Reseña “El Espíritu de la Ilustración” de T. Todorov

A continuación podréis leer esta reseña que escribí en Octubre 2016 para mi clase de Historia de la Filosofía. La obra reseñada es esta: http://bit.ly/2g4pdG0

“El Espíritu de la Ilustración” es una obra del historiador, filólogo y filósofo búlgaro-francés Tzvetan Todorov, publicado en el año 2008. Esta obra analiza en calidad de ensayo el impacto que tuvo el espíritu Ilustrado en Europa, a partir del Siglo XVII, y cómo ello ha afectado el pensamiento y visión contemporáneas del mundo occidental actual. Para ello, el autor se vale de varias vertientes ilustradas que analiza a lo largo del libro, correspondientes a cada uno de los capítulos: el proyecto ilustrado, rechazos y desvíos, autonomía, laicisismo, etc. Entre todas ellas, Todorov pretende realizar un dibujo global en la mente del lector, de lo que fue la Ilustración y de lo que supuso, de tal manera que comprendamos el pensamiento de la actualidad a través del análisis de cada una de sus vertientes. De hecho, la obra abre de la siguiente manera: “Tras la muerte de Dios, tras el desmoronamiento de las utopías, ¿sobre qué base intelectual y moral queremos construir nuestra vida en común?” Todorov encuentra el germen de su respuesta en el espíritu ilustrado, siendo ello un conjunto de ideas que marcaron el pasado y, por tanto, el presente de nuestra sociedad.

Durante su vida, Todorov nació en Bulgaria, residió en Francia donde mostró un interés por la filología y posteriormente impartió clase en Estados Unidos. Ello le brindó la oportunidad de percibir un multiculturalismo que lo llevó a cuestionarse sobre el ser humano y le aportó una nueva mirada con respecto a ciertas sociedades, especialmente la comparación entre la Europa del Este y del Oeste. Se interesó por la cultura y por la moral social: en definitiva por la comprensión de la humanidad. Uno de sus trabajos más importantes es “La vida en común” donde “propone el desarrollo de una antropología general” a través de una gran variedad de disciplinas (filosofía, psicología, sociología, etc.) Es por ello que no nos debe sorprender que este enfoque introspectivo se haya replicado en la obra “El Espíritu de la Ilustración,” a través del análisis por separado que realiza en cada uno de los capítulos, como ya he previamente comentado. Es realmente interesante el paralelismo que realiza Todorov en algunos puntos de la obra, por ejemplo en el momento en que relaciona la ideología totalitarista como una degenración del pensamiento ilustrado. No sólo con la época de la Ilustración, sino que la obra de Todorov es muy completa en tanto a que encontramos escritos inspirados en periodos o personajes históricos como “Benjamin Constant, la pasión democrática,” “Las morales de la historia” o “El jardín imperfecto: luces y sombras del pensamiento humanista,” entre muchos otros títulos de su extensa obra.

Todorov arranca la obra con una exposición sobre qué es el espíritu ilustrado, subrayando sus principales ideas que le darán pie a su exploración durante el resto de la obra: la emancipación del individuo (o autonomía, en la que indaga en el capítulo 3), la distinción entre el poder espiritual y el poder temporal (laicisismo, capítulo 4), el choque constante de opiniones entre individuos y pueblos, con la liberación de la mente de los individuos, que llevó a la ilustración a reflejarse en degeneraciones (rechazos y desvíos, capítulo 2), o el papel que juega el valor de la verdad en nuestras vidas (capítulo 5). La tesis de Todorov radica en que el pensamiento ilustrado ha sido arrastrado hasta nuestros días y ha dado forma a la sociedad que conocemos. A pesar de que intuitivamente parezca una tesis coherente y justificable, a continuación me serviré de la relación que realiza el autor entre la contemporaneidad y los ideales Ilustrados, tomando como referencia concreta la relación entre los totalitarismos y las ideas del Siglo XVIII en que indaga Todorov en cada capítulo para refutar su tesis.

