2017 (Feliz 2018)

Este ha sido mi año más difícil.

Como todos los años difíciles, ha sido también de enorme aprendizaje. Y como ocurre cuando uno aprende, al cerrar el año yo también hago un recuento: las lecciones, lo perdido, lo ganado.

En 2017 mi cuerpo decidió verse de la edad que tiene. Cumplí 47, y después de mucho tiempo de lucir más joven, finalmente me veo de 47 años. Me salieron canas, muchas; mi metabolismo se volvió más lento; las arrugas de la frente se me han marcado; me conmuevo con cosas simples, lloro mucho. La vida está dejando huella, y está bien.

Este es uno de los años en los que he ganado menos dinero. En ocasiones porque he sacrificado el ingreso por el aprendizaje, pero principalmente porque 2017 fue de sobresaltos y gastos inesperados. El dinero no es lo más importante, pero la vida es la vida, y al final sí es importante. No hay engaño: a veces la mejor manera de apoyar a alguien es decirle que estás ahí y sacar la billetera. Nunca hay que olvidarlo.

Aprendí mucho del amor y la amistad. Hace unos días Nydia Pando escribió lo siguiente:

Este año aprendí que estar para alguien es un acto que se hace a conciencia; una elección. Es imposible estar ahí para todo mundo (…) Por eso, estar para alguien también es consecuente; decisivo. No estar significa soltar y a veces, no poder recuperarlo”.

Nydia lo explica de manera impecable. Hay momentos en los que no puedes estar para toda la gente que quisieras, y hay momentos en los que la gente que quisieras no está para ti. Ambos son resultado de una elección, no del azar, y esto casi siempre incluye a quienes son parte de tu familia. Este año aprendí a valorar la decisión de quienes están conmigo, respetar a quienes han decidido no estar, y ser más consciente de mis propias elecciones. Y aprendí que los amigos de toda la vida tal vez no estarán “toda la vida”, pero cuando vuelven, te salvan (gracias Eliesheva, Martha, Tem).

Esto funciona igual para el amor de tu vida. Nunca había estado tanto tiempo lejos de casa (hice y deshice maletas, tomé 23 vuelos), y sin embargo nunca me había sentido tan cerca de mi esposo, de su red de protección solidaria y constante. El amor no son estallidos de euforia, sino la certeza del sitio al cual volver. Casi veinte años después, el amor de mi vida sigue siendo el único sitio donde puedo ser.

Septiembre golpeó a mi Ciudad de México y trajo un déjà vu que a mi generación aún le duele mucho: los edificios derrumbados, las vidas segadas, la solidaridad que nos sale de las tripas aunque no tengamos nada que dar. Y fue la evidencia de que mi ciudad ya no es tan mía, por elección propia.

Septiembre también se llevó a una jovencita hermosa, la novia de mi hijo. No sé si algún día lograremos entenderlo. Uno trata de aprender de la muerte, pero la enseñanza de la muerte joven tarda en decantar. Confío en que algún día nuestros corazones logren estar en paz.

En 2017 mi hijo, quien libró las peores batallas –y por eso, paradójicamente, ha sido uno de los años recientes en los que hemos estado más tiempo juntos–, me hizo recordar algo: nada te duele como el dolor de tus hijos. Ver a quien más quieres atravesando por un profundo dolor, sin que esté en tu mano atenuarlo, genera la mayor impotencia, te rompe. Recordaba en esos días la época en que le daban ataques de asma por la noche; tenía cinco o seis años. Me iba a su cama y me acomodaba detrás de su espalda, recargándolo en mí para que estuviera medio sentado y pudiera respirar mejor. A veces funcionaba. Pero ahora nada funciona. ¿Cómo le digo que lo entiendo, y que todo estará mejor, si yo nunca he perdido una pareja? Y sin embargo todos sabemos que, aunque nunca deje de doler, todo estará mejor. Solo que esta vez lo tendrá que aprender solo.

Nunca como en 2017 el periodismo ha sido mi salvavidas. Cuando todo lo demás se sale de mis manos, mi oficio me mantiene tocando tierra, es mi sitio para dar todo y hacer que algo salga bien. Dos residencias de escritores, Faber en Cataluña, y Hedgebrook en Whidbey Island, me abrieron las puertas a espacios de calma y restauración física y mental que no solo me sirvieron para trabajar, sino para estar fuerte para resistir los golpes por venir. En Hedgebrook, por cierto, por primera vez en mi vida me asumí abiertamente feminista.

Dos organizaciones internacionales confiaron en mí para cubrir historias importantes, de largo aliento, en Barcelona y Guatemala. Dos medios me abrieron las puertas, me siento honradísima –gracias 5W y NYT ES–. Mi nuevo libro, y el que saldrá el próximo año, fueron en muchas ocasiones mi refugio –y no habrían podido ser sin la complicidad de Diane Stockwell, siempre tapando los hoyos que voy dejando–. Los protagonistas de mis historias no saben cuánto de su propia vida han inyectado a la mía.

Mis pasos con libreta en mano me llevaron a presenciar un pedacito de una gran historia: el movimiento por la independencia de Cataluña. Siguiendo a sus protagonistas (los de verdad) durante meses –la mayor parte del tiempo a distancia, algunas semanas in situ– reafirmé mi convicción de que el periodismo que hago es el que quiero hacer: lejos de los políticos y cerca de la calle, lejos de los que creen que un pueblo son sus gobernantes, lejos de los opinólogos de sillón que nunca se acercan a preguntarle a un joven por qué –curiosamente casi siempre hombres, casi siempre cuestionándote sin querer escuchar, casi siempre haciéndote mansplaining–. El periodismo que hago no da premios, pero da vida. Ahí es donde quiero seguir.

2017 se llevó a Julia, nuestra gata. Todavía la extrañamos mucho.

Como país, para donde quiera que volteo veo perspectivas tristes. En México, 2018 será el año electoral más difícil, el más manipulado, el más peligroso para los periodistas. En Estados Unidos, el año en el que las políticas de una administración Trump que está aprendiendo, pueden empezar a cristalizarse. En el mundo, las olas de refugiados que cada día encuentran más rejas y muros, de los mentales y de los de verdad.

Y sin embargo, frente a la desazón de un 2017 atroz, 2018 ofrece la esperanza de lo que aún no está escrito.

Que el año nuevo traiga para ustedes, para todos nosotros, salud y sabiduría. Que nuestro corazón resista, que el cinismo no nos gane, que podamos encontrar en medio de la adversidad, compasión. Que hagamos la elección correcta, y que seamos amables con todos empezando por nosotros. Aprender a perdonar y a perdonarnos es tal vez lo más difícil. Podemos empezar por ahí.

Gracias por seguir creyendo en mis letras, amigos. Feliz 2018.

La foto es de mi jardín. Me gusta porque, entre los magueyes, una planta tan resistente, sobreviven los dientes de león, una de las plantas más frágiles.
Like what you read? Give Eileen Truax a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.