Hoy no me toca morir

Hace ocho años vino la Muerte y me clavó la mirada por un rato. Lo primero que sentí fue un frío subiendo por el esófago y un ligero mareo: las manos entumidas, con un hormigueo lejano. La vista se me nubló y la cabeza me quedó envuelta en una neblina interna que aislaba mis pensamientos. Un zumbido de oídos ligerito me fue apartando de los sonidos también. El frío se convirtió en náusea y, después, en un cansancio paradójicamente reparador.

No tenía prisa. Dejó que mientras me llevaban al hospital pasaran junto a mí los autos, la gente, las cosas como en un sueño. Pienso que mientras yo cerraba los ojos, Ella sonreía; me la imagino arrojando una moneda al aire. Cuando intenté abrirlos vi una lluvia de estrellitas, nada más. Dejé de sentir, dejé de oír, dejé de pensar. Me desvanecí.

Como un eco llegaron a mí las voces durante los ¿segundos? ¿minutos? en ese limbo. Murmuraban, se asomaban, revisaban, apuntaban. El cuerpo me dejó de pesar aunque sentía la gravedad más que nunca. El bombeo del corazón se detuvo y por un momento la sangre cesó en su carrera; yo decidí dejarme ir. Y justo en ese momento, Ella me dijo que no.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Sentí el torrente de adrenalina subiendo por la nuca y de golpe se me abrieron los ojos. Decidió pactar conmigo; tomó lo que quiso y me dejó ocho años por venir. Ocho años durante los que me pregunté qué es lo que se habría llevado a cambio.


El viernes pasado vino otra vez. Esta vez se escondió bajo la cama -una cama que no era mía, pero en donde me esperaba-. Aguardó a que me acostara y, con la luz apagada, extendió un brazo hasta mí; estiró un dedo y con la punta me tocó el corazón. Un galope enloquecido se me alojó en el pecho, subió por la yugular, me envolvió los oídos. Supe que estaba aquí de nuevo. Mientras el sonido de la sirena de ambulancia se acercaba, la pude sentir en la penumbra. Me parece que le gusta observar sin ser vista, evaluarte, medir tu reacción.

Acostada en la cama de hospital veo entrar y salir médicos. Esta vez no basta con regresar el corazón a su ritmo; esta vez lo tenemos que operar. Mientras un cateter finito se abre paso a través de una arteria, sube por la pelvis, recorre el tórax, recorre vaya usted a saber cuántas tripas y recuerdos, repaso los últimos ocho años. Han sido un regalo. Ocho años intensos, vividos en crecimiento diario, construyendo complicidades, rodeándome de voces que saben decirme por dónde. Ocho años más tarde, me veo al espejo y me gusta lo que veo -en los dos, el de afuera y el de adentro-. Entiendo mejor de qué se trata la vida, creo que la fuerza más grande sigue siendo el amor, puedo desprenderme sin dolor, aprendí a ceder para no perder lo que quiero.

Pienso que Ella -siempre pienso en Ella en femenino- lo vio también. Y algo más vio, porque esta vez decidió dejarlo por la paz. Un médico sonriente anunció que el problema está eliminado. Seguramente de otra cosa, pero de esto no te vas a morir. Y no será hoy.

Esta mañana descubrí que a unas horas de haber tenido el corazón literalmente en el filo, tengo brillo en los ojos, rubor en la cara y sonrío. Y recordé algo que me envió hace poco una de mis voces sabias:

-Some day we will all die.

-True, but on all the other days we will not.

Aún no sé qué es lo que Ella se llevó hace ocho años, pero sé que siempre le estaré agradecida por lo que esta vez dejó.

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