elchismoso
Nov 3 · 6 min read

Por Eder Segura Villa

Juanito, con tan solo 10 años, se la pasó toda la noche del 31 de octubre arreglando la ofrenda.

Las calaveras de dulce las consiguió robadas de una tienda regresando de la escuela. El pan de muerto se lo regaló Gertrudis, la señora de la esquina. El papel picado lo recogió de la escuela y las veladoras las tenía su abuela muy gastadas desde hace años.

La ofrenda estaba quedando como a él le gustaba, se fue a dormir tarde y se despertó temprano, puso la foto que faltaba y se fue a la escuela, sucio, muy sucio como siempre. Cuando escuchó la campana de la escuela salió corriendo, tenía mucha hambre, pues nadie le puso comida ese día, pero eso no importaba. Ya eran casi las 7 de la noche y necesitaba llegar a su casa, ya era tarde.

Cuando llegó, entró corriendo y tiró la mochila, pero todo estaba apagado: las luces de las veladoras era lo único que dejaba al descubierto la humilde ofrenda que había puesto una noche anterior.

Entró cauteloso, como si buscara algo. Casi no se escuchaban sus pasos y revisó la ofrenda. Tomó un pan de muerto, empezó a comerlo como si no le importara mucho el hambre que recorría su pequeño cuerpo, se acercó a la puerta que aguardaba su llegada a un lado de la ofrenda, pero no había nadie. Se quedó mirándola sin cambio alguno, de pronto escuchó ruido dentro del cuarto, unos pasos que venían hacia él, corrió a esconderse debajo de la mesa que soportaba la ofrenda y escuchó gritos.

— ¿Dónde estás Juan? — decía aquella voz molesta—. Ya te escuché. ¿Dónde te escondiste? Te voy a encontrar…

Juanito, debajo de la mesa, aún masticando el pan de muerto, vio pasar los pies rápidamente de una mujer, uno descalzo y el otro con su respectiva chancla, pues la otra iba en la mano izquierda preparada para visitar las nalgas de Juanito; él sonrió un poco al ver la acción, esa mujer pasaba de un lado a otro buscándolo y gritando descriptivamente todo el dolor que haría a Juanito con aquel artefacto de tortura, la chancla. De pronto, vio a la mujer pasar de regreso y se espantó cuando se detuvo frente a él, frente a la mesa, con ese pie desnudo.

En ese momento, la mujer bajó la mano para levantar el mantel que era cómplice del escondite de Juanito. Él, sentado y pegado a la pared, soltó el pan y se tapó los ojos, pues el destino lo estaba alcanzando. Los cerró fuerte durante muchos segundos, que para él fueron horas, pero ya no escuchaba nada, ni gritos, ni pasos, ni nada. Abrió los ojos y no había nadie, sólo el silencio.

Levantó su pan y se asomó lentamente, no vio nada. Salió despacio de la mesa buscándola, pero no había nadie. Se levantó y fue a ver la puerta donde minutos antes había escuchado los pasos de la violenta mujer. Se acercó a la puerta sin miedo y aún mordiendo el pan. Se quedó mirando la puerta durante unos segundos, revisándola de todos lados y viendo telarañas en las orillas. Un fuerte y rigoroso candado colgaba de ese cerrojo, también lleno de telarañas, los ojos de Juanito se hicieron agua y con esa mano sucia que agarraba el pan, secó sus lágrimas.

Salió del lugar donde estaba la ofrenda. Pensó en irse, pero vio la foto sobre la mesa de la ofrenda y se acercó lentamente. Besó la foto, la foto de mujer que lo visitaba desde hacía dos años, el primero de noviembre. La foto de la mujer que se había ido en un accidente cuando Juanito tenía ocho años, la foto de su mamá.

El niño se alejó con una pequeña sonrisa porque la había visto otra vez, y así lo haría cada año.


¿Te has preguntado por qué se celebra el Día de Muertos? Esta celebración mexicana nos recuerda cuán finitos somos; pero también nos enseña que la muerte es parte de la vida y debemos festejarla.

Los días de fiesta principales son el 1 y 2 de noviembre. Sin embargo, los preparativos inician muchas semanas antes, y es que la belleza y complejidad de esta celebración ha atraído la atención de todo el mundo.

La Unesco la nombró Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2008. Adéntrate en sus orígenes y conoce los elementos que componen está entrañable fiesta mexicana.

