“No basta escribir sólo de oídas”

Tom Wolfe habla sobre sus inicios en el periodismo y explica por qué es mejor ser reportero que director

Tom Wolfe durante un evento en diciembre de 2016. / CHRISSY HUNT

Con motivo de la muerte de Tom Wolfe, reproduzco aquí la entrevista que le hice en su apartamento de Nueva York. Acababa de publicar una novela sobre Miami. El texto publicó en la edición impresa de ‘El Mundo’ el 17 de octubre de 2013.


Esperar durante unos minutos en el salón de Tom Wolfe es una oportunidad de oro para cualquier mitómano. Le permite a uno sentarse en uno de los tres sofás amarillos y escudriñar el entorno. Dickens, Churchill o Balzac asoman entre las estanterías y dos monos de bronce con una vela en cada mano saludan al intruso este mismo martes sobre una chimenea impoluta pero lista para arder.

Adornan las paredes dos portadas de una revista satírica alemana y por las ventanas se cuela el sol de otoño que ilumina las copas de los árboles de Central Park. La panorámica está atenuada por el blanco de las contraventanas y por la presencia de un piano sobre el cual se distingue una foto del autor de La hoguera de las vanidades y algunas otras de sus dos hijos: ella periodista, él escultor. El éxito de sus novelas ha propulsado a Wolfe hasta este lujoso edificio del Upper East Side. Pero no ha limado sus modales sureños ni su incorregible timidez.

Tampoco ha oscurecido el tono estridente de sus calcetines o el color crema de sus trajes, que compra desde hace décadas en el mismo sastre. El escritor se presenta con un apretón de manos y se disculpa por haber hecho esperar a su interlocutor. Algo encorvado y debilitado por las secuelas del infarto, camina muy despacio y enseguida se hunde en el sofá. No lleva reloj en la muñeca pero sí unos zapatos bicolores y un pañuelo blanco con bordes azules en el bolsillo de la chaqueta. Está claro por qué no ha llegado antes: tenía que disfrazarse de Tom Wolfe.

Está a punto de publicar en español su última novela Bloody Miami (Anagrama). ¿Hubo algo que le llevara a esa ciudad?

El asunto que me atrajo fue la inmigración. Se ha escrito mucho sobre cómo llegan los inmigrantes. Pero muy poco sobre cómo es la vida aquí después de llegar. Miami es la única ciudad del mundo donde una comunidad de inmigrantes que habla otro idioma se ha hecho con el control de todos los resortes a través de las urnas y en una sola generación.

¿Hubo algo que le sorprendiera de Miami?

Muchas cosas. Me fascinó ver al detalle el control que los cubanos ejercen sobre la ciudad. Los más jóvenes no piensan como sus padres. Pero los anticastristas siguen controlando los resortes que de verdad importan y ponen un empeño especial en distinguirse de los anglosajones, cuyo poder es cada vez menor.

Usted investiga a fondo el entorno en el que se desarrollan sus novelas. ¿Le costó mucho esta vez?

No tanto. Mi método siempre es el mismo: intentar encontrar una persona que ejerza de lazarillo y me ayude a conocer la ciudad. Esta vez mi lazarillo fue Óscar Coral: un tipo que trabaja para el Miami Herald y que me presentó a gente que me ayudó a conocer las casitas de los cubanos de Hialeah. Aquello me gustó mucho más que los sitios de horteras de South Beach. ¿Usted sabe que hay una regata que se ha convertido en una bacanal en la que proyectan pornografía en las cubiertas de los barcos? De esas cosas me enteré hablando con gente.

¿Y por qué hizo una novela y no un reportaje?

Me habría encantado. Sigo pensando que son mucho mejores los reportajes que las novelas americanas de la segunda mitad del siglo XX.

Usted trabajó como corresponsal del Washington Post en La Habana al año siguiente del triunfo de la revolución.

Así es, e incluso entonces muchos cubanos ya querían emigrar. Allí en seguida se olieron lo que vendría después. Aquí no. Aquí las elites progresistas creyeron que Fidel Castro era una especie de clon de José Martí o de Emiliano Zapata. En Nueva York no dejaban de jalearlo porque era joven y guapo.

¿Por qué le enviaron a usted a Cuba?

El Washington Post sólo tenía un colaborador en la isla. Pero al ver que Castro se ponía duro pensaron que era necesario enviar un corresponsal de plantilla. Mis colegas del Capitolio se inventaron excusas para no ir y mis jefes se acordaron de que yo había estudiado cuatro años de español en Yale. Lo que no sabían era que podía leer El Quijote pero no era capaz de conversar.

