1. La encomienda

Daniela Cordero
Aug 25, 2017 · 3 min read

No bastaba con decir que estaba abandonado. “Abandonado” se suele usar para referirse a cosas desechadas porque ya no son útiles o están viejas, otras veces a cosas que ya no se quieren más, como los animales cuando se llevan a perder. Se abandona a la mujer y los hijos por una más joven y menos “problématica”, se abandona aquello que se vuelve un peso demasiado insoportable de llevar.

En fin, definitivamente el lugar estaba más que “abandonado”. Algunos decían que embrujado era la palabra correcta, pero todo lugar abandonado está embrujado ¿no?. Si alguien se fue de allí es porque asustan, no hay otra razón. Pero a este lugar en específico los adjetivos “abandonado y embrujado” no eran los que más le quedaban.

Ciertamente estaba abandonado, puesto que desde hacía décadas nadie entraba, con vidrios rotos, pintura caída, cemento lleno de moho, zacate y matorrales que crecieron en todas partes, definitivamente sí estaba arruinado, pero aún en pie. Y a pesar de que a la gente le fascina irse a meter a esos lugares a rayar paredes, a fumar, a hacer tonto y jugar de valientes, este lugar no era el caso. Y la razón era que se sabía, todo mundo sabía, que estaba abandonado, pero no estaba vacío. Y eso aterraba a todos y les infundía el temor y respeto que se ha perdido a todas las cosas sagradas.

Justo como en las películas, la propiedad poseía el tan singular matiz que produce suspenso en los espectadores y en las personas de la vida real: que las cosas comunes y corrientes no se comporten común ni corrientemente. Cuando se hicieron los planes y se decidió construir, el ideal original iba destinado a albergar gran cantidad de personas que iban a comerciar, negociar, intercambiar trabajo, conseguir suministros, buscar información. Pero después de poco tiempo la mala racha generalizada hizo que cerrara sus puertas como tantos otros sitios de comercio, tiendas, bancos y demás.

De lo que había antes tan solo quedaban mesas con sus respectivas sillas distribuidas a lo largo de los salones, oxidadas y quebrantadas, regadas por todas partes, porque cuando todo mundo se marchó fue en un apuro, en un ¡sálvese-quién-pueda!

Jose Rafael se conocía a sí mismo lo suficientemente bien como para saber los efectos negativos que le traían al verse en un lugar encerrado, más si era un lugar como aquél: tan grande, tan espacioso que causaba claustrofobia. Cuando visitaba ese tipo de estructuras al poco rato una presión en la cabeza le hacía zumbar los oídos y hasta se le nublaba la vista del poco aire que, psicologicamente, le hacía falta. Siempre que tenía que ir ahí y esperar se le pasaban los minutos como horas, encantados bajo el mismo abandono atemporal.

Los días de lluvia o “la época de invierno” había comenzado y esperar afuera bajo el aguacero era torear a sus malas defensas. Se sentó en una silla de aluminio tembeleque y abrió el libro en la página donde había dejado la lectura. Pero tan solo un cuarto de hora después ya sentía el techo y las paredes cerrándose sobre él y el pecho cada vez más apretado. Comenzó a caminar alrededor dando vueltas y tratando de concentrarse en las ventanas que ofrecían un campo abierto; trató de controlar la respiración pesada y amarga pero ya era muy tarde, ya le había ganado la impaciencia.

Justo cuando estaba decidido en irse y volver más tarde sonó la campanilla del montacargas en una de las paredes, la más alejada del salón del edificio. El paquete ya había llegado y siempre agradecía que la diligencia se realizaba en el primer piso, así no gastaba más tiempo bajando gradas y podía salir a espacio abierto cuanto antes. La lluvia ya era lo de menos, los charcos no importaban, ni siquiera el ventolero que amenazaba a cada rato con voltear al revés el paraguas, lo que le importaba era no estar un minuto más en el encierro.

Una vez al mes debía repetir la misma rutina, ir al lugar, esperar en medio de la nada sin ver nunca a nadie y no escuchar nada más que la campanilla del montacargas cuando el paquete bajaba de quién sabe dónde. Y así como entraba debía salir.

Ese era siempre el peor día del mes para Jose Rafael.

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    Narrar es un arte, y estoy tratando de descubrir dónde, cómo y cúando se consigue.

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