Paseo en delfín

“¡Bienvenidos a la Venecia de América! ¡La maravillosa ciudad de Asunción que resurgió de las aguas!”

Así me dio la bienvenida un cartel en la entrada del aeropuerto. Al bajar del avión sentí la ola de humedad agobiante, tan característica de los veranos de mi infancia. Volvía después de treinta años.

Al comienzo me opuse rotundamente a volver. Estoy viejo, me molesta la rodilla, no quiero volver porque todas las personas a quien conocía ya están enterradas o no viven más allí. Pero los de la editorial insistieron. ¿Quién mejor para escribir un reportaje sobre Asunción que alguien que vivió ahí gran parte de su vida? ¿No te da curiosidad ver tu ciudad bajo agua?

No.

¡Pero, está súper cambiada!

Y por eso es que no quería volver.

Cuando fui a Nueva York, lo hice pensando en quedarme solo unos meses. Pero me quedé, me rompí el lomo y llegué a trabajar para la editorial. Fue el sueño americano para un sudamericano. A través de los años seguí más o menos lo que ocurría en Paraguay: lo del obispo presidente con hijos (solamente ahí tenía total y completo sentido esta oración), los secuestros, el crecimiento económico que jamás estuvo a la par con el crecimiento en la cultura y la educación, una o dos películas muy buenas en los últimos años, etc. Cuando me enteré que habían conquistado al raudal según los noticieros, no pude contener la risa.

Empezó en 2014, con una de las inundaciones más grandes en los últimos tiempos. El río Paraguay había crecido 20 metros, casi el doble de la última vez que se había inundado en 1983. Después de dos meses de lluvia incesante, miles de damnificados y una catástrofe de proporciones inigualables en el país, el gobierno decidió adoptar a los raudales y beneficiarse de ellos. Empezó la campaña de pluvialización, y hasta inventaron la palabra para sus efectos. Asunción se volvería acuática y en tan solo diez años, como Venecia pero sin hundirse. No seguí de fondo el proceso de pluvialización. Pero sí me sorprendí cuando aterrizábamos y en vez de ver el follaje verde que me despidió hace tres décadas, vi edificios y calles de agua.

Esperé media hora en la entrada del aeropuerto, desconcertado por volver a escuchar guaraní y todavía entenderlo. Primero pensé que había visto mal la hora, ya que según recordaba, se debía citar a la gente para las 2 si quería que se llegue a las 3. Jamás llegó la persona que debía buscarme. Salí y efectivamente no había calle, sino túneles de agua entre casillas y botes estacionados. Llegó uno que me hizo acordar a los ferries de Manhattan en versión miniatura. Al costado del bote decía Buquebus, línea 50, KMILA y KRLOS, con la misma tipografía de los micros paraguayos de antaño. Tomé el buquebus después de pelear con el chofer porque no tenía cambio, y me dirigí hacia lo que alguna vez fue el centro de Asunción. A las 8 de la noche tenía mi cita con Teodoro González, el sociólogo que estudió el cambio de la ciudad después de las inundaciones.

Me senté adelante, al lado del conductor, donde podía tener una buena vista de la ciudad. En esa avenida principal o mejor dicho, canal principal, había puestos de lomitos, ferreterías, supermercados y locales de buquetaxis por doquier. Alrededor pasaban lo que creía eran jetskis que tiraban carritos con reciclables. A lo lejos, un policía municipal multaba a alguien. Pregunté al conductor por qué lo multaba, y me dijo que era porque no llevaba puesto chaleco salvavidas. No me molesté en recalcar que casi nadie llevaba puesto chalecos salvavidas, pero es esa clase de lógica que siempre escapó a este lugar.

Un barco enorme pasó al costado del buquebus a toda velocidad, perseguido por una lancha con luces de policía. Del costado del barco, unos hombres tiraban cajas de tomates, peras y papas al agua. Podía jurar que también tiraron unas gallinas, pero el barco ya se había alejado demasiado. Lo miré al conductor, que sin que le pregunte me dijo:

-Es un barco de contrabando. Traen productos de argentina.