Usted no se lo dijo.

Por supuesto que no. Tenía unas ganas horribles de irme. Era mucho mejor que cubrir los problemas de las licorerías del norte de Washington. Yo era el último mono de la sección local.

¿Y qué cosas escribió en Cuba?

De todo. Recuerdo que evitaba ir a las manifestaciones en limusina para no parecer demasiado capitalista. Pero mis colegas del Wall Street Journal no se cortaban y siempre estaban rodeados de chicas en la piscina del Hilton.

¿Tuvo problemas con el régimen?

Algunos. Todos teníamos un colega que nos llamaba de vez en cuando para saber que estábamos bien. El mío era un periodista del Daily Express al que habían enviado a la isla para investigar la vida sexual de Fidel Castro. El tipo era un chalado y en seguida le delataron. Luego los policías vinieron a mi habitación. Tres tipos que no tendrían más de 19 años. Lo fascinante es que mientras uno me interrogaba los otros dos empezaron a jugar con el bidet. ¡No habían visto uno en su vida!

Pero no le expulsaron.

No. Aunque era consciente de que me seguían allá donde iba.

¿Recuerda su primer periódico?

Por supuesto. En aquella ciudad de Massachusetts había dos periódicos y por desgracia ambos tenían el mismo propietario. El matutino era republicano y el vespertino demócrata. Yo empecé escribiendo obituarios en el matutino, que se llamaba Springfield Union. No porque fuera republicano sino porque me permitía llegar al periódico a partir de las dos de la tarde y recorrer por las mañanas la escena del último crimen.

¿No le habría gustado dirigir un periódico?

No. Muy pocos directores llegan a brillar y nadie entiende muy bien qué narices hacen. El peor oficio en una redacción es el de corrector. En mi época solíamos decir que tenían todos la coronilla calva por las luces fluorescentes de la redacción. Yo he conocido muchos jefes que han optado por volver a ser reporteros perdiendo dinero con tal de pasárselo bien.

Cuba fue el trampolín para llegar a Nueva York.

Lo fue. Yo siempre quise venir a Nueva York. Entre otras cosas porque aquí sí que había competencia. Entonces había siete diarios serios y tres tabloides y muchas revistas de calidad. Ahora sólo queda un periódico de verdad y luego eso que llaman la blogosfera.

A usted no le gusta.

Nada. Ningún blog cubre una ciudad o un país como lo hace un buen periódico. Muchos periodistas jóvenes no salen a la calle. Es algo que no me entra en la cabeza. ¿Cómo puede escribir alguien una línea sobre nada sin salir a la calle a preguntar? El mundo está lleno de cosas salvajes que contar. En parte porque hay mucho analfabeto con dinero. Pero contarlas requiere hablar con sus protagonistas. No basta con escribir de oídas.

¿Habría sido tan buen periodista si no hubiera venido a Nueva York?

Lo dudo. Mi idea romántica del periodismo era Chicago en los años 20 e intento conservar esa idea romántica a pesar de todo. Hoy por desgracia todo ha cambiado. Los diarios de Estados Unidos son monopolios locales y tienen redacciones menguantes. Jeff Bezos acaba de comprar el Washington Post y no parece un revolucionario. Pero mi impresión es que tarde o temprano lo convertirá en un diario digital.

¿Qué periódicos lee?

Cada mañana leo en papel el New York Times y el New York Post. El primero para saber qué pasa y el segundo para divertirme.

¿Algo que le gustaría encontrar y que no encuentra?

El New York Times lo cubre todo y publican historias que uno no puede encontrar en ningún otro sitio. Y tiene mérito que yo lo diga porque solía ponerles a parir cuando trabajaba en el Herald.

¿Por qué?

Supongo que entonces eran el enemigo y mi periódico era un diario con muchos problemas económicos. Lo cual tampoco estaba mal porque te dejaban probar casi cualquier cosa. Así nació el nuevo periodismo. No hay nada mejor para un reportero que un periódico en crisis.

¿Alguien de quien aprendiera entonces?

De Jimmy Breslin. Escribía una columna cinco días a la semana pero no la usaba para pontificar. Lo que hacía era ir a ver al jefe de la sección local y preguntar qué historia podía cubrir y era él quien la cubría en su columna. Lo que hacen otros columnistas no vale un centavo. ¿Quiénes son esos tipos y cuánto vale su opinión? No los soporto. Eso no es periodismo. Es otra cosa.

