Mi Abuela

Mi abuela murió en 2006 a los 83 años de edad. Su casa siempre fue el corazón de su familia; no sólo la compuesta por sus hijas y nietos, sino también por los hijos y nietos de sus hermanas. Mi hijo y yo le llamábamos “el cuartel general”.

Aunque mi abuela sólo estudió hasta cuarto grado de primaria, fue la mayor lectora que tuve alrededor durante mi infancia. Ella me regaló mi primera colección de cuentos de Andersen, un Pequeño Larousse Ilustrado, y mi primera enciclopedia. Era mi persona favorita para comentar los libros.

Los niños eran lo más importante para mi abuela. Nunca se enojaba, salvo cuando un adulto regañaba, pegaba o castigaba a un niño. Entonces sí, la mirada se endurecía. A sus niños -nietos, sobrinos, sobrinos nietos y un bisnieto- se les perdonaba todo. Hubo una época, alrededor de sus cincuentas, en que engordó un poco: correr hacia sus brazos y recargar mi cabeza en su vientre mullido era la cura contra todo.

Mi abuela no lloraba, o al menos no frente a mí. La vi llorar solo en tres ocasiones, siempre por la muerte de alguien muy cercano. No se tomaba nada a la tremenda, terminaba riéndose de todo, y haciendo reír a todos.

Gustaba de la buena cocina y viajó todo lo que pudo. En una ocasión hicimos un viaje por Europa y bebió vino con cada comida en cada país porque “estamos al nivel del mar y aquí no me hace daño”. Mi abuela nunca vestía de negro salvo para ir a los funerales, y nunca dejó de teñirse el pelo de castaño claro porque las canas “son de viejitas”. Unas horas antes de morir, ya en el hospital, le pidió a mi mamá que le acercara su bolso de mano. “¿Qué necesitas?”, preguntó mi mamá. “La pintura de labios. Ya va a venir el doctor”, respondió mi coqueta abuela.

El día que se fue dejó un enorme vacío en las tres generaciones de nuestra familia que la tuvieron como “mami”. No pasa un día sin que yo piense en ella, en algo que me enseño o en algo que me dijo, y nunca dejo de extrañarla.

Hoy es el Día Internacional del Abuelo, y mi único deseo es que si yo llego a serlo, mi vida sea tan digna y rodeada de amor como lo fue la de mi abuela. Como tendría que ser la de todos nuestros ancianos.

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