Tras lo que ha de considerarse un primer capítulo expositivo e introductorio, el autor continúa en un segundo capítulo a evaluar los desvíos, también llamadas degeneraciones, de la Ilustración. La tesis del autor sostiene que los valores que erigieron los individuos que habitaron en el siglo XVII tenían unas intenciones marcadas: la finalidad de encontrar la verdad a través del empirismo y la observación del mundo como base para obtener conocimiento en todas las materias y poder, en función de estas conclusiones, orientar nuestra acción. De esta manera, como por ejemplo defendía Descartes la medicina pasaría a ser basada de ideas supersticiosas aristotélicas respaldadas por la Iglesia (y por ende, la fe), a estar respaldada por el efecto causa-consecuencia con respecto al mundo: se acabaría con los actos de desangrar a pacientes moribundos con objetivo de purificar su alma, y se sustituiría por remedios testeados empíricamente. Esto no sólo sucedió en un plano científico, sino también moral.

Si bien la intención de buscar una justificación del conocimiento en el mundo y no en una creencia impuesta parece coherente (a menos en nuestra sociedad actual, influida por el pensamiento ilustrado), ello puede derivar, como expresa Todorov, en degeneraciones de dicha intención bondadosa. Para ello, valores como el de la búsqueda de la verdad pueden ser utilizados para fines perversos, como puede ser el del colonialismo (con justificación en que la etnia superior tiene el derecho de colonizar a la inferior como promotora de la verdad y del progreso), el nacionalismo (la degeneración de llevar al extremo sin imponer límites al valor de la soberanía nacional) o los totalitarismos (superioridad de una etnia considerada la más perfecta por encima del resto). Es la última degeneración ilustrada, la degeneración en los totalitarismos, la que merece, en mi opinión, mayor atención por la sorpresa que me ha causado y por el desarrollo que le ha otorgado Todorov en la obra.

Todorov es el primer autor que conozco que relaciona las ideas ilustradas con las ideas totalitarias de una forma tan evidente: cómo las ideas que construyeron la Europa que conocemos, pudieron también destruirla. El argumento de Todorov expone que con las ideas ilustradas, el ser humano ya no necesita a Dios para distinguir entre el bien y el mal, puesto que el conocimiento lo dota de clarividencia para tomar tales decisiones. Es el propio individuo, y no un ente abstracto, quien decide sobre su propia moral y conciencia. Al hacerlo, y considerarse competente para ello, un grupo de individuos que compartan este pensamiento y lo estimen como verdadero, “no dudarán en eliminar o reducir a la esclavitud a partes importantes de la población mundial.” Es por ello que Todorov hace referencia a figuras que expresan la necesidad de encontrar a un Dios, como ente que nos ponga los pies en el suelo y que sea suficientemente fuerte y convincente como para hacer comprender al ser humano que nuestras capacidades son limitadas: nuestra conciencia no es garante de tener una certeza absoluta sobre los juicios morales que emitimos. Así, destaca por ejemplo al poeta T.S. Eliot: “el sometimiento puede ser o a Dios o Hitler o a Stalin” o del Papa Juan Pablo II: “Si el hombre por sí solo, sin Dios, puede determinar lo que es bueno y lo que es malo, entonces también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado.” No obstante encuentro una paradoja en el pensamiento de Juan Pablo II: nadie tiene el contacto directo de Dios, por tanto la fundamentación de las acciones como morales e inmorales en realidad sigue sin estar sostenida por un ente abstracto, sino por la interpretación humana de la voluntad divina. La diferencia en la concepción divina o religiosa entre el pensamiento ilustrado y el pre-ilustrado que defiende en esta cita de Juan Pablo II es que la interpretación de la voluntad de Dios, en el caso pre-ilustrado, proviene de un colectivo político eclesiástico sostenido por la Iglesia: un conjunto de personas que instaura un dogma, del cual se quisieron liberar los ilustrados. Por otro lado, el pensamiento ilustrado que mantuvo la fe en Dios, como ente abstracto, deja que sean los individuos quienes distinguiesen entre actos morales e inmorales en base a su interpretación personal de la voluntad divina. En cualquier caso, dicha interpretación no dejar de ser humana, primero impuesta por un colectivo al resto de individuos y segundo una autoimposición del individuo. Por ello me pareció realmente interesante la parte de la lectura de Shorto en que habla de las concepciones divinas en la post-ilustración desde el punto de vista de aquellos que necesitaban seguir creyendo en Dios para dar sentido a su vida como el ejemplo del panteísmo naturalista u otras corrientes similares, en las que no profundizaré en esta reseña.

