Tiempo Cero: Exilio. “Episodios VII y VIII”

Tiempo Cero es una novela distópica, minimalista y digital nacida en internet y libre de copyright. Puedes leer los capítulos aquí o en mi web. Publicaré dos episodios semanales.

Mi intención es que el lector se sumerja en la historia así como reflexione sobre el presente que vivimos. Animo a todos a dejar vuestras observaciones en los comentarios.

Aldo dio otro mordisco a la hamburguesa y apretó los dientes. El trozo de carne oscura, recalentada, se deslizó por su barbilla, dejando un rastro de aceite oscuro, arrastrado por la fuerza gravitatoria, hasta la mesa. Sentados en una mesa de plástico, sujetada al suelo, Aldo y el hombre extraño de parche en el ojo, comían en un Burger Republika, uno de los establecimientos de comida transgénica acelerada (que no rápida) más populares de la Zona 1.

— Estás hambriento, ¿eh? — dijo el hombre.

Aldo dio un sorbo de su refresco y tragó la comida.

— Esta hamburguesa está deliciosa — dijo.

— Come — esputó — . Aún vas pedo. La grasa te ayudará a bajarlo.

— Ya no tengo visiones — dijo Aldo — . Aunque todo es confuso.

— Tranquilo, se te pasará.

— ¿A ti no te drogaron? — preguntó Aldo.

El hombre sonrió.

— Rock and roll, ¿sabes? — dijo relajado — . Antes lo utilizaban para divertirse. Aldo no entendió lo que dijo, pero supuso que el hombre del parche tenía la capacidad de controlar su estado psicológico — : ¿Por qué te cazaron?

— Perdí el trabajo — dijo Aldo masticando — . Lo he perdido todo.

— Porque nunca tuviste nada, ¿verdad?

— Eso no es cierto.

— También te han cancelado la tarjeta, ¿verdad? — preguntó cogiendo una patata frita — . No contestes. Lo han hecho.

Aldo dio un vistazo a su alrededor. El restaurante era pequeño, como todo en 2100. Los clientes esperaban en una cola. Otros comían con sus gafas de realidad aumentada. Todo tenía colores básicos, flúor; formas poligonales simples. Conocía aquel lugar por los anuncios, pero era su primera vez.

— ¿Quién eres? — preguntó. El tipo tensó el cuello. Improvisó una mentira — : ¿Cómo te llamas?

— Rudolf — dijo mirando a su hamburguesa — . Mi nombre es Rudolf. Tú eres Aldo, ¿verdad? Aldo Kirkin.

— ¿Cómo lo sabes?

— Lo he visto en tu tarjeta de identificación — explicó con normalidad — . Mientras dormías.

— ¿Por qué me ayudas, Rudolf? — preguntó Aldo. Rudolf tensó de nuevo su cuello. Aldo tenía muchas preguntas que hacer, pero sabía que en aquel momento sólo necesitaba conocer lo justo. No tenía claro a quién se enfrentaba ni tampoco qué ocurría.

Rudolf usó una servilleta para limpiarse las comisuras, hizo una bola de papel y la tiró sobre la mesa.

— No te ayudo — dijo — . Además, ¿qué importa eso ahora?

— Me has salvado la vida — dijo Aldo.

— En realidad, no lo he hecho — explicó mirándole a los ojos — . Me desharé de ti cuando ya no seas útil.

Aldo sintió una contracción en la parte baja de su tronco. Los narcóticos no le impidieron recordar el cuerpo del agente 789U sobre el suelo, retorcido como un pavo apaleado. El hombre del parche parecía tranquilo, sin miedo, pero las horas de Aldo tenían fecha límite — : Pregunta lo justo. No confío en la gente. Cuando más sepas, más posibilidades habrá de que termine contigo. De lo contrario, seremos amigo, ¿entendido?

— Entendido.

— Déjame tu tarjeta de identidad.

Aldo sacó de su bolsillo la cartera.

— ¿Dónde estamos? — preguntó.

Rudolf sacó un cigarrillo y se lo puso entre los labios.

— ¿Tienes fuego? — dijo Rudolf.

— Hacer eso nos traerá problemas — dijo Aldo.

