Placeres prohibidos

Todos tenemos placeres prohibidos, me dijo, algunos castigados por la sociedad, otros por la imagen que proyectamos de nosotros mismos.

Según ella, era como volver a morder la manzana del jardín del Edén a escondidas, una y otra vez.

La conversación duró lo que tardé en engullir la hamburguesa con queso que había pedido en un McDonald’s de carretera. Supuse que aquel era mi placer prohibido.

Era ya mayorcito para ir comiendo mierda en las autovías que cruzaban España.

Me despedí con un ligero adiós y vi como su melena corta se perdía por la ventana de mi New Beetle a medida que me alejaba de ese lugar. Ya metido en la autovía, sintonicé la radio y Kurt Vile cantaba que no se reconocía en espejo al despertar.

Me identifiqué con sus palabras, pues estaba tan acostumbrado a ese tipo de preguntas que se habían convertido en algo rutinario. Después volví a pensar en lo que esa chica me había dicho y caí en la cuenta de que la fruta de la que hablaba, no se refería a la hamburguesa que me comía a escondidas en algún rincón de La Mancha, ni tampoco a las juergas a deshoras o a las trampas sentimentales.

Morder la manzana, el placer prohibido, darnos cuenta de que estábamos aquí una vez y no más, de que todo era efímero y que más valía realizarnos a diario que acumular meses para después borrarlos de la memoria.

Ser felices, vivir en calma, al fin y al cabo.

¿Después qué?, me dije con las manos al volante.

Disfruté del silencio y comprendí que preguntar estaba prohibido.

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Pablo Poveda, periodista y escritor de novelas de ficción. Creo en la cultura libre y sin ataduras. Si te ha gustado este artículo, conectemos: te animo a que te suscribas y descargues gratuitamente una de mis novelas.

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