SIN PALABRAS

(Una historia muy particular, aunque… como tantas otras)

El día amaneció nublado, el cielo encapotado anuncia lluvia, pero eso no me quita la sonrisa. No sé en realidad como empezó, en que momento paso de ser preocupación, a miedo y de miedo a curiosidad, para terminar en amor.

Nunca fui muy bueno socializando. Me llevaba mejor… me llevo mejor con la música, aunque ahora de una manera bastante distinta, más reflexiva. En realidad, tampoco el cambio fue merito mío. Yael entro en mi vida de sopetón, y sin preverlo se apodero de mí. Me había mudado a San Antonio hacía tres meses, más o menos, cuando la conocí.

San Antonio es una ciudad bastante alejada del barullo capitalino. Es un lugar alegre, agradable y muy transitado. Tiene una gran plaza y todas las calles arboladas. Mucho verde para mi gusto, un color esperanza bastante cursi. Una gran terminal y el casino son los centros de atracción más concurridos. El anexo de la universidad, queda en uno de los extremos de la ciudad, que está poblada por miles de estudiantes.

Mi casa es una más del montón, bastante alejada del centro, por lo que tengo que caminar muchas cuadras. Podría ir en moto, antes lo hacía, pero desde que la conocí caminar hablando con ella se volvió una de mis actividades favoritas.

Hoy a pesar de la lluvia, creo que va a ser un gran día. Estuve practicando como le prometí. Con ella nuestros días son un constante aprendizaje, ingresar en otro mundo.

Recuerdo mi primer día como universitario, había sido un caos, había llegado tarde a todas las clases. Pero pronto me adecue gracias a mis…a los que creía mis amigos.

Gastón alto y corpulento, no era de acá, viajaba desde otra ciudad todos los días. Me pareció un sacrificio importante, yo no hubiera sido capaz, menos por estudio; más, teniendo en cuenta lo mucho que odio viajar. Lucas, sin embargo, a pesar de ser alto, no me superaba en estatura y era más bien delgaducho. A él la universidad le quedaba a mano, vivía a dos cuadras. Era más cómodo así, aunque pensándolo bien, tenía que ingeniárselas demasiado para tener una excusa aceptable si quería faltar. Al finalizar la semana ya sabíamos bastante cada uno del otro. Me caían bien.

Con el paso de los días, adopte una costumbre que había dejado hacia bastante tiempo: salir a correr por las noches. Volver para la cena y después seguir con la actividad, cualquiera fuera: dormir, estudiar o salir con los pibes. Correr me ayudaba a descargar tensiones, de camino a casa cada noche pasaba por un viejo club al que nunca le había prestado demasiada atención.

Una tarde fuimos con un grupo de amigos de Lucas a jugar al futbol. La verdad que la gente de ciudades chicas es muy diferente de las que yo conocía. No faltó quien bromeo con “el nuevo” o “el de la cuidad” pero las bromas no pasaban más de eso.

Con el paso de los días, bromas reiteradas a las que no había prestado atención, comenzaron a resonar en mi mente: Gastón durante una tarde de futbol bromeo con la “familia rara”:

— ¡Pagá el asado! — me gritó — o te encerramos en la casa de los raros — todos habían roto en carcajadas.

— ¿Qué significa eso de la familia rara? — pregunte después de haberlo escuchado varias veces.

— La familia de a la vuelta de tu casa — señalo Lucas.

— ¿Por qué raros?

— Son una familia de raros. La pareja y la hija, ninguno habla, la chica ni siquiera va a la escuela, es una retrasada.

— ¿Por qué no hablan? — La verdad, me llamó mucho la atención.

— No hablan, hacen gestos raros, gritan, pero todos son mudos, se los ve poco, casi nunca están en la casa.

— ¿Dónde van?

— ¿Sos policía y no me entere? Nadie sabe, los vecinos los miran mal, no son muy normales, la verdad es mejor tenerlos lejos, aunque la chica está para darle — reflexionó y volvió al relato — . Hacen gestos raros, ponen la música fuerte a veces por horas, deben estar locos.

— Hacen aquelarre — comentó Gastón que hasta ese momento solo había disfrutado de la descripción de la familia.

— Aquelarre-viento y nadie se entera — saltó Lucas y ambos empezaron a reír a carcajadas. Me reí con ellos, aunque no me había causado demasiada gracia.

Dubitativo, quede interesado por aquella familia. ¿Quiénes eran en realidad? Alguna explicación debía existir para aquella familia “extraña”.

