La Hipnosis Erótica me dio los Orgasmos mas Intensos de mi Vida

Cómo la hipnosis puede intensificar enormemente las sensaciones de placer

Cuando me explicaron por primera vez qué es la hipnosis, estaba muy incrédula. Lo primero que recordé son aquellas caricaturas y películas en las que el hipnotista usa un péndulo para poner la voluntad de otra persona bajo su control. Me sorprendí al enterarme de que efectivamente funciona, y que ha sido usada durante cientos de años. Mucho menos imaginaba el potencial erótico que tiene.

El hipnotista me contó que la hipnosis es el arte de dar instrucciones a la mente subconsciente y que cuando estás hipnotizada, puedes alterar tu memoria y tus sentidos. También me contó que utiliza el trance para intensificar las sensaciones del orgasmo, al punto que resultan realmente increíbles. Y todo esto lo logra simplemente hablando y dando ligeros toques en la mano o en la frente.

Platicamos del tema varias veces y accedí a darle un chance. La curiosidad hizo que decidiera experimentar de qué se trata todo este asunto. Siempre he pensado que tengo una mentalidad muy fuerte, y creí que sería difícil ser hipnotizada así que no tenía grandes expectativas.

Aunque al principio mis nervios y ansiedad estaban a flote, tomamos un café, conversamos e hizo que me sintiera a gusto. Hablamos de temas cotidianos, de la hipnosis, y de lo que pasaría esa noche. Me explicó que la hipnosis es un estado natural en nuestro cerebro y que todas las personas entramos en trance al menos dos veces al día. También me contó que la hipnosis no es control mental como la tele suele mostrarlo, pues el hipnotista no puede obligarte a hacer algo contra tu voluntad o tus valores. Eres consciente de lo que pasa, e incluso puedes levantarte e irte cuando quieras, pues la naturaleza misma de la hipnosis obliga a que el proceso sea consensuado y voluntario. También conversamos acerca de mis límites y de lo que estaría dispuesta o no durante el trance.

Estar allí conversando se sentía natural y fluido. De manera que cuando escuché la frase -vamos a probar algo-, ya no había nervios ni miedo, solo intriga y expectativa.

Después me guió por un proceso en el que me pidió que me relajara y que pusiera mi mente en blanco. Casi nunca tengo la mente en blanco pero -para mi sorpresa- fue particularmente fácil. Mi cuerpo se sentía suelto y sin tensiones.

Durante la hipnosis oyes todo y estás consciente todo el tiempo. Seguí su voz y sabía todo lo que pasaba alrededor. Me guió a través de varios ejercicios en los que tenía que imaginar lugares y situaciones, y cuando me di cuenta me había convertido en una estatua. Bajo sus instrucciones, no pude mover ninguna parte de mi cuerpo. Luego algunas instrucciones más y la expectativa iba subiendo.

-Cada vez que te diga la palabra placer sentirás una descarga instantánea y poderosa de placer sexual, como si estuvieras siendo besada, o acariciada o frotada de la manera más erótica posible, comenzando a partir de ahora. Placer…

Justo allí mi cuerpo empezó a reaccionar. Instantáneamente empecé a imaginar a alguien cerca de mí, acariciándome, besándome, haciéndome sentir la persona más amada, haciéndome el amor como nunca antes. La sensación era sorprendentemente real. Cada cosa que imaginaba mi cuerpo lo sentía, cada vez que decía placer mi excitación crecía. Y aunque duró poco, fue delicioso. Luego nos movimos del café a un lugar donde pudiéramos estar a solas.

-Mientras vamos de camino vas a imaginar lo que viene a continuación, una vez que lleguemos. Y puedes empezar a notar cómo tu cuerpo simplemente reacciona cuando lo haces.

Es difícil de describir cómo este pequeño ejercicio fue la apertura a una noche loca, llena de placer, morbo, sensaciones y excitación. Conversamos un poco más, con mi imaginación volando a mil. Supongo que se dio cuenta. A veces incluso pensé que podía leerme la mente.

Me costaba concentrarme en la conversación. Cuestioné hasta qué punto mi mente y mi cuerpo llegarían en el trance, y anticipé miles de sensaciones excitantes. Pero nada de lo que imaginé se compara a la intensidad de lo que venía. También pensé en mis temores. Temí dañar la experiencia, y que no pudiera cumplir con las expectativas que tenía. Estaba hecha un mosaico recargado de emociones.

Entramos a la habitación y me ofreció sentarme en la cama. Me encantaba su seguridad. De nuevo me guió a través de ejercicios de imaginación y relajación. Llegué a sentirme muy tranquila y relajada, y aunque suene algo raro, un tanto sumisa, pero libre de poder decir NO en cualquier momento.

A continuación me guió por una serie de instrucciones. Me dijo que durante los próximos minutos la excitación que había venido sintiendo sería más grande, pero haría todo lo posible por ocultarla de él, y entre más tratara de ocultarla, más intensa se volvería. Minutos después, me encontré a mi misma sin poder mirarlo. Ambos sabíamos lo que pasaba, pero aún así traté de que no se diera cuenta. Sentí un cosquilleo por todo mi cuerpo que no hizo sino crecer. Preguntó si me pasaba algo, y cuando lo negué me sentí hervir. Entonces me quité la chaqueta, me acosté en la cama, y simplemente me dejé llevar.