— No colaboras — contestó y sacó un pequeño ordenador portátil de color negro. Lo puso sobre la mesa y lo encendió. Tecleó unas líneas en el terminal. Después cerró la tapa. Sacó un mechero y encendió el filtro.

— Oh, no… — lamentó Aldo. El dispositivo que mostró Rudolf era antiguo. Apenas existían ordenadores personales en 2100. Ocupaban espacio, eran lentos y tenían sistemas obsoletos. En un primer momento, Aldo entendió que Rudolf era un chiflado masoquista. Le gustaba llamar la atención buscando problemas.

— Señor, disculpe… — dijo un empleado del establecimiento vestido de amarillo y caminando hacia la mesa — . No está permitido fumar aquí. Me temo que tendré que llamar a…

— Perdone, no lo sabía — dijo Rudolf con un acento inglés tosco y fingido. Apagó el cigarrillo en el suelo — . De verdad, ha sido un error. No pretendía molestar.

El ventilador del ordenador se aceleró. El empleado vio la vieja máquina sobre la mesa y después miró de nuevo a Rudolf y después a Aldo. Dios sabe qué pensó: si eran ciudadanos de alguna parte inexplorada del sur o meros delincuentes de Kraken.

— Está bien… No se preocupe — dijo el empleado dubitativo — . Simplemente, respete las normas.

— Así será — dijo Rudolf.

El chico desapareció de su vista.

— ¿Qué ha sido eso? — preguntó Aldo.

— Tenemos que irnos — dijo Rudolf — . Una patrulla está al caer.

— ¿Cómo lo sabes? — preguntó Aldo.

Rudolf dio un barrio y se levantó de la mesa.

— Lo sé — dijo — . Y punto. ¿Te mueves? No tenemos todo el día.

— ¿Cómo sé que puedo confiar en ti? — dijo Aldo.

Rudolf comenzó a caminar.

El empleado, al fondo, avisó de nuevo a Rudolf, obstaculizando la salida.

— Señor, un momento… — dijo.

Rudolf le pegó en el estómago con el puño cerrado y empujó su cuerpo hacia un lado.

— Tu propina, imbécil — dijo y salió corriendo. Aldo fue tras él.

La gente apenas se sorprendió. Miró al empleado en el suelo y regresó a su menú.

Corrieron varias calles entre el tráfico humano. Aldo lo alcanzó tras un intento desesperado. No sabía dónde se encontraba. Todo se parecía a su barrio, pero olía diferente. Vio una entrada subterránea, a varios metros del lugar en el que estaban.

— ¡Espera! — dijo. Rudolf estaba al otro lado de la calle. Entre los dos, una carretera con coches — : ¡Rudolf!

Se giró. Cruzó la calle.

— Escucha — dijo levantando el índice — . Si vienes, obedeces y callas. No preguntas, no por qués. No, por ahora. Si rompes las reglas, te juro que te haré así.

Levantó el pie y aplastó una lata metálica de Cyber-Cola.

Un coche de patrulla se detuvo frente al Burger Republika. Varios agentes armados salieron del vehículo.

— Está bien — dijo Aldo resignado — . Tú ganas. Haré lo que me ordenes.

— Perfecto — dijo Rudolf y señaló la boca de metro.

— Te sigo — dijo Aldo resignado — . No conozco este lugar…

Rudolf, que caminaba delante de él, comenzó a reír.

— Es normal… — comentó — . Estamos en Alemania.


A través de la ventana de una minúscula cocina, Aldo podía ver la parte trasera de un bloque de viviendas. Abstraído, observó un árbol que lentamente abría su flor con la llegada de la primavera. En sus manos, una taza de té verde.

— La vida siempre fue algo lento y placentero — dijo Rudolf haciendo espacio en la habitación — . La hemos convertido en un proceso rápido e irracional.

— ¿Dónde estamos? — dijo Aldo — . ¿Es esta tu casa?

Rudolf miró de reojo y emitió un graznido.

— No tengo casa — dijo.

— ¿De quién es?

— Un viejo amigo — explicó — . Eso no importa ahora.

Rudolf sacó pan de molde y unas lonchas de jamón para emparedados — : Es todo lo que tengo.