Un lunes feriado, aburridísimo, en el que no sabía qué hacer, decidí salir a caminar. Sincronicé algunas playlist de Spotify, conecté los auriculares y salí. Caminé, tarareando canciones por las calles vacías, hasta tener frente a mí un club bastante abandonado. Los muros que lo rodeaban eran viejos, despintados, llenos de moho y humedad, huellas de años de abandono. El club tenía una extensión al aire libre, con dos canchas deportivas y un gran galpón techado. Era el mismo que cruzaba todas las noches, pero de día su aspecto era muy diferente.

Noté, por su aspecto, que ya casi nadie lo visitaba, seguramente desde que se había inaugurado el nuevo Club Universitario. Encontré solo un hombre cuidándolo, para los pocos chicos que usaban las canchitas. Era un lugar ideal para descansar un rato, el silencio era bastante tranquilizador y envolvente. Sonreí hacia mí mismo, como si aquel lugar me llamara a entrar, así que entré.

— ¿Te puedo ayudar? — una voz fuerte me asustó.

— Sí, no, en realidad solo quería estar tranquilo un rato — conteste después de sacarme el auricular del oído derecho.

— En este lugar no quiero problemas pibe.

— No, no, para nada — le sonreí pacíficamente.

— Bien, no quiero problemas: amoríos, alcohol y cigarrillos afuera.

— Sí, señor — me dirigí hacia las gradas de la derecha.

Caminé a pasos lentos, casi arrastrando los pies, estaba desganado. Me acomodé, y casi de inmediato algo llamo mi atención. En las gradas de en frente, en la esquina más alejada noté una silueta femenina. ¿Quién era? No la había visto antes, estaba seguro, a pesar que, con la poca luminosidad de esa zona, no llegaba a verle claramente el rostro.

Me acerqué a las gradas y comencé a estirar los músculos para no acalambrarme, aunque la dirección en la que me posicione fue estratégica, para observarla por largo rato. Se veía abstraída, entretenida aparentemente dibujando. Su cabello castaño claro, y lleno de ondas ocultaba parte de su rostro. Tenía el cuaderno en sus manos y una mochila descansaba a sus pies. Cuando las nubes liberaban al sol y la luminosidad ingresaba con mayor intensidad podía verla sonreír. ¿Quién era?

No había notado el largo rato que estuve observándola. Cualquiera que sí lo hubiera hecho me hubiera tildado de acosador.

— ¡Acá estabas! — gritó Gastón y giró la cabeza hacia donde yo miraba, mucho antes de que me percatara — ¡Ah es esa!

— ¿Quién? — pregunte volviendo a mirarla, como si no la hubiera notado antes. No engañaba a nadie.

— La rara — sonrió con malicia Lucas.

— ¿Por qué no se dejan de joder con eso?

— Es lo que es, ¿nos vas a acompañar? — Gastón palmeó mi hombro con camaradería.

— No, tengo otros planes.

— ¡Vamos! Podemos sacarle provecho al día, ¿un partidito?

— Gracias, pero no.

— Nos vamos a divertir, así sacas esa cara de culo que se te pegó hoy.

— Yo tengo cara de culo, pero vos sos sordo, ¡te dije que no! — de verdad quería quedarme tranquilo.

El movimiento y alboroto llamo su atención, al vernos ella pareció disgustarse, juntó sus cosas rápidamente y se alejó.

— Pero… — Gastón iba a insistir, pero no se me pasó por alto el codazo que le pego Lucas “muy” disimuladamente.

— Dejalo… — Lucas observó a la joven alejarse — …Ya encontraremos diversión, sin este creído — se despidió, con una sonrisa cargada de enojo.

El brillo en sus ojos no me gustó nada, conocía esa mirada y no auguraba nada bueno. Cuando se hubieron alejado de mi vista salí a seguirlos. A pocos metros los encontré molestándola.

— Ey, ey, — les grité para detenerlos — ¡déjenla!

— No pasa nada — sonrió soltando a la joven que luchaba por separarse de ellos — es muda, no va a contar nada.

— ¿Y eso te hace más hombre? — Hable al tiempo que me interponía entre ella y ellos.

— Tranquilo, la podemos compartir, pero yo primero — sonrió.

— ¡No la tocas! — lo empujé, dándole tiempo a ella de alejarse.

— ¿Y quién lo dice? — ahora Lucas, recuperando el paso perdido volvía a enfrentarme — La chica no va a decir nada, no seas maricón es solo una joda.

— Ella no, ¡pero yo sí! Y si no se van se les arruina la jodita.

— Ya veo — dió otro paso hacia delante.

— Dejalo — intervino Gastón — podemos buscarnos alguna otra.

— Pensé que eras de los nuestros, no un marica pollerudo.

