Necesito una mesa de noche.

Después de todo París no irá a ningún lugar cuando yo muera.

Casi todas las noches tengo problemas para conciliar el sueño, así que tomo el celular y muevo el dedo sobre la pantalla por largo rato, a pesar de que haga exactamente la misma cosa todas las noches, cada noche, me toma un rato caer en cuenta que tener la pantalla frente a mí, más que darme sueño, me mantiene hipnotizado.

La verdad, tengo varios libros que leer, pero el sentimiento de que no podré tener avances significativos antes de dormir puede más que el intento y vuelvo a la rutina de ver artículos y tonterías en una pantalla de unas cuantas pulgadas.

Ya muy cansado me giro sobre la cama y llega ese momento de reflexión, en el que en vez de relajarme, me agobio con los pendientes, las cosas que me preocupan y lo que haré mañana a primera hora. ¡Vaya rutina la mía!

Una pequeña lámpara cálida sobre ese pequeño mueble al lado de la cama me ayudará a leer, a retomar la curiosidad y aunque quizás de poco a poco, tendré una historia que contar por la mañana, algo que reflexionar antes de dormir con la imaginación satisfecha. –Necesito una.

El absurdo:

En algún momento moriré y nada de lo que haya leído servirá para absolutamente nada, cierto. Pero mientras esté con vida, convendría estar lleno de historias que acompañen mis recuerdos y me provoquen sonrisas privadas en vez de vacío. Los libros sirven para “ahora”, para estar más conectado con las personas que tuvieron la coincidencia de leerlos, en memoria de quienes los escribieron o en conexión con las neuronas de mi universo.

Al final las historias seguirán ahí, que yo las haya leído o no, no importará. Me acompañan y forman parte de mi historia al mezclarse con mis ideas, en mi interacción con las personas, al dejarme contar sus historias y quizás a formar parte de alguna. Es como viajar, ya solo es un recuerdo aquél viaje que hice hace algunos años, ya no hay manera de comprobar que existió salvo por las fotos. Como un recuerdo que insiste en ser real y no quedar en el olvido; de nada servirá demostrar si ya estuve ahí , salvo la experiencia misma de viajar, el realizar un viaje como si ese fuera mi propósito de vida, después de todo París no irá a ningún lugar aunque yo muera, –pero más vale ir–.

Necesito retomar la lectura, una lámpara y una mesa de noche.

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