Aldo miró a la comida. No eran los mejores bocadillos que había probado. Tampoco entendió cómo Rudolf podía comer tras la huída.

La habitación parecía una pocilga de trastos viejos, estanterías con libros y material electrónico obsoleto. Teclados informáticos, apilados y desgastados como si fueran tabletas de chocolate. Ordenadores portátiles que entonces sólo se encontraban en los museos. Botellas de alcohol vacías, repartidas por la habitación y latas de conserva. Rudolf sacó dos cervezas de una nevera y las puso sobre la mesa. Después colocó el ordenador portátil antiguo.

— ¿Qué es eso? — preguntó Aldo — . ¿Qué ha pasado en el restaurante?

— ¿Quién eres? — dijo Rudolf — . Aldo, ¿qué más?

— Aldo Kirkin — dijo — . ¿Qué quieres saber?

Rudolf encendió su portátil. El ventilador interno sonaba como una maquinilla de afeitar. Tecleó con rapidez en una terminal negra.

— Vaya — dijo Rudolf — . Esos agentes han sido rápidos esta vez.

En la pantalla apareció un archivo de identificación de Aldo. Eran sus datos. Sin embargo, Aldo Kirkin era perseguido por las fuerzas del orden e inhabilitado. Una revisión acreditada por el Ministerio de Salud de Zona 1 catalogaba a Aldo como enfermo mental, reincidente y partícipe en actos terroristas y anti-sistemas.

— ¿Es una broma? — dijo Aldo sorprendido — . Además, la dirección de mi casa está mal. Yo no vivo ahí.

— Ahora sí — dijo Rudolf — . Son las coordenadas de un instituto mental.

— Esto es una broma — dijo Aldo nervioso. Se levantó y caminó por la habitación — : ¿Qué intentas hacer conmigo?

Rudolf se echó las manos a la cabeza.

— No soy tu enemigo — dijo Rudolf — . Recuérdalo. Esto es lo que realmente pasa.

— Mientes — contestó Aldo junto a una estantería — . Yo no soy un delincuente. Estoy seguro de que si lo explico todo…

— ¿Qué? ¿Te dirán que todo fue un malentendido? — dijo Rudolf — . ¿Quieres regresar a esa habitación?

Aldo se detuvo. Pareció haber olvidado aquel momento. El desarrollo tecnológico y la saturación informativa, creó nuevos hábitos de procesamiento mental. La mayoría de personas, almacenaba momentos emotivos de gran impacto, recordando siempre los últimos fotogramas. Aldo se vio a sí mismo, ante la presencia del agente 543X, el vaso de cristal y la pastilla — : Sal a la maldita calle. Sal, y verás lo que sucede.

— ¿Por qué yo? — preguntó Aldo.

— Olvídate del yo — dijo Rudolf — . Tú, yo, el camarero del bar… En este mundo, somos números. Antes y ahora. En las sociedades modernas, siempre lo hemos sido. Números de informes que no cesan de crecer. Cualquier excusa es buena para detenernos. No lo tomes como algo personal.

— Eres un terrorista, ¿verdad? — preguntó.

— Escucha. — dijo Rudolf harto — . Trato de ayudarte, sólo eso… pero si no colaboras, volverás a esa habitación.

Aldo tragó su impertinencia.

— Lo siento — explicó Aldo atormentado. Las piernas le temblaban — : La situación me supera.

— Normal — dijo Rudolf y colocó su parche — . No podremos estar aquí mucho. Tarde o temprano darán con nosotros y tendremos que movernos.

— ¿Cuál es el plan?

Rudolf volvió a mirar a Aldo. No supo bien qué decir.

— El plan es sobrevivir — dijo — . ¿Qué te parece?

Aldo no contestó y asintió con la cabeza — : Aquí tienes tu nueva identidad.

— ¿Ciphriano Starr? ¿El camarero del restaurante? — dijo Aldo — . ¿Qué clase de nombre es ese?

— ¿Vas a quejarte por todo?

— No — contestó — . Ciphriano Starr, joder.

— He visto cosas peores — dijo Rudolf.

