XXI
Suicidio enmascarado de felicidad momentánea.
Cierto día un buen hombre decidió sentarse en su silla. Al cabo de unos segundos cayó en cuenta de que el sol le molestaba, así que construyó una casa que lo cubriese, con ventanas para el flujo del viento y piso antirresbaladizo que evitara una caída de la silla. Pasaron unos cuantos minutos y se dio cuenta que era posible escuchar el quejido de su estómago por toda la casa, razón por la cual fue a cazar un conejo, lo asó y lo ingirió. Le volvió a dar hambre. Sin deseos de salir, el hombre optó por ir a la casa de un amigo, le expresó sus deseos y lo nombró su Alimentador Oficial. Su labor consistiría en alimentarlo cada vez que lo necesitase.
La situación parecía mejorar, el hombre no tendría más nunca calor ni hambre. Sin embargo, el hombre estaba lejos de la comodidad, su sistema digestivo no tardó en procesar al lagomorfo y la urgencia de ir al baño lo obligó a retirarse de su silla para visitar un asiento escrupuloso pero igual de necesario. Regresó a su silla y una punzada en el intestino lo forzó a ir de nuevo al baño. Allí meditó. No tendría que desplazarse si instalaba un sistema de tuberías conectado a su silla. Entonces, ahora el hombre acudía el llamado de la naturaleza en su cómoda silla.
¿Qué tan cómoda era? En realidad no tanto, la madera empleada para su confección procedía de un árbol ordinario y en cuanto el hombre notó esto, emprendió la tarea de hacerla verdaderamente apta para el sentado diario de su amo. Cosió terciopelo y curtió cuero para crear una silla más confortable y agradable al tacto, después de todo su estadía en ella era eterna. A la hora de dormir el hombre también encontraba problemas, el pernoctar verticalmente le resultaba horroroso ya que le provocaba dolor por la mañana. Adicionó a su silla un sistema mecánico que le permitiría extender sus piernas y su torso para yacer horizontalmente en la cama. De hecho, era una mecánica nunca antes vista por la gente de su pueblo, que llegaban a examinar el artefacto y preguntarle cómo lo había diseñado. El hombre les contestaba que cuando se busca lo placentero la imaginación humana resulta ilimitada.
Conforme pasaba el tiempo el hombre engordaba y su salud decaía de manera peligrosa, la falta de movimiento asesina. Para solucionar su nuevo problema el hombre alojó dos grandes pedales a la base de la silla (ya no tenía patas) y los utilizaba cuatro horas al día, asemejando el acto de andar en bicicleta pero perdiendo toda la belleza. Esto es, sentir la brisa, escuchar los pájaros, acumular montañas en las piernas hechas de esfuerzo, sudor y en ocasiones sangre. Y no solo ocurría con el deporte, ahora el hombre había logrado reducir a su utilidad más simple e interesada todas las acciones de su día. Dormía sin descansar, oía sin escuchar, veía el cielo pero no miraba como enfurecía o lloraba; comía sin percibir los sabores y encantarse por la magia culinaria. Lo más lamentable era la ignorancia del hombre al respecto, la cual era total. Para él, su vida marchaba a la perfección.
Otro día, el hombre precisaba con urgencia comunicarse. A tal menester resultaba difícil una solución práctica, directa y que no involucrase moverse. Él, entonces, investigó sobre la ingeniería electrónica, el comportamiento de los circuitos, el almacenamiento de información, las fluctuaciones de ondas y el específico desempeño de los mini procesadores. Al terminar, después de muchísimos meses le entregó uno de estos artefactos a todas aquellas personas a las cuales él algún día posiblemente iba a necesitar y se dejó uno para sí. Con el dispositivo en sus manos el hombre redujo sus levantamientos de la silla de forma brusca. Ahora, llamaba cada vez que requería ayuda, o más bien, cuando quería.
El hombre nunca llamó para conversar o informarse de su entorno, nunca lo hizo tampoco para asistir con su infinita inteligencia a los demás y como era de suponer, el hombre nunca contestó a las llamadas que le hicieron y que con los años le hacían cada vez menos.
Aquel hombre resultaba contradictorio. Haría lo que fuese necesario para mejorar y optimizar su estadía en la silla y asegurar su permanencia, pero no existía otro motivo para esforzarse, como si una programación innata lo forzara subconscientemente o peor aún, una adquirida que no se había dado cuenta de donde o como había ocurrido.
Era una situación tristemente confusa. ¿Cómo sería posible que un hombre brillante muera producto de su comodidad y bienestar, si es correcto referirse a él así? Un hombre que con una fracción de su inteligencia arreglaría su alrededor y plantaría semillas de inspiración por el globo. Un hombre que lejos, muy lejos de cualquier necesidad, poseía la necesidad de ser humano en el sentido más puro, para sentir al menos una vez pasión.
En ausencia de alguna pasión, de una locura que lo llevara a amar y a interiorizar lo que realmente valía la pena en su vida, aquel hombre perecería encadenado. Encadenado a la silla que creó con sus propias manos.
Aquella silla representaba su vida entera, resuelta y sin ningún problema y al mismo tiempo su perdición vitalicia. Un objeto que al final de cuentas era dominador y autoritario en el perdido camino de quien alguna vez fue su dueño y que ahora la buscaba como un insecto a la luz. Un arma homicida, oculta y transformable ante cualquier par de ojos.
En su último día, aquel hombre finalmente se fundió con su asesino, que tanto tiempo atrás aguardaba. Con el paso de los años, el calcio de sus huesos cumplió con la función de armatoste para la silla y sus tripas decoraron el cuero de un opaco marrón. La comodidad que alguna vez lo hizo ser apenas humano, se regodeaba sin la menor seña de culpa.