Tomó mis manos y puso unas esposas hipnóticas en cada una. Era una sensación extraña. Sabía que realmente no estaban ahí, pero a pesar de ello mis manos estaban totalmente firmes. Eran iguales o más firmes que unas esposas de acero.

Después de ello introdujo nuevas palabras. Borde, y me sentiría al borde de un orgasmo. Orgasmo, y es evidente lo que pasaría.

Cada vez que decía placer, sentía besos, caricias, me sentía penetrada cada vez más fuerte. Y cuando él quisiera: Boom! Llegaba al borde. Era una locura, era sentir el orgasmo ahí, llegando, pero por más de que lo deseara no podía tenerlo.

Entonces lo permitió, y salió esa pequeña palabra. Orgasmo. Es difícil imaginar cuanto amé que lo dijera.

Desató una intensidad de placer que no pensé que fuera posible. Lo dijo una y otra vez, y causó todos los orgasmos que nunca logré tener. Uno tras otro. Delicioso. Sentir allá ese cosquilleo, sentir un calor incontrolable, y sentir como la humedad allá abajo era mucha. La excitación, el morbo, la locura, cada vez obligándome a desear más.

La última palabra fue: sensible. Me instruyó para que cuando la dijera, la sensibilidad de mi cuerpo iba a aumentar al máximo. Cada mínimo toque hacía que me retorciera de placer, agarrara la sábana, ocultara mi cara con la almohada. Me masturbé sin pena alguna. Bajé mi pantalón y toqué mi clítoris. Luego toqué mis senos, y me enloqueció ese cosquilleo que empezaba desde mis pezones, recorría todo mi cuerpo y llegaba hasta mi vagina. Dijo de nuevo sus palabras mágicas, desatando varios orgasmos intensos, de los cuales solo mis gemidos eran testigos de lo que sucedía. El tocarme mucho más cerca, más rápido, y con una sensibilidad tan alta, logró que tuviera uno de los orgasmos más fuertes. Sentí un retorcijón dentro de mí, un cosquilleo en toda la punta del clítoris, una ola de calor por todo mi cuerpo.

No era cualquier tipo de placer. Era ese placer verdadero, ese que hace que tu yo interior salga. Simplemente tan natural, sin forzar nada, sin fingir cosas que no suceden. Ese placer que pocas mujeres lograr sentir verdaderamente.

Descansé unos minutos y puse mi mente en blanco. El empezó a jugar con mi memoria. Con un toque en la frente hizo que olvidara mi nombre.

Cómo te llamas?

Joder, quedé en un punto donde mi mente voló. Hizo una trayectoria de toda mi vida y no supe que responder.

Cómo te gustaría llamarte?

Luego de pensar en varios nombres, quise ser Isabella.

Me encantaba, me sentía mucho más segura, más poderosa.

Descansé por unos minutos, y decidió que me haría sentir placer pero dejándome al borde. No podría tener un orgasmo sin su permiso, y debía convencerlo de que me dejara. Esto lo hizo más excitante, pero me daba miedo. Miedo de que mi cuerpo explotara. El placer aumentó al punto de que supliqué que me dejara venir. Le decía con una voz chillona que por favor, me dejara llegar. No pedía más que eso, le repetí muchas veces por favor, hasta que finalmente accedió, dejándome sentir el orgasmo más fuerte de toda la noche. Fue extenso, placentero, morboso, delicioso, y quedé exhausta.

Recuerdo que mi mano izquierda me dolía bastante, pues mis uñas hicieron de las suyas. Sin pensarlo y en cuestión de segundos hizo que el dolor cesara.

Continuamos jugando. Esta vez el juego involucró otros sentidos: el olor y el gusto. Me dijo que en ese momento podía experimentar cualquier cosa, cualquier olor, cualquier sabor, o tener cualquier objeto, que todo era posible. Respondí que quería probar un gel caliente.

Curiosamente, tengo uno en mi bolsillo.

Dijo mientras hizo un guiño. Sacó su mano del bolsillo (sin tener nada en ella), y me lo dio. Lo destapé, lo olí, y lo apliqué en mis manos y en mis senos. Tenía un olor exquisito a uva. Dejé pasar unos segundos y soplé. Sentí un calor delicioso en ambas partes. Lamí cada uno de mis dedos y pude saborearlo. Me toqué, me acaricié, y con un pequeño y corto orgasmo terminó todo.

Finalmente, unos minutos de descanso, una cuenta regresiva, una botella de agua y estaba fuera del trance. Me sentí completamente agradecida con el hipnotista por haberme dado la experiencia sexual mas intensa de mi vida. Y aunque sentí un poco de vergüenza por estar despeinada y con el maquillaje corrido, salí feliz y tranquila.

-Isabella-


Este texto corresponde a una historia real, escrita por la persona que vivió la experiencia. Para comodidad del lector, ha sido sometido a una corrección de estilo, proceso en el cual la autora estuvo presente. Puedes leer el escrito original haciendo clic aquí.


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