Adiós a la Soledad

Photo by Warren Wong on Unsplash

Estoy triste, le dije — eran eso de las 4:30 pm. Aun había buena luz.

Me pidió recostarme en el mueble, es bastante comodo, e inmediatamente me sentí a gusto.

Dos minutos después estaba viajando bajo hipnosis a un tiempo lejano, y que creía desconocido.

Una cama-cuna rodeada por barras de metal para evitar caídas. Y un cuarto casi cerrado con una ventana que permitía entrar un poco de luz.

Todo en absoluto lo recordaba bajo una extraña bruma que distorsionaba toda la experiencia visual. Estaba nuevamente allí, era de nuevo un infante. Estaba solo y me sentía solo.

Tengo 27 años y desde pequeño sufrí de una depresión intensa. Desde hace unos 9 años la he venido controlando, pero el camino ha sido largo y difícil. De cuando en cuando una aguda e indescriptible tristeza se apoderaba de mi en los momentos mas inoportunos, y jamás pude conocer la causa real de esta depresion.

Mírame a los ojos… y duerme

Durante mi estancia en la habitación, supe que en casa había alguien más. Aun así me sentí solo. Me sentí abandonado. Me sentí falto de afecto. Era una sensación gris y sobrecogedora, de la cabeza a los pies.

Allí supe que fue desde esa temprana infancia cuando se creó en mi el miedo al abandono, el apego, la tristeza y el miedo a la soledad.

Le conté a ese pequeño de las personas que vendrían, y de mis aspiraciones. Agradecí y perdoné. También encontré espacios en mi interior que antes no había explorado, me di cuenta de mi potencial y soñé un camino hacia el futuro que deseo.

Hablé conmigo mismo. Recorrí la soledad y vi lo que produjo en mi vida. Allí entendí que la soledad me hizo quien soy. Me impulsó a indagar, a leer, a transformarme. Me hizo buscar formas creativas para dejar de sentirme triste. Hizo que desarrollara habilidades y destrezas.

Pero ya era tiempo de decir adiós. Ya era tiempo de dejarla atrás. De dejar ir la soledad.

Después de la terapia con Esteban, los instantes de tristeza intensa se han esfumado por completo. Aún reconozco esos instantes en los que se supone debería aparecer, pero llegan como una racionalización del hecho de que en ese momento — en otro tiempo — estaría triste.

Por cierto, cuando abri mis ojos ya habia caido la noche.


Este texto corresponde a una historia real, escrita por la persona que vivió la experiencia. En este caso, no ha sido sometido a corrección de estilo.


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