Un recuerdo de mi amigo Fernando Múgica: “Es mágico que esté todo por hacer”

eduardosuarez
May 12, 2016 · 5 min read

Le vi por última vez una tarde de febrero de 2015. Apenas llevábamos unos meses en la redacción de El Español cuando entró con la Leica colgada al cuello y esa sonrisa luminosa capaz de derretir un iceberg. Entonces éramos cuatro pero Fernando se ofreció a hacer una sección donde publicaría cada día una fotografía de su archivo personal.

–Quieres decir una imagen con un pequeño pie de foto…

–¿Pie de foto? ¡Pero qué dices! Eso es no entender nada.

Fernando llevaba unos años viviendo en Pamplona y estaba pensando en mudarse a Madrid a partir del verano. Me hizo un retrato con María, me enseñó alguno de sus dibujos y me habló de una foto de los reyes que le iban a publicar en Vanity Fair. Unos días después, nos cruzamos varios correos sobre su propuesta y le dije que Pedro J. prefería esperar al otoño. “Lo comprendo”, respondió enigmático. “Te diré que tengo alguna exclusiva. Pero yo también prefiero guardar esos cartuchos para cuando el fuego sea real”.

A Fernando le gustaba adornarse y dejarte con la intriga. Amagó varias veces con escribir una novela de espías y sus últimos correos los firmaba con el nombre de un personaje de El Topo: Jim Prideaux.

A menudo decía que era disléxico y que los fotógrafos como él no eran capaces de encadenar razonamientos abstractos. Pero aun así Pedro J. se empeñó en enviarle a la sección de Opinión en torno a 2003. No había un puesto menos apropiado para un reportero. Pero Fernando encajó el golpe con humor. Se compró un ficus y una pecera, colocó en la mesa un Tintín de escayola y se sentó cada tarde a escribir editoriales sobre Alemania, el precio de la energía o la invasión de Irak.

Cuando llegó, yo trabajaba en la sección de Opinión de El Mundo desde hacía unos años. Escribía obituarios, editaba a los columnistas y seleccionaba cada día las mejores cartas al director. Al principio fue un trabajo interesante. Pero con el tiempo yo también me sentí atrapado en un empleo demasiado monótono para una persona de mi edad. Quizá por eso conecté con aquel viejo reportero que echaba de menos los hoteles de paso y las buenas historias y se quitaba el mono de la fotografía haciendo retratos furtivos en la redacción.

Fernando era un pozo inagotable de anécdotas. Le gustaba enseñar su colección de Life y hablar de su fotógrafo favorito David Douglas Duncan, el hombre que retrató a Picasso y se empotró con los marines para documentar la Guerra de Corea en unas fotos que reunió en el libro This is war!.

Muchos en la redacción le dieron la espalda cuando empezó a investigar las negligencias policiales durante la investigación del 11M. Sus historias tuvieron un gran impacto y llegó a escribir un libro sobre uno de los cabos sueltos de la masacre. Otros usaron aquellas incógnitas para retorcer la verdad al servicio de intereses espurios. A Fernando nunca le movió otro objetivo que conocer toda la verdad.

Las puñaladas de los colegas nunca dejaron en él un rastro de cinismo. Los fotógrafos del periódico lo veneraban como una leyenda y los jóvenes reporteros venían a verle en busca de consejos o complicidad. Le recuerdo hablando con Julio Anguita Parrado unos días antes de partir rumbo a una guerra de la que no regresaría y acompañando a Mónica a llorar la muerte de Julio Fuentes camino de Kabul.

Fernando fue testigo de la caída de Saigón y a menudo jugó con la mística del corresponsal de guerra. Pero solía decir que un reportero de verdad es capaz de sumergirse en las buenas historias sin importar el protagonista, el asunto o el lugar. Así lo hizo él en El Aaiún o Sarajevo pero también haciendo fotos en el Bernabéu o conversando con Trinidad Jiménez cuando era candidata al Ayuntamiento de Madrid.

Disfrutaba tocando la batería y le habría gustado tocar la trompeta como Chet Baker. Escuchaba a Bach porque sus cantatas le recordaban a su padre, que había sido tenor en el orfeón pamplonés.

Al dejar el periódico, le esperaban unos años difíciles. Regresó a Pamplona, hizo alguna exposición y se trajo de Roma unas fotos alucinantes del último cónclave. “He vuelto a la religión”, me dijo un día en un rincón del Vips.

Fernando volvió a los orígenes y empezó a dibujar viñetas de trazo ingenuo como ésta que me envió en uno de sus últimos mensajes. De vez en cuando me escribía estos correos: “Me ha costado unos cuantos meses/años encontrar tu mail. Sólo me faltaba por lo visto un punto en algún lado. ¿Estáis en Madrid? Necesito veros. Abrazos y besos. PD: Lo mejor siempre está por llegar”.

Nunca abandonó del todo sus pesquisas y tenía la esperanza de volver a ejercer como reportero en El Español. Pero llegó el otoño y ya no pudo hacerlo. El cáncer se nos adelantó.

En diciembre de 2014, cuando el periódico ni siquiera tenía nombre, estuvimos comiendo en una pizzería de la calle Serrano. Fernando preguntó preocupado si Inda estaba en el proyecto, se despachó contra varios políticos y preguntó si podía ser rentable un medio digital.

Unos días después, me envió por WhatsApp una foto disfrazado de rey Melchor en la cabalgata de Pamplona y me escribió un mensaje que todavía tengo en el teléfono: “Feliz Navidad, chicos. ¿Ya tenéis fotógrafo de deportes? El 2015 es nuestro año. Es mágico que esté todo por hacer”.

eduardosuarez

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Fellow at @risj_oxford. Co-founder of @politibot & @elespanolcom.Bylines at @niemanreports @univision @el_pais. @elmundoes alumni.Winner of García Márquez Prize

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