Quiso tirar un golpe certero a mi nariz, pero lo esquivé. Iba a golpear de nuevo, pero Gastón paró la pelea aludiendo que era muy poca cosa como para que se ensuciaran las manos conmigo. Me daba igual, lo importante es que ella ya les había sacado ventaja, aunque todavía estaba al alcance de mi vista. Cuando se hubieron ido, corrí hasta ella.

— ¿Estás bien? — pregunté caminando detrás, pero me ignoraba — . ¿Te lastimaron? — insistí.

Al ser ignorado, acerque mi mano a su hombro derecho, causándole un gran sobresalto. Emitió un gemido entre dientes e intento evadirme.

— ¡No, no! Por favor, no quiero lastimarte… — noté la mancha de tierra en su campera, la señale, estaba tan asustada que me preocupo haber llegado tarde — ¿te lastimaron? — ella continuaba callada, solo observándome — ¿Cómo te llamas? Si no queres hablarme, lo entiendo, yo…

Ella levantó una mano hacia sí misma, señalando su oído. Emitió un sonido débil con sus labios al tiempo que negaba con su dedo. Me quedé atónito por varios segundos. Mi cabeza y mis labios no lograban conectarse. Creía entender lo que me indicaba, y se me venían a la mente las voces de Gastón y Lucas: “es rara”.

— ¿No… no escuchas? — levanté la voz en vano y me reí sintiéndome estúpido. Pero ante mi risa ella volvió a esquivarme — No, no, por favor, no me rio de vos… yo… — veía su cara de duda y se me helaba la sangre de impotencia. No sabía cómo hablarle, hasta que note el cuaderno que colgaba de su mano derecha, el que había estado leyendo por horas. Entonces, tuve una idea, lo señalé cautelosamente y escribí sobre mi palma con un lápiz imaginario, y ella me entendió: me entrego su cuaderno, en una hoja en blanco.

“No quiero asustarte ¿Cómo te llamas?”. Ella tomo el cuaderno con desconfianza y observo. Al cabo de pocos segundos sonrió a medias y pidió el lápiz que tenía en manos, escribió algo y me entrego el papel, donde leí: “Llamo Yael”.

— Yael, te llamas Yael — la observé sonriente por poder saber su nombre y volví a frustrarme dándome cuenta que no podía oírme. Ella sonrió un poco y me encandiló. Era hermosa, de tez clara llena de pecas y unos ojos color miel preciosos. Tenía una mirada inquisitiva y a la vez tan inocente que me cautivo. Rápidamente logro tener toda mi atención.

Debía parecer un tonto ahí, mirándola, porque extendió la mano volviendo a pedirme el papel. Mientras ella escribía, yo había tenido el tiempo suficiente para seguir observándola. Me devolvió el papel: “gracias por ayudar”.

— De nada — sonreí. Creyendo que no me entendía así que volví al papel: “Me llamo Máximo, un gusto conocerte”. Ella asintió y para mi sorpresa, habló. Su voz era extraña, gruesa, profunda y con una entonación poco habitual; al mismo tiempo subió su mano derecha hasta su cuello y con el índice señalo una mancha marrón de forma triangular, parecía una marca de nacimiento. Imité el movimiento sobre mi propio cuello sin entender. Ella volvió a hablar:

— Seña mía — dijo.

— No sos muda — seguía levantando la voz en vano. Su rostro reflejo el disgusto. Tomo el papel de mis manos casi arrancándomelo y volvió a escribir: “Muda no. Sorda. Personas piensa yo sordomuda ¡No!”. Los signos de exclamación estaban resaltados varias veces — . Entiendo, solo sorda — Yael asintió — ¿Cómo podés entender lo que hablo? — articulé las palabras con claridad, intentando ayudarla. Pero ella rió con más fuerza haciendo que el calor quemara en mis mejillas. Nuevamente con el papel y una dulce sonrisa en los labios se puso a escribir: “Habla bien, no vos payaso, yo entiendo”.

— ¿Yo payaso? — fingí ofenderme, me divertía estar siendo el centro de sus bromas, y verla sonreír. Ella me imitó divertida, una copia perfecta de lo estúpido que había sido, después señalo el camino. Tenía que irse, no quería dejarla, pero nos despedimos.

Ese día sentí que mi mundo había cambiado. ¿Cómo sería su vida? Un mundo en silencio. No era rara, no era loca, no era muda. Era una joven atractiva, pensé en los motivos por los que nos encontramos: Lucas y Gastón molestándola. ¿Mucha gente la molestaba? Recordé que ella era la hija de la familia rara. ¿Sus padres también serían sordomu…? No, no eran sordomudos, ella hablaba, ¿Serian sordos?

