encajar.

Ya saben hacia dónde voy con esto: no la pasé bien en el colegio.

Desarrollé hasta bien entrada la adolescencia, era gordo, ocupada lentes, tenía frenos y no cambié las caricaturas y video juegos por los deportes y las niñas. Eventualmente desarrollé y tuve una estatura decente, perdí un poco de peso pero no estaba interesado en socializar con mis compañeros ni fingir ser alguien que no era para que las niñas me hicieran caso.

Disfrutaba el colegio a mi manera con los pocos amigos que tenía, que eran básicamente mi primo. En un momento me convertí en “un punk” y no sólo escuchaba música punk-rock, sino que comencé tocar, cantar y a vivir punk-rock. Me dejé crecer el pelo. Mientras lo peinara a los profesores no les importaba. Pero a mis compañeros sí.

Un año antes de graduarme la situación era tan precaria que no sólo tuve que aguantar insultos, apodos y críticas sobre mi sexualidad sino que el maltrato escaló: una tarde mi grupo de bullies personal decidió que era bueno masticar papel, hacerlo bolitas y tirarlo con los lapiceros cual cerbatanas, el juego: ver qué tantos de estos dardos ensalivados se pegaban a mi pelo.

Como no dejé mostrar mi molestia ante este acto de burla ellos decidieron elevar la apuesta y comenzaron a tirar saliva a mi cabello y espalda. Realmente el cliché es cierto, que te escupan es altamente denigrante.

En un momento de enojo quise reclamar, me volteé para pedir al compañero que se sentaba detrás que se detuvieran y en mi arrebato rosé su cara… lo vieron como declaración de guerra. Al sonar el timbre de salida él se levantó y me pegó un puñetazo en la cara mientras yo todavía estaba sentado.

Era una pelea de cuatro contra uno. Tenía todo derecho de enojarme y retarlos pero claramente el castigado era yo por creer que podía ser diferente… Frustrado los traté de insultar y de no lucir intimidado pero finalmente tuve que huir del conflicto porque el único resultado era yo siendo golpeado por 4 personas.

Realmente fue uno de los peores días de mi vida y desgraciadamente no el único. Lloré lágrimas de frustración, pensé lo peor y quería darme por vencido… pero no lo hice. Descubrí que el colegio puede ser un lugar cruel, las personas pueden ser egoístas, pero la verdad mas importante que descubrí fue que realmente así es el mundo. Así es la vida.

Como dijo Rocky Balboa en su momento:

“La vida no se trata de qué tan fuerte puedes golpear. La vida se trata sobre qué tantos golpes puedes recibir de ella y levantarte para seguir luchando.”

Es completamente cierto. El colegio es una prueba de temple, de cómo dejarás que las situaciones te afecten. Una prueba de carácter para ver a qué precio comprometes las cosas y personas que quieres. La vida como joven adulto es la puesta en práctica de esto.

Quizás pienso mucho las cosas. Pero aunque no la pasé bien cuando iba al colegio, sí recuerdo con cariño y felicidad mis años de adolescente porque formé carácter, aprendí a perseverar y mas importante, que las cosas que en el presente parecen malas e insuperables no son tan malas a medida esas situaciones comienzan a quedar en el pasado.

Después de todo, nunca llueve para siempre.