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El viejo Borges que para evitar la gastro nunca escribió una novela. En la foto, echando un meo.

CÓMO SER UN NOBEL Y NO
MORIR DE GASTROENTERITIS

No es para cualquiera, sentarse ante el portátil con la frente crispada y la pipa ardiente, y enfrentarse con el reto — bah, casi infantil — de estructurar una novela de, digamos, 250 páginas, con sus personajes, tramas y subtramas, escenarios y su — válgame la acumulación de tareas — validez comercial. No sólo porque le tomará a uno escribirla un buen cacho de vida, sino porque, además, plantearla supone asumir el reto de escribirla como las exigen hoy: que sea un best seller, pero con personajes profundos; de fácil lectura, pero creativa e innovadora; con una estructura clara, pero a la vez desafiante; y una serie de adjetivos más que llevarían cualquier escritor novel(1) corriendo al lavabo más cercano.

(1) Es una lectura absolutamente tirana, de corte caudillesco, está claro, creer que puedo hablar en nombre de cualquier escritor novel, pero he leído en algún lado que los escritores que triunfan en estos tiempos suelen ir por la vida así, prepotentemente. Esto explica parte del éxito porteño, de Borges a Fogwill.

Por respeto a las hemorroides, estas repulsivas inflamaciones en las venas alrededor del ano, y también por un asco visceral al suero oral de naranja (las dos combinadas, ni quiero imaginármelo), he estructurado mi escritura cotidiana evitando suicidarme de gastroenteritis aguda. Por ello, a no ser que tenga bastante claro cómo dar continuidad a algo que ya he empezado (como sugiere Hemmingway aquí), recurro siempre a la fórmula de escribir por escribir. Nada que ver con hacerse el Bretón, abrir un archivo en blanco y ponerse a escribir automáticamente bajo el flujo onírico. Se trata de darle a la escritura un camino conocido por donde empezar, como si todos los días salieras de casa por la misma puerta, la misma calle, antes de aventurarte en otros paseos. Un botón:

Escribir por escribir… y darle cuerda a este gran reloj que escupe palabras en un segundo de la vida, que graba pensamientos en un vacuo sin dueño, un rato de universo desnudo de sentido hasta que le claves un papelito al pecho con tu nombre, dirección y número de contacto, a ver, pedazo chusma, llámame cuando quiera.

Y obscenidades así hasta que pronto la basura que escribiste se compensa, porque te invade la certeza reconfortante de que tus dedos, milagrosamente, no han dejado de obedecer a las órdenes del cerebro, todavía no te olvidaste de tu lengua materna ni del abecedario que la estructura, y todavía disfrutas haciendo esto que un día decidiste hacer, sin que nadie te pagase —reza cinco padre nuestros — por ello.

Además, escribiendo por escribir, uno puede arrancar lo mejor del momento de la faena, sin por ello verse obligado a tragar sus espinas que, lo sabe cualquier lubina, ‘haberlas haylas’. A saber: al ponerse el escritor novel ante el teclado — casi siempre con los ojos chicos tras el laburo diurno — todavía sin la firmeza autoritaria de un escritor senior ya homologado por el sistema feudal de las editoras, bueno, el pobre chico tendrá siempre detrás de sí, vigilándole, una centinela imaginaria, algo así como un Transformer con la cara de Mario Vargas Llosa, que le exige superarse en cada imagen, metáfora, diálogo y escena, ay de uno que no de la talla, dice. De lo contrario — repite la centinela riéndose una y otra vez — no pasarás de un pseudo escritor, de estos que tienen una cuenta en Blogspot o Medium y que pierden sus noches buscando en Google la imagen perfecta para acompañar un post que nadie tiene el mínimo interés por descubrir. Aquí uno.

Ahora bien, al ponerse a escribir tan solamente por escribir, sin la opresión de la obra, el obsesionado muchacho hace como el alumno de guitarra que toca mejor encerrado entre sus pósters que ante el profesor en la escuela, o bajo la mirada expectante de la familia en el salón. Lo hace porque quiere, porque le duelen los huevos. Y entonces fluye sobre el papel como un rotulador negro de estos tozudos que cuestan mínimo veinte pavos en la papelería de la esquina. Estos con los que uno no puede nunca deleitarse porque, de lo contrario, se acaban pronto.


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