Contar la vida

Eileen Truax
Aug 23, 2017 · 4 min read

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–Para Toni Piqué

Este martes leí una de las notas que más me han conmovido tras los atentados del 17 de agosto en Barcelona y Cambrils, publicada por el diario La Vanguardia. Una trabajadora social de Ripoll, la población donde vivían los jóvenes autores de los atentados, los recordaba por haber trabajado con ellos, incrédula ante lo ocurrido.

“Estos niños eran niños como todos. Como mis hijos, eran niños de Ripoll. Como aquel que puedes ver jugar en la plaza, o el que carga una mochila enorme de libros, el que te saluda y te dejar pasar ante la cola del súper, el que se pone nervioso cuando le sonríe una chica”.

¿Qué pasó entre el momento en el que estos chicos — migrantes, marroquíes, musulmanes — llegaron a Cataluña, y el momento en el que decidieron asesinar en nombre de un dios?

Los periodistas, y en particular quienes trabajamos el tema de migración, intentamos, o deberíamos intentar ver las cosas más allá de la economía o de la política. Nuestro trabajo, cuando está bien hecho, busca complementar las estadísticas y el debate institucional con los rostros, las historias, los nombres; utiliza la lente de los derechos humanos y la justicia social para acercarse a los individuos, y a través de ellos pretende entender los problemas más complejos.

Sin embargo en México, en Estados Unidos, en España, y estoy segura de que en todos los países receptores de migrantes, nuestra carencia ha sido ignorar a la generación más joven en este proceso. Seguimos a los migrantes cuando están en tránsito — a través de un desierto, o sobre un tren, o cruzando el mar — ; cuando son amenazados, o asesinados, o deportados; pero una vez que estas familias han llegado a su destino, nos olvidamos de ellos.

Es difícil iniciar una vida en otro país cuando eres adulto — en una cultura diferente, con un idioma diferente, enfrentando discriminación, extrañando tu casa — ; pero si eres un niño o un adolescente, ¿qué pasa por tu cabeza, cómo construyes tu identidad? Cubrimos durante su travesía a los chicos migrantes que viajan solos, pero no sabemos que ha pasado con ellos diez años después. ¿Se integraron a su comunidad? ¿Contaron con las herramientas para ser exitosos? ¿Había conflictos culturales o de otro tipo en casa, o fuera de ella? Buscando una solución para alguna de estas cosas, ¿ingresaron a algún grupo para sentirse parte de algo? ¿Funcionó? ¿Será que el que no ha matado, algún día pueda matar?

El año pasado tuve la oportunidad de estar justamente en Cataluña conversando con algunos jóvenes inmigrantes que podrían haber sido Younes, Said, o Moussa, hoy marcados en la Historia con el sello del terrorista. Mis entrevistados, alegres, ruidosos, que hablaban en español con esa musicalidad que conservan del árabe, tenían nombres como Mamadou, Lamin, Karim. Cuando estaba planeando mi viaje, un periodista experimentado me hizo una fuerte crítica por haber solicitado una beca de reporteo internacional para ir a España, en lugar de irme a un lugar exótico y reomoto a cubrir alguna historia con más sangre y reflector. Pero al sostener largas conversaciones con estos chicos, me di cuenta de que estaba tocando apenas la punta de un iceberg que incluso algunos periodistas locales –me lo han dicho ellos mismos– no se han acercado a ver. Porque en aras de lo urgente, olvidamos lo importante.

En los últimos años, sobre todo en países como México, ha crecido la percepción de que el buen periodista es solo aquel que se cubre de sangre, que vive bajo amenaza, o el que persigue y denuncia la corrupción. Se reporta sobre lo que es escandaloso, y desde luego, sobre lo que es “clickero” en internet. La vida de cada día no se cuenta; eso no gana premios ni primeras planas — o su equivalente en la tinta digital. Sin embargo es en la vida de cada día que las minorías, quienes viven en desventaja, quienes son nuevos en un lugar, quienes están en constante movimiento, construyen y perfilan su sociedad. Contar los momentos breaking de la vida es propio de las empresas de noticias; contar la vida, es propio del periodista.

De los atentados en Cataluña me parece que la lección es clara: desde el periodismo hace falta seguir, entender y contar la vida de nuestros niños y nuestros jóvenes migrantes, para entender también nuestra propia historia; sólo así podemos explicar lo que pasa entre la llegada en una patera y la muerte por terror. Y en una de esas, tal vez ayudamos a evitar que se repita.

(Foto: Amina Hussein @aminahekmet)

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