Por otro lado he considerado importante evaluar otras percepciones acerca del surgimiento de los totalitarismos, que divergiese del de Todorov que lo achaca a las ideas ilustradas. Una de ellas, que estimo de relación con el espíritu ilustrado, proviene del filósofo Isaiah Berlin (no mencionado en la obra de Todorov), también conocido como el filósofo de la libertad (un valor altamente ilustrado, relacionado con la autonomía del individuo). Berlin da una explicación al germen totalitarista en la jerarquía que valores que escogen los individuos como sociedad. Para Berlin, no debería haber ningún valor absoluto, ni más importante que reine por encima de los demás, porque de haberlo regiríamos nuestra acción acorde con ello; y al ser superior al resto ningún sacrificio sería suficientemente grande como para defenderlo. Un ejemplo es el nacismo: el valor supremo a defender fue la pureza étnica, en base al cual se exterminó a una gran población de judíos. El genocidio, a primera instancia inmoral, se moraliza al defender la supremacía de un valor.

He aquí dos puntos de vista distintos sobre el surgimiento de los totalitarismos: la degeneración del pensamiento ilustrado por la vía de Todorov, como el negativo impacto de la supremacía de un valor de Berlin. A pesar de sus diferencias, incluso podrían considerarse que provienen de una misma raíz, ya que podríamos fundamentar que la elección de la defensa de un único valor por parte de un individuo como hace referencia Berlin, no se hubiera podido dar en un mundo pre-ilustrado (con la obediencia a Dios y la falta de autonomía y pensamiento crítico del individuo). Es decir, que la explicación de la proveniencia de los totalitarismos de Berlin pertenece, en sus axiomas, a un modo de pensamiento post-ilustrado. De todas maneras, desde mi intuición no acabo de estar de acuerdo con la tesis de Todorov. Bien es cierto que es coherente, está bien fundamentada y encontramos valores ilustrados en la justificación de los totalitarismos. Sin embargo, no por ello creo que sea una degeneración de la ilustración la responsable de que se dieran durante el siglo XX genocidios totalitaristas. Existe una teoría del comportamiento humano llamada “Disonancia cognitiva.” Esto quiere decir que cuando el ser humano no encuentra una relación entre su acción y su pensamiento, se encuentra en una situación de malestar. Acorde a dicha teoría, nuestro cerebro primero toma la decisión de ejecutar una acción, y es posteriormente que dicha acción es autojustificada por nuestra mente, de tal manera que antes de obrar sabemos que no vamos a sufrir efectos negativos d ela disonancia cognitiva. El cerebro trata pues, de justificar hechos inmorales para poder sobrellevar dicha disonancia cognitiva. En base a esta teoría sostengo que los totalitarismos se llevaron a cabo de igual manera: primero se buscó el objetivo totalitarista, y después se echó mano de valores socialmente aceptados que pudieran justificarlo. Primero se tomó la decisión de exterminar a los judíos, y luego se buscó una justificación. El hecho de que la historia nos hubiese regalado el pensamiento ilustrado, hizo que dichos valores aceptados socialmente supusieran una base idónea sobre la que fundamentar dichos actos. No por ello quiere decir esto que sean las ideas ilustradas las que empujaron a los hombres a cometer semejantes crímenes: en el caso de no haberse dado la revolución ilustrada, dichos genocidios y crímenes diversos se hubieran dado igualmente, pero se hubieran justificado de manera diferente, con valores que la sociedad en este momento histórico divergente hubiera considerado aceptables. Podemos encontrar un ejemplo en las cruzadas, donde los crímenes cometidos fueron similares, a una escala diferente (en función de lo que permitía la tecnología del momento). En este caso pre-ilustrado, la justificación de los crímenes no podía ser la liberación de los individuos o la colonización de razas inferiores para educarlas, pero sí lo fue la diferencia de fe. Es por ello que no comparto con Todorov el hecho de sostener que la ilustración puede tener degeneraciones, porque no creo (en base a lo argumentado) en las degeneraciones de las ideas, sino en las justificaciones de los actos con los valores que se tienen más a mano y que van a ser aceptados por la sociedad. A mi forma de ver, Todorov ha caído en una falacia de causalidad, porque el pensamiento ilustrado se mezcló con la ideología totalitarista.