Día de Muertos, la historia de una tradición

Es un hecho: de la muerte nadie escapa. Sin embargo, pese al dolor que su presencia pueda provocar, de nuestros pueblos indígenas hemos aprendido a percibirla como una etapa en la que debemos regocijarnos. Como diría el escritor Mario Benedetti, “la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida”. Como prueba de esto, los mexicanos tenemos el festejo conocido como Día de Muertos.

Esta celebración es originaria de la época prehispánica. En ese periodo, muchas etnias mesoamericanas rendían culto a la muerte. Entre ellas estaba la mexica, cuyos dioses encargados de definir el destino de las ánimas eran Mictecacíhuatl y Mictlantecuhtli. Ambos eran señores del Mictlán o “lugar de los muertos”. Sin embargo, para llegar ahí, las almas debían lidiar y sortear una serie de obstáculos para poder conseguir el descanso eterno.

De acuerdo con el Códice Florentino, el Mictlán estaba dividido de acuerdo con la manera de morir. Por ejemplo, a la Tonatiuh Ichan –casa del sol– entraban aquellos guerreros que habían muerto en el campo de batalla.

Otro sitio era el Cincalco, casa del dios Tonacatecutli. A este iban quienes murieron siendo infantes pues al ser tan jóvenes se les consideraba inocentes.

No obstante, para que las almas iniciaran el trayecto, los vivos se encargaban de acompañarlos en la distancia por medio de un ritual.

Éste iniciaba con la muerte de algún ser cercano. El deceso se anunciaba con gritos y llantos emitidos por las mujeres ancianas de la comunidad. Después se amortajaba al difunto junto con todos sus objetos personales. Posteriormente, el bulto o cuerpo era simbólicamente alimentado con los manjares más exquisitos.

Después de cuatro días, el cuerpo era llevado a enterrar o cremar. A partir de ese momento, el alma emprendía el difícil trayecto.

Luego, cada año durante cuatro años, se realizaban ostentosas ceremonias en el lugar donde se encontraban las cenizas o el cuerpo del difunto. Así, este complejo ritual no sólo ayudaba a que las almas descansaran sino también a facilitar el proceso de duelo de los familiares.

Con la llegada de la población europea, este ritual sufrió un proceso de aculturación. La fiesta del dios del inframundo se unió junto con la celebración de los difuntos y se reinventó el proceso hasta ser concebido como lo conocemos ahora.

Cabe señalar que, algunos de los elementos que destacan en este día son las ofrendas y las calaveritas literarias.

Las ofrendas de día de muertos

Las ofrendas de día de muertos son altares de origen prehispánico. Éstos eran dedicados a distintas deidades y se colocaban en fechas diferentes. Sin embargo, la del señor de los muertos, Mictlantecuhtli, se celebraba en el mes que ahora conocemos como noviembre.

Esta coincidencia fue aprovechada por los evangelizadores durante la Colonia para hacer un sincretismo entre el cristianismo y las creencias religiosas autóctonas.

Originalmente, los altares se ponían un par de días antes del 1 y 2 de noviembre, es decir, el 30 o 31 de octubre y permanecían hasta el 3.,

Hoy es muy común que, debido al esfuerzo creativo que se invierte en colocarlas, se pongan antes y se quiten después.

Aunque los 1 y 2 de noviembre no han dejado de ser los días principales. De acuerdo con la tradición, en esas dos fechas nos visitan todas las almas que se desprendieron de sus cuerpos, es decir, nuestros difuntos.

Elementos de las ofrendas y su significado

Fotografías de los difuntos. Es muy común colocar retratos de las personas amadas que ya no están entre nosotros.

Incienso o copal. El humo que desprende el copal o incienso, es la guía olfativa para que nuestros muertos puedan llegar con nosotros.

Veladoras. Estas representan el fuego y la luz. Igual que el incienso, funcionan como una guía para que las almas.

Bebidas favoritas de los difuntos y agua.

Flor de cempasúchil. Esta flor de apariencia esponjosa también es conocida como “flor de veinte pétalos”. Se utilizan principalmente para decorar o crear caminos que guíen los espíritus de nuestros muertos.

Calaveritas. En la antigüedad se utilizaban cráneos de verdad. Después fueron sustituidas con calaveras hechas con azúcar, chocolate o amaranto. Cada cráneo representa a un difunto.

Pan de muerto. Además de delicioso, el pan de muerto es la representación del esqueleto de los difuntos.

Un fuerte abrazo para todos los que hemos perdido a alguien…

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