— Alguien con este nombre se merece lo que le hiciste… — comentó Aldo mirando su nueva tarjeta de identificación. Rudolf se rió — : ¿Sabes? Yo sé quién eres.

Los músculos de Rudolf se tensaron.

— ¿Ah, sí?

— Te vi con esos tipos, una vez — explicó Aldo — . En Kraken.

— ¿Kraken? — dijo Rudolf — . Ah, sí. Esos idiotas. Deben estar ya muertos. Vaya… ¿Cómo me reconociste?

— Casualidad, supongo.

Aldo no quiso hacer mención a su parche ocular, pero Rudolf lo entendió.

— Ya.

— ¿Qué te pasó? — preguntó Aldo.

— Vas un poco rápido, ¿no crees? — dijo Rudolf — . Aún no sé si puedo confiar en ti.

— No he intentado matarte, ¿qué más esperas?

— Yo tampoco — dijo Rudolf — . Sólo espero que guardes silencio. Tengo trabajo que hacer.

— Esto es estúpido — dijo Aldo desquiciado — . De verdad. No tiene sentido. Me has salvado la vida, y te lo agradezco. Pero no te conozco de nada, no sé donde estoy. Puede que sea un sueño, una alucinación a causa de las drogas. Quizá aún esté en esa habitación. Esta situación me está ahogando. Tengo que salir y encontrar a la doctora Papapoulos.

De pronto, Rudolf se levantó y lo agarró del cuello, apretando con fuerza pero suficiente para no ahogarle.

— ¿Qué has dicho? — preguntó mirándolo con su único ojo.

— Me estás ahogando.

— ¡Eso no! — gritó — . Repite lo que has dicho.

— ¿El qué? — dijo Aldo contra la pared. Le faltaba el aire.

— ¿Conoces a Papapoulos? — dijo apretando los dientes, cara a cara.

— ¡Sí! — exclamó — . Me ayuda con los sueños…

Rudolf lo soltó y Aldo se recompuso.

— ¿Qué haces? — dijo Aldo colorado — . Estás jodido, tío.

Por una razón que Aldo no conocía, el nombre de Papapoulos le salvó la vida.

— ¿Sabes lo que son los sueños? — preguntó Rudolf — . ¿Te ha hablado ella del asunto?

— ¿Qué asunto? — contestó Aldo — . No lo sé. Ella me ayuda con mis alucinaciones.

— Interesante.

— No me gusta esa sonrisa que tienes — dijo Aldo.

Rudolf lo observaba como si tuviera un bien preciado delante de él.

— Vete acostumbrando a ella — contestó — . Tenemos mucho trabajo por delante.

— ¿Por qué son tan importantes los sueños?

— Mañana, las preguntas. Ahora, necesitas descansar — dijo Rudolf levantándose del sofá — . ¿Te gusta la Doctora Iwona?

— Es una mujer atractiva — dijo Aldo.

— Sí… — dijo Rudolf — . Sí lo es. Ha sido un día duro. Te despertaré en cinco horas.

— ¿Dónde vas a dormir tú? — preguntó Aldo. Había sólo un sofá.

— No te preocupes por mí — contestó — . Soy un superviviente. Puedo dormir en una silla.

Aquella noche, Aldo se acostó en el sofá y poco después cayó en un sueño profundo. Rudolf continuó trabajando en su ordenador, bajo la luz de un flexo antiguo de color amarillo. Se cercioró de que Aldo durmiese y se acercó a él.

— Maldita sea, ¿eres tú? — murmuró Rudolf.

Aldo movía las cuencas oculares, bajo los párpados. Estaba soñando.

Rudolf sacó una grabadora de cinta, un objeto obsoleto, pero indispensable para evitar las inspecciones policiales. Fácil de destruir con una simple polarización. Pulsó el botón de grabar y lo colocó junto a Aldo. Cogió su cerveza y lo observó desde lo alto. Aldo murmuraba, pero era ininteligible.

Caminó hasta una de las estanterías, movió dos tomos y sacó una pistola con silenciador.

Apuntó a Aldo, a su cabeza.

Rudolf colocó el pulgar sobre el gatillo.

— Lo importante no es mantenerse vivo, sino humano… — susurró en el silencio.

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