Soy ateo. Muy ateo. Ateo de los que tiene que pensarse las frases dos veces para no ser dañino en una conversación. Y aún así a veces…

No ateo de los que creen en otras fuerzas, o energías, o qué se yo, gaia. Ateo de los que piensan que cuando todo se apaga, se acabó.

Y sin embargo me encuentro de nuevo, antes de un partido del madrid, o una conversación con la familia, levantando mi jarra de cerveza hacia el cielo. Hacia las estrellas. Hacia Miguel Ángel.

Quizá porque Nadia sigue diciendo que el Abu la mira desde allí.

Y es que Miguel Ángel era especial. Claro, como todos los que mueren y te dejan pensando que igual no le había llegado su hora, ¿no?. Que el puto cancer ya se podía haber llevado a otro.

Pero no. Era especial de verdad. En serio.

Miguel Ángel era mi suegro, y como un suegro clásico era su presencia. Noble, serio, honrado, señor… navarro, muy navarro. De los que creen en el valor de la palabra. De los pocos que quedaban.

Tallo alto, barba cerrada y voz grave. Esa voz inconfundible que la maldita enfermedad comenzó a truncar muy pronto. Con tantos y tantos viajes y experiencias en su vida, que prometía ser ese abuelo sabio que le llena una tarde lluviosa a las nietas y aún quieren más.

Todo aquél que le conoció le adoraba. Y esas tres mujeres que le rodeaban y que cada dos por tres le provocaban soltar un sonoro bufido, las que más.

Porque era especial.

No como ese tipo que encandila con suaves palabras o tiene el gracejo andaluz contando chistes.

Era especial porque escuchaba. Escuchaba de verdad. Y siempre tenía esa palabra sabia de quien te está comprendiendo.

Era especial porque tenía siempre el gesto amable, el momento generoso, ya sea para acudir a Madrid a diario a cuidar a su tía enferma o a levantarse a hurtadillas en cada reunión familiar para pagar siempre la cuenta.

Te fuiste pronto Miguel. Sin ver cómo tu Madrid ganaba la décima, cómo Sofía subía al primer puesto del cajón a por su medalla de nadadora, o comenzaba gimnasia para intentar seguir los pasos de tu hija Ana.

Te fuiste sin ver cómo Nadia va comiendo mejor, con la de paciencia que le has echado.

Te fuiste sin ver ese chalet que por fin hemos comprado y del que tanto hablamos tú y yo a veces.

Y sobre todo te fuíste sin conocer a tu nueva Nieta, Daniela. ¡Cuánto hubieras disfrutado con esos mofletes! Me hubiera encantado escuchar el mote que le pondrías, o tu cara al verla comer como tú a su edad.

Pero no te has ido del todo.

Estás en estas cervezas delante del televisor, en las celebraciones de Ronaldo y en la pena por la marcha de Casillas.

Estás en en las vacaciones en la playa, en cada comida familiar, y en ese irse a hurtadillas a invitar a todos, que ahora te he tomado yo prestado.

Estás con mi familia cuando nos juntamos todos, en ese cocido de mi madre que tanto te gustaba, y en cada reunión en Coto, y en cada mus con pacharán.

Estás en tus nietas. En su nobleza y en su altura, y en la rectitud y continuo sacrificio de tu hija Elena. Una heroína que tú formaste y el destino tuvo a bien poner a mi lado.

Así que continuaré siendo ateo (como tú siempre respetaste) pero continuaré irremisiblemente tomándome estas cervezas contigo.

Va por ti, maestro.

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