Dos de tres

"¡Usted es dañino para mi salud mental!" –Fue el último mensaje que recibí de ella. Hace meses que intenta sacarme de su vida, dos de tres veces lo ha logrado.

Antonia es la luz de mis ojos desde siempre –siempre desde que la vi–; mi amiga, mi confidente, mi amante, mi familia. Ella es todo.

Nos conocimos hace tres octubres en un bar de mala muerte en un pueblo aún más feo. No recuerdo cómo fuimos a parar allí, pero le agradezco a la fortuna –porque solo pudo ser esta– haberme puesto ese día en ese sitio.
Ese 19 de octubre mi vida cambió para siempre. Yo recuerdo la fecha, apuesto a que ella no porque a ella esos detalles no le importan.Luego de meses saliendo juntos, formalizamos nuestra relación de la manera más excitante que un hombre podría desear: terminó de hacerme sexo oral y me pidió que fuera su novio. Ninguno de los dos creíamos en etiquetar cosas, le dije que sí encantado. ¡Al diablo mismo le hubiese aceptado después de semejante orgasmo!

No creí que una persona lograra ser tan feliz gracias a otra. Todo el tiempo que me regaló a su lado disfruté del amor como nunca pensé, como nunca sentí. Ella dormía siempre en mi casa, sobre mi pecho todas las noches tan apegada. Pero el apego es, en lo que Antonia menos cree.

Cuando todo se empezó a poner difícil, porque la vida es canija y no le hace nada de gracia vernos bien tanto tiempo, a Antonia le faltaron ganas de luchar. De repente todas las promesas que me hizo no sé en qué estado se le olvidaron. De pronto sus besos eran vacíos igual que su mirada. Yo, en cambio, todos los días luché por ella, yo se lo había prometido y maldita sea que soy un hombre de palabra. 
Un día quedamos de vernos en un café. Fui yo el que terminó la relación. Antonia con su característico orgullo que trató de imponer para disimular sus lágrimas, estuvo de acuerdo en cerrar el ciclo. La dejé en su casa.
Al día siguiente le mandé flores y le pedí perdón, le dije que la amaba más que antes y que superaríamos esto. Antonia me dijo que era muy tarde. 
Ella deseaba acabar con todo hacía tiempo.

Dejamos de vernos un par de meses, los peores de mi vida. Al menos ya podía fumar sin que nadie me recordara lo malo que es para mi salud. Me enfoqué en el trabajo, amigos, y mi carrera, en todo eso que hace uno pues cuando alguien lo deja. 
 Una noche en casa recibí un mensaje de Antonia: "Yo creo que tenemos que quitarnos las ganas de coger". Le respondí que en una hora llegaba.
Fue el peor sexo que tuvimos, ni la vez que sus papás estaban en la casa mientras cogíamos calladitos la habíamos pasado tan mal. Nos reímos, tomamos café y quedamos como buenos amigos. Un mes después, no quiso verme más.

Unos meses más y volvimos a salir. Y, de repente, teníamos una relación casual: dormíamos juntos, salíamos de paseo, le hacía de comer, todo como antes. Pero ahora puso reglas, la primordial: "No hay sentimientos de por medio, esto no significa nada para mí."
Claro que yo volví a aceptar, aparte, ella no tenía porqué darse cuenta de que yo la seguía amando con locura, con tal de sentirla durmiendo en mi pecho de nuevo, otra vez le hubiera apostado a que sí al diablo.

Verla caminar en calzones por la cocina, preparando el café como solo ella sabía hacérmelo, me ponía a pensar en las dos veces que me echó a patadas de su vida. Como si al coser la herida esta no dejara una cicatriz de todas maneras. Era frecuente en mi cabeza el "¿por qué?", ¿qué clase de lección la vida pensaba darme al arrebatarme lo que yo más quise aunque nada de ese amor me fuese retribuido de vuelta? No sé. Yo que le hubiera cantado todos los días, yo que no hubiera sentido molestia por envejecer mientras ella estuviera a mi lado.

Un día Antonia dejó de contestar los mensajes de texto que tanto me costaba enviar porque yo de esas mierdas no sé nada. La llamaba y me respondía una grabadora. Volví a probar suerte con los molestos mensajes, "¿Qué pasa?" –no hubo respuesta. Me volví loco, no podía soportar perderla otra vez. No quería morirme de nuevo.
Un par de horas después recibí su último mensaje.

A Antonia nunca le gustó apegarse a nada, pero lo hizo conmigo. Dos de tres veces ha intentado sacarme de su vida; dos lo logró, esta vez, no.


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