Cómics de basurero

En la década de los treinta, pocos años después de la invención del libro de historietas, varias casas editoriales rivales batallaban furiosamente para atraer lectores. Entre las muchas estratagemas empleadas, los empresarios sabían que un buen nombre era crucial para asegurar la popularidad de una publicación, por lo que corrían a registrar los mejores y más emocionantes títulos cuanto antes.
Sin embargo, la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos requería como parte del proceso burocrático que se presentara un ejemplar impreso del cómic que se pretendía inscribir. Esto era un problema porque elaborar un libro de historietas toma tiempo, y aquí lo que importaba era registrar la mayor cantidad de títulos en el menor tiempo posible para ganarle a la competencia. Así que los empresarios comenzaron a tomar atajos fraudulentos y comenzaron a presentar crudos prototipos elaborados a toda prisa, usando cualquier material sobrante que tuvieran a la mano. Como estos ejemplares eran producidos únicamente para cumplir un requisito y no para ser vendidos, por lo general eran en blanco y negro, las historias estaban a medio terminar y los globos de diálogo estaban en blanco. Un lector de cómics se habría dado cuenta del engaño, pero como los funcionarios que recibían el material no sabían de la materia ni tenían el tiempo para revisar, el artilugio funcionó por mucho tiempo.
Por lo general, los tirajes no excedían los dos ejemplares: uno para Oficina de Patentes y el otro para los archivos de la empresa. Una vez registrado el proyecto, las copias sobrantes que hubiere generalmente se descartaban, por lo que se les llamó “copias de basurero” (ashcan copies), pero en ocasiones se enviaban algunos de estos prototipos a los distribuidores como avances de futuras publicaciones, y otros más se regalaban como souvenirs.
Si bien el propósito principal de los cómics de basurero era posibilitar el registro de nombres para futuras publicaciones, también eran usados para apartar títulos que no se tenía la menor intención de publicar, únicamente para que no pudieran ser registrados por un competidor. Tal es el caso de Superwoman, nombre registrado por DC Comics en 1942 pero que no sería utilizado como título de una publicación sino hasta más de setenta años después.
Con el tiempo, la práctica de hacer copias de basurero se fue abandonando. Aunque originalmente estos simples prototipos no tenían valor alguno, ahora son ávidamente buscados por los coleccionistas, como piezas únicas de la Era Dorada de los cómics.
(Una versión de esta columna fue publicada en El Diario de Centro América, el 5 de septiembre de 2018.)