Llegué al hotel después de casi dos horas de recorrer la ciudad, y cada vez me arrepentía más de haber vuelto. ¿Cómo explicaría todo lo que vi nada más en una tarde? Tomé algunas fotos, como la del perro que nadaba con un chaleco, el puesto de verduras flotante, y un yate de lujo gigante que casi atropella a varios jetskis y algunos aventurados que andaban en bicis acuáticas. Pero el caos pluvial era indescriptible. Había semáforos colgantes y bayas que marcaban los carriles donde podían circular, pero nadie respetaba nada. Los jetskis se adelantaban a todas las lanchas más grandes, que al parecer eran los barcos predilectos de la clase media-alta. El buquebus donde iba también se adelantaba sin cuidado, y pasó uno de los semáforos en rojo. Varios metros arriba, la gente cruzaba de un lado al otro en puentes, y de tanto en tanto tiraban su basura al agua, que era casi verde. Y tal como en mis recuerdos, el kilombo, (sí, así se le llamaba al caos acá) tenía un cierto orden que todos respetaban. No respetaban el orden establecido, sino el suyo. Si no puedes contra ellos, unételos.

No quería más salir de mi habitación. El calor me estaba afectando y el barullo de la tarde me dejó agotado. Leí el diario después de ducharme, para solo cerrarlo espantado. En uno decía: “Millonarios y su nuevo lujo: Importan delfines para que estiren carruajes acuáticos.

Me llamaron del lobby a las 8 en punto. Teodoro me estaba esperando abajo. Cenamos en el restaurante del hotel. Era un hombre formidable, de más o menos mi edad pero tirando más hacia los 60. Después de las introducciones y preguntas personales incómodas que sabía que me haría, fuimos al grano.

-La historia oficial de cómo empezó la pluvialización de Asunción dice que fue un esfuerzo del gobierno para solucionar el tema de los raudales. Pero, lo que no entiendo es por qué esta solución tan dramática fue mejor que simplemente arreglar las calles, -le pregunté.

-Bueno, así fue la cosa. Para cuando empezaron a bajar las aguas, la gente ya se había adaptado a convivir con ella. Este sistema de buquetaxis, jetskis, y buquebuses ya estaba en funcionamiento, sin regulación del gobierno. En las partes bajas, hacia la Chacharita y Pelopincho, la mayoría de las casas precarias ya tenían sus muelles y puentes superiores. Lo que el gobierno hizo fue copiar el modelo, primero porque era época de elecciones y tenían poco tiempo para solucionar el problema, y segundo porque vieron que funcionaba. ¿Para qué luchar con el agua si se podía vivir bien con ella? Dicen también que algunos de los senadores eran dueños de la empresa que convertía autos en lanchas, pero eso nunca se confirmó oficialmente.

-¿Y en qué consistió el proceso de pluvialización?

-Lo primero fue desbordar el río. Cavaron en todas las calles, donde algunas se inundaron solas por el agua subterránea. Después fueron llenándolas con agua no más. En pocos meses se recuperó el río, y la ciudad ya tenía sus canales. La mayoría de la gente estuvo de acuerdo, y los que no, bueno. Como siempre tuvieron que aguantárselas, -me contestó, y siguió atacando a su Surubí. No parecía tan interesado en la conversación, pero para esto fue que lo cité. Empecé a hablar, cuando me interrumpió.

-Mirá. Yo sé que parece descabellado. ¿Vos viviste acá antes de todo esto verdad? Me imagino que te acordás que era prácticamente lo mismo, solo que con autos. Desde la pluvialización se redujeron las muertes por accidentes de tránsito, se llega más rápido a cualquier lado, y la gente aprendió a organizarse. Sí, tuvimos que pagar el costo de perder nuestros árboles y el verde, pero mirá lo que es ahora. Hay más turismo, más plata entra al país. ¿Cuando terminemos de comer no querés pasearte en delfín? Llegaron hace una semana no más pero ya se están adaptando al calor y las aguas no tan limpias.

Suspiré, y le dije -Bueno, vamos. Vamos a pasear en delfín.

Tendría que sacarme mil fotos para que me creyeran, y ya sabía cómo empezar la nota para la editorial.

Si no puedes contra ellos…

Publicado originalmente en http://fundacionitau.org.ar/wp-content/uploads/downloads/2014/11/alejandriaitau201426noviembre.pdf

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