Cinco minutos
A la ciudad y a la mujer dueñas de mi corazón.
Estuve en la ciudad más linda del mundo. La vi nacer de la mano de un sol radiante, llena de hormigas amontonadas en el valle. La vi erguirse y al medio día provocar un chorro húmedo en la espalda de las acostumbradas hormigas. La vi morir, desnuda, detrás de un cálido y pintón atardecer reflejado en el río milenario que cruza por ella.
Sentí la verdadera felicidad al oír el veloz intercambio de palabras; las hormigas escupen letras, las escupían más rápido de lo que podía comprender. Dos veces cerré mis ojos y solicité una repetición. El lenguaje de las hormigas me encanta y cautiva. Hablaban y un gas tóxico ascendía por mi nariz, un gas oscuro y denso, pero que no me alejaba de ellas ni de su idioma.
Testigo silencioso pero atento, presencié la prisa de mis pobres hormigas. Corriendo, subiendo, saltando, mordiendo…Las hormigas no sólo trabajan: suelen comer y beber y no le responden a su reina. Con el ir y venir no se cansan, es como si en su vida no existiese el sueño.
Pasadas las tres de la tarde observé el dolor de la ciudad. Envuelta en humo y llamas las miserables hormigas que no tenían nada que comer suplicaban por una moneda sin luz. Se sientan, con la cara desgastada entre sus piernas, su cabeza fijada en un futuro mejor, en un porvenir exitoso y vivaz. ¡Oh, si supieran las desdichadas hormigas! Serán devoradas una vez más por sus compatriotas y por su ciudad. Residen en edificios altos, en subterráneos fríos y en plazas famosas. Era notorio como nada es capaz de detener a una de aquellas decididas hormigas.
Cayó el sol y percibí un cierto ácido especial surcar mis venas. Mis amigos, que hasta ahora ojeaban los rincones de la ciudad, que volteaban las piedras y confundían a las hormigas con sus faltas de respeto, cambiaron. Se convirtieron en bestias, bestias sedientas y hambrientas. Mis amigos recién reemplazados se alimentaban de licor y carne. Expresaban groserías y un sarcasmo precoz. Competían, fallaban. Mis amigos vistieron la ciudad de rojo y toda su elegancia decayó. La ciudad lloraba, opacada por las hormigas enamoradas y horrorizadas que buscaban arreglarlo todo. Con ella lloraba yo, quería remediar lo ya fatídico. El odio se transforma con una velocidad asombrosa.
Los intrusos no respetan a la ciudad, no respetan a las hormigas. Son inquilinos cuyo propósito es exprimir sus riquezas, asesinando la belleza y manchando lo bueno que existe. En segundos devoran y asustan, como si les perteneciera o alguna vez lo haya hecho. Me sentí intruso en algunos momentos y estoy seguro que las bestias también. No es para menos, las propias hormigas lo saben y viven sabiendo que su nido se asfixia en el microcosmos que abarca. La dificultad para sobrevivir en la ciudad era enorme. No se sabe si los intrusos o las hormigas te terminarían matando, pero morir era un hecho.
Solamente una pizca de la emoción más bizarra me devolvió la fe en la ciudad y en las hormigas que durante el día hubieron mostrado sus facetas más pulcras, así como las más viles. Sentí amor, interno y repleto. Abarcó todo mi corazón, el río y los muros; mis ojos, las montañas y las calles. De repente, atacó el amor y las hormigas sonrieron. Sonreí yo también, amando desde mi alma a mi ciudad y a mis hormigas lejanas. Amando al suave recuerdo de la mujer que se esconde a lo lejos. Extrañar es un arte y es subestimada. La distancia física que nos separa de nuestra pasión no se compara a la distancia de lo más profundo de nuestro ser. Todo cobró vida y le di motivos a la ciudad para que siguiera con ánimo. Era una simbiosis, la necesitaba para vivir y ella veía la esperanza en mi. Esperanza transmitida a sus hormigas y paisajes.
Ahora la ciudad avanzaba portando un vestido de gala. El amor es motor con el que constantemente se moviliza esta ciudad. Deja huellas profundas y en mi corazón dejó una mayor. La ciudad y sus hormigas serán mejores y vivirán más y las contemplaré. ¿de donde viene aquel amor? No lo sé, ni quiero saberlo. Es un amor que revive y enlaza nuestros huesos con el pavimento, une aun más el cemento y la sangre. Probablemente viene del cielo y de la costa, de los recuerdos y los amados que visitan nuestra cabeza cuando menos los esperamos.
Ya abandoné la ciudad, me fui y no lo recuerdo. No estuve mucho, estuve lo suficiente y es todo lo que sé. No tolero verla en mis sueños y palpar su fortaleza donde no existe pero que imagino que lo hace. Es una ciudad que cambia, rota y evoluciona pero siempre sigue los mismos esquemas básicos. Desearía visitarla de nuevo y contemplarla mientras habito por un poco más de cinco minutos.