Corrí hasta mi habitación. No sabía nada sobre sordos, pero ella me interesaba. No importaba que pudiera o no escuchar. Abrí Google, sabiendo muy poco y deseando saber todo, solo escribí “sordo” y los resultados fueron millones. ¿Por dónde empezar? Leí, leí y leí uno a uno varios sitios. Había todo un mundo detrás de las personas sordas: tenían comunidades, valores, una lengua y costumbres distintas. Averigüé hasta cansarme y cuando mi cabeza comenzó a sobrecargarse de datos, busqué un cuaderno para tomar apuntes de todo lo que me interesaba.

Al día siguiente, volví al club después de clase, y ahí estaba. Al otro día también, y al siguiente. Todo se volvió habitual. Poco a poco empecé a comunicarme con ella. La primera vez que intentó enseñarme fue una experiencia única.

“¿Vas a la escuela?” Le escribí. Asintió sin despegarme la mirada. Tomo el papel y comenzó a escribir sin dejar de sonreír. Esperaba una explicación extensa, pero solo leí una palabra: “escuela” ¿Qué significaba eso? desorientado, al mirarla noté a Yael con sus manos en una posición extraña, una mano con los dedos en una exacta coordinación golpeaba suavemente la otra. Dudé hasta que al final entendí.

— ¿Eso es escuela? — copié sus movimientos, lleno de entusiasmo.

Pero ella me detuvo y comenzó a hacer movimientos muy lentos con sus manos. La magia de sus dedos me hipnotizó, sus manos danzaban lentamente en el aire. Pude ver, literalmente, una personita dirigiéndose hasta esa escuela, ingresar en ella, sentarse y encontrarse con muchas otras personas con las que podían mover las manos.

— ¿Una escuela de sordos? — sonreí sorprendido.

Yael asintió. Entusiasmado por empezar a comprenderla, volví al papel: “¿tus papás son sordos?” Tomo el papel y luego de leerlo, respondió con una seña, en sus labios con una voz muy baja se oyó: “sordo, si”. Imité sus movimientos. Me sentía extraño, y a la vez tan sorprendido. Era un ignorante frente a ella.

— ¿Y vos…? — había algo que deseaba saber. Moví las manos varias veces sin saber con qué fin, hasta que las dejé caer sobre el cuaderno y volví a escribir: “¿Vos tenés amigos?”.

Sonrió alegre al leerlo y sus manos se aceleraron un poco. Al notar que no podía seguir su ritmo, volvió a esa manera de gesticular, tan clara y delicada que parecía dibujar un mundo frente a mí. En el trascurso de ese hablar en el espacio y expresar a través de gestos, logré diseccionar el discurso hasta rescatar varias señas: amigos, hablar, comer, casa, auto, pasear. Muchas de esas señas se acompañaban por su habla, o el movimiento de sus labios.

Ella creaba un mundo frente a mí. Y yo, le causaba gracia con mi cara de idiota al verla. Nuestras miradas se conectaban y transmitían más mensajes que los que intentábamos entablar entre el espacio y el papel. Yael se perdía en sus relatos, como si viera el mundo formarse, modelarse y hasta recrearse una y otra vez frente a ella. Había algo que me hacía desear pasar más tiempo juntos. Entonces, cuando ya no sabía que más contarme, volví a preguntar: “¿Y novio?”.

Su mirada confusa, fija en aquella pregunta me lleno de terror. Tal vez me estaba confundiendo y todavía no era tiempo. Su respiración pausada se volvió eterna, hasta que, al fin, apareció una leve sonrisa. Levantó la vista hacia mí y examino mi alma a través de mis ojos. Luego, con el cuaderno frente a ella, pensó varios segundos antes de comenzar a escribir.

Cuando terminó, dejó el cuaderno a un lado y con los ojos fijos en mí, sonrió. Hizo varias señas que aceleraron mi corazón, luego sin preámbulo me besó. La magia había iniciado. Aun flotando en el poder cautivador de su aroma y la magia de sus manos, quise hablar.

— Sos muy, vos… yo quiero que nosot… — sentía pavor de no ser comprendido, de arruinarlo, entonces, ella lo solucionó. Tomó el cuaderno junto a sí y me lo entregó. Con el cuaderno en mis manos, luché por despegar mis ojos de ella, cuando al fin observé el papel, solo encontré un muy corto mensaje: “Sin palabras”.

Sonrió, ante mi desconcierto por esa frase, y apoyando sus manos sobre las mías, busco mis ojos. Nuestras miradas se volvieron a encontrar. Entonces, tras un largo y dulce suspiro empezó a mover sus manos nuevamente frente a mí.

Y comenzamos a hablar, sin palabras.

Elizabeth Canteros (Argot)