Usted se identifica con el joven reportero que aparece en su nuevo libro.

Claro que sí. Hay muchas cosas mías en ese John Smith. Yo tampoco me he sentido nunca cómodo rodeado de extraños. Hay periodistas a quienes no les cuesta nada abordar a gente que no conocen. A mí sí. Lo que hago es quedarme por allí hasta que alguien me echa. Pero es increíble la cantidad de cosas que un extraño está dispuesto a contar.

Usted suele decir que lo mejor para un reportero es actuar como si fuera un tipo recién llegado de Marte. ¿Le sigue funcionando?

Siempre. Uno siempre tiene que asumir que no sabe lo que pasa en ninguna parte. Me encanta que me sorprenda la realidad.

Muchos le reprochan sus ideas conservadoras.

Me importa un bledo. Es imposible encontrar un sesgo ideológico en nada de lo que he escrito. Algún colega dijo que el artículo que escribí sobre los Panteras Negras en el dúplex de Leonard Bernstein era propaganda conservadora. ¡Pero si es una historia alucinante!

Usted admitió que votó por George W. Bush antes de las elecciones de 2004.

Un periodista me dijo que habían visto al presidente con mi libro Todo un hombre y le dije que eso quería decir que su gusto literario era inmejorable y que le había votado. ¡Dios santo! Las repercusiones de esa frase fueron inimaginables. Mis colegas empezaron a mirarme como a un leproso y muchos me lo siguen recordando todavía hoy.

Usted no sólo ha votado por republicanos.

Qué va. Me crié en los años en los que Franklin D. Roosevelt era una especie de semidiós y casi siempre he votado por el candidato ganador. Incluso por mi paisano sureño Jimmy Carter. Nunca me ha importado demasiado la ideología.

Su presidente favorito sigue siendo Reagan.

Sí. Una vez le escuché a Kissinger que si uno pasaba 30 minutos con Reagan sentía pánico al saber que el futuro del mundo libre estaba en sus manos. Reagan siempre irritó mucho a los intelectuales, que lo trataban como si fuera un imbécil como hicieron con Bush y con Eisenhower. Pero fue el mejor presidente que he conocido nunca y terminó con la Guerra Fría sin un solo disparo.

¿Y Obama?

Algunos se quejan de que apenas ha hecho nada en el mundo. Pero a veces hacer nada es mejor que hacer lo que no debes. Mire lo que le ocurrió a Bush en Irak.

Algunos siguen diciendo que sus novelas no son literatura.

Si no puedes convencer a tu público de que eres superior, es que no eres alguien. Eso le ocurre a muchos escritores y no lo soporto. A la gente le gustan ahora las novelas de Stephen King y de Harry Potter. No entiendo por qué inventarse algo así. La realidad es estrambótica y uno ni siquiera se la tiene que inventar.

¿Cuándo pensó por primera vez en ser periodista?

Mi padre solía editar una revista agrícola. Garabateaba los artículos a mano y unos días después llegaba a casa aquella publicación recién impresa. Recuerdo que solía mirar aquellas letras brillantes y afiladas en blanco y negro. Así empecé a plantearme la posibilidad de ser escritor. Yo nunca quise ser periodista porque el periodismo no era el camino hacia la gloria. Pero al graduarme en Yale sólo tenía dos opciones: dar clases o empezar a escribir en un periódico. Así empecé.

Supongo que aquello no le gustó nada a su padre.

Imagine usted. Decirle que lo tiraba todo a la basura para escribir obituarios en este periódico de provincias. Me costó tres días encontrar la forma pero fue muy comprensivo. Me dijo que estaba seguro de que sería un gran periodista.

He leído que vuelve al reportaje en su nuevo libro.

Así es. Es una historia de la teoría de la evolución desde el siglo XIX hasta nuestros días. Los darwinistas son una especie de nueva inquisición. A cualquier académico que cuestione sus tesis lo expulsan de su cátedra o lo ridiculizan. No entiendo esa reacción y tampoco que gente como Richard Dawkins vaya proclamando su ateísmo a los cuatro vientos. Hace falta ser inmaduro para hacer eso. Yo me crié en una familia presbiteriana. Pero nunca me dio por ir por ahí anunciándolo. Agnóstico me parece una palabra mejor que ateo. ¿Quién sabe lo que hay ahí fuera?