Último capítulo

Prever todo, hacer la maleta. No olvidar el cepillo y la pasta de dientes (me doy cuenta que, dentro del poco interés que al final mostrabas por mí, me quieres); ¿cerré las perillas de la estufa? Esta fila no avanzará hasta que no abran esa puertecilla (tras despegar, en cuanto pueda encender el teléfono de nuevo, le enviaré un email). Espero que no me toque al lado de alguien molesto, ningún platicador (ayer me pediste que fuera a verte. Nunca me ha gustado perder el tiempo). Mientras abría la funda de mi celular, mi otra mano bajaba la maleta al suelo. La cargo de nuevo, avanzo. Pasaporte, billetera, unas notas al aire para no perder el hilo de lo que hablamos ayer por la noche (nunca te sentí animada, quiero pensar que al inicio la novedad era lo esperanzador). “Buenos días, bienvenido… gracias por volar con nosotros” Un paso, otro, por qué no pondrán ventanas en estos pasillos; este tipo se va adelantando a mí como si fueran a ganarle el lugar. “Hola, ¿qué asiento tiene? bien, pase, gracias”, ventana, dijo (dijiste anoche, viendo por la ventana, tu auto se ve más empolvado ahora). Apenas y cupo la maleta aquí arriba, ¿porqué harán espacios tan reducidos? (no puedo hacerte un espacio que no te mereces, dijiste. ¿Qué parte del amor es competencia? Respondí) “favor de apagar sus aparatos electrónicos” pronto enviaré el email, ya en el aire tomaré valor (¿cuándo vendrás por el resto de tus cosas?). “Te escribo para decir que he decidido regresar a mi país, por mí las cosas te las puedes quedar o vender o tirarlas a la calle, estoy volando ahora mismo y, justo al despegar, siento que otro viaje ha terminado; que yo, al contrario de mi auto, empiezo a desempolvarme”.

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