Triunfos cotidianos en el transporte público

Foto: Elías Leonardo

Si usted suele viajar en transporte público en la Ciudad de México es muy probable que haya sido autor o testigo de triunfos efímeros e intrascendentes pero cotidianos. Me refiero a los habituales logros que alegran la vida durante unos cuantos segundos al usuario vencedor.

Tomemos de ejemplo la batalla por un asiento, auténtica lid sin distinción de género. En un escenario como el interior de un vagón del metro, hombres y mujeres sacan lo mejor de sí para empujar, gritar, insultar y jalonear cabellos cuando un lugar se desocupa o está vacío. Algunos recurren a mochilas, bolsas y portafolios como aliados no para golpear, sino para lanzar el objeto con el propósito de apartar el trono deseado. El ganador, entiéndase el usuario que consigue sentarse, presume su gesta heroica mirando y sonriendo con desdén a los caídos, volteando a todos lados en busca de aplausos que reconozcan su proeza.

Si nos adentramos en una estación del metrobús, la lucha se efectúa en la puerta de ascenso y descenso de pasajeros. Bajan tres, quieren subir diez, sin embargo, solamente cabe uno. Entre movimientos tipo Tetris siempre hay un triunfador, quien generalmente obstruye el cierre de puerta; cumple con su cometido de abordar y celebra su hazaña alzando la frente como queriendo demostrar con altivez que los retos superados son lo suyo.

Un caso incomprensible puede apreciarse en las estaciones de metro que cuentan con rampas de escaleras eléctricas. Para empezar, nadie quiere subir por los escalones inamovibles aún cuando traigan mucha prisa, por lo que se recurre al arte de correr y pelear por un lugar en la fila de los escalones que sí se mueven. Imposible pensar en formar dos hileras ordenadas con calma desde el inicio, pues el plus está en hacer hasta cinco filas amenizadas por la maña de “meterse en la cola” para conquistar el cupo de ir “primis”. Y todo para que al final el gusano humano se reduzca a dos hileras sí o sí. Aquí el vencedor observa desde arriba a los perdedores que van abajo regalándoles un gesto soberbio que parece decir “soy el mejor”.

Eslabón de lo anterior es la pequeña curva que separa a una escalera eléctrica de otra. Luego de que las dos filas ascendieron, se rompen otra vez en cinco hileras. En un espacio de 40 centímetros se conforma un caldo de cultivo impresionante donde resaltan los poderes mágicos de aquellas personas que venían abajo y de repente lograron colarse para ir arriba. La medalla de oro es para el que apaña un hueco en la curvita, manifestando su júbilo dándole la espalda a los vencidos. Lo sublime es cuando las cinco filas en 40 centímetros vuelven a su cauce natural de dos hileras.

Así los triunfos de todos los días celebrados por unos cuantos segundos.