Todorov vuelve a realizar un tratamiento de los totalitarismos en otro capítulo, en el capítulo 5 donde explora el ideal de la verdad y qué cabida ha tenido en nuestra sociedad partiendo desde la época ilustrada. Una idea que me resultó interesante fue al realizar una mención a la obra 1984 de George Orwell, en que enuncia cómo los totalitarismos definen lo que es la verdad. La verdad tiene sentido como ideal, pero no como significado: es decir, desde el punto de vista totalitarista es el Régimen quien sostiene la verdad, independientemente de si dicha verdad es certera, o inventada por el Régimen en sí. Poniéndolo en estos parámetros, el ideal de la verdad es un ideal incómodo e inconveniente, porque resulta necesario para el ser humano poder tener una base infalible epistemológica para poder operar sin preocupación en la vida diaria y, sin embargo, delega dicha preocupación en un totalitarismo. Dicha base infalible epistemológica del individuo se podría reducir, según Todorov, a “el Régimen dicta la verdad.” Sin embargo, este enunciado es paradójico, porque la verdad es la que es, y no la que dicta ningún organismo. Sin embargo, lo que refleja Todorov, es que el ideal de la verdad no importa en sí, sino en la percepción que tenemos de ella para “quedarnos tranquilos.” El autor explora esta idea como algo que no sólo sucedió durante los totalitarismos, sino que sigue sucediendo hoy en día, por ejemplo con la invención política de que Irak tenía armas nucleares que sirvió de pretexto para la invasión del país por parte de las tropas estadounidenses. Sin embargo, cuando se destapó la verdad, poca importancia se le dio al descubrimiento de la mentira. Es por ello, que la verdad es un ideal necesario, pero inconveniente y que las sociedades manipulan para no caer, de nuevo, en la disonancia cognitiva.

Relacionando esta idea que el propio Todorov ha expresado en el capítulo 5, sobre que los regímenes totalitarios crean su propia verdad, en realidad me parece que va en contra de la primera idea que he evaluado que sostiene el autor sobre la relación directa que tiene la Ilustración en la degeneración del totalitarismo. Los totalitarismos actúan de forma dogmática: lo que va en contra de su ideología no tiene cabida en la sociedad. No se espera, ni se desea, que los individuos tengan libre albedrío o que forjen ideas propias. Esta idea en realidad va en contra del pensamiento ilustrado, ya que lo que los Ilustrados trataban de hacer era derrumbar la hegemonía eclesiástica sobre la verdad, y que el individuo, a través de la autonomía, adquiriese facultades para decidir por sí mismo. Por esto, los totalitarismos no son la consecuencia del pensamiento ilustrado, como sostiene Todorov en el capítulo 6 (Humanidad), sino el polo opuesto a él, como un retorno a una etapa pre-ilustrada en que en vez de ser regidos por un dogma de fe en la Iglesia, eran regidos por una ideología dogmática que coartaba dicha autonomía. En este caso, se haría un cambio “fe-ideología,” presente en los totalitarismos de manera evidente y extrema, pero también en nuestra sociedad actual. Como dice el filósofo Slavoj Zizek en la introducción de su texto “El espectro de la ideología,” aunque exista un problema con cómo abordamos el término “ideología,” es la falta de consciencia de que nos encontramos dentro de un marco ideológico como sociedad lo que nos coarta la autonomía: el no percatarnos de la capa ideológica que rigen nuestros pensamientos a la hora de evaluar un hecho como moral/inmoral, y de nuestra imposibilidad por nuestras limitaciones humanas de ubicarnos mentalmente en un limbo de ausencia ideológica para ver con clarividencia esta distinción ética. En este caso, es un punto de vista interesante al relacionarlo con la idea mencionada de Juan Pablo II de la necesidad de un Dios para distinguir entre lo bueno y lo malo. Zizek está de acuerdo con Juan Pablo II en que más información o más conocimiento, no da más garantías de poder aproximarnos a una objetividad moral. Es más, el ser humano está condicionado por su cerebro y por las ideas que nos son naturales o que nos parecen evidentes a causa de nuestras vivencias. Es por ello que Zizek aboga por una incapacidad de justificar objetivamente la moralidad de un acto. Desconozco de las creencias personales de Zizek, pero si fuera creyente, probablemente estaría de acuerdo con que el único ser capaz de tener esta clarividencia es un ente sobrehumano, pero no por su existencia o falta de la misma cambiaría algo en cómo un individuo humano abordaría su cuestión moral, ya que al igual que “nadie tiene contacto directo con Dios,” tampoco nadie puede situarse en este terreno imparcial en que no es afectado por sus prejuicios.