Este texto lo escribí originalmente el 6 de agosto del 2016

Hoy la situación ha cambiado, mi compañero de trabajo fue despedido y en su lugar ha entrado una señorita que estudió osteopatía a hacer marketing, ese es el nivel de competencia laboral al que nos enfrentamos. ¿Habría que decir más?
Otro asunto, cuántas ocasiones habremos aparecido en la foto de algún exraño, atrás comiendo una torta o un taco de mixiote ¿cuántas aproximadamente? Sospecho que en esas fotos nos vemos mejor que en los miles de selfies que nos tomamos cada 5 minutos. Y en cuántos perfiles fb tenemos el gusto de aparecer sin saberlo ¿cuántos? Ahí mientras el tío exalta la belleza de su sobrina en el malecón de Veracruz, atrás aparece uno con el mejor diablito de la historia, la empanada de jaiba más deliciosa del planeta o volando el papalote de unicel más fregón de la semana. Algo así como ser el extra en la película de la vida de alguien más.
La función del extra -ahora que lo pienso- me parece maravillosa porque es precisamente la que ambienta todo el lugar, la escena, las voces de los protagonistas o sus poses y gestos si se trata de una fotografía. Los extras, y aquí estoy imaginando e inventando, supongo tendrán también alguna especie de coreografía que debe ser cumplida cabalmente frente a la cámara.
Una foto que no hemos pedido pero que revela momentáneamente quiénes somos: de espaldas con nuestras nalguitas aplastadas, de perfil con la esplendorosa nariz aguileña que adorna nuestro rostro, de frente con los ojos momentáneamente bizcos, confundidos… apresurando el paso para no arruinar la foto de alguien más. Tímidos y respetuosos.
Supongo que hoy más que antes, alguien nos tendrá guardados en sus computadoras o en sus celulares… una foto que no recibiremos jamás y que definirá la forma en que aquellas personas se recordarán a sí mismas, o quizá no.