Formas de estar en el mundo

Estoy leyendo un libro cargado de verdad. Es una autobiografía y su autor se apresura a disculparse por su ego; se pregunta cuánto ego hay que tener para escribir sobre uno mismo, para suponer que a alguien le va a interesar. Quizá debería hacer yo lo propio ya mismo…

Me alegro de que lo hiciera para poder elegir leerle, para poder sentirme identificado, para encontrar respuestas y despertar preguntas que no me había hecho. Es sanador, porque es así como nos construimos a nosotros mismos, a través de otros, y porque está en nuestra naturaleza relacionarnos a través de la palabra (entre otras vías) y que otras personas, algunas elegidas, nos iluminen; también sirve para aceptar la falta de sentido que suelen tener habitualmente las cosas que suceden. No todo tiene sentido y, a menudo, tampoco es necesario buscárselo.


Hace tiempo leí en algún lugar que en Estados Unidos está triunfando una especie de gurú, de autor, que se ha inventado un culto que basa sus enseñanzas en una suerte de budismo reinterpretado, actualizado. El secreto de su éxito radica -decía el artículo- en lo flexible que es: no insta a las personas a hacer nada específico sino a elegir sus propios esquemas, su propia ética, sus propios valores -los que a cada cual le resulten útiles- y a ceñirse a ellos. Personalmente creo que es una perogrullada porque es algo que sucede per se: todos, absolutamente todos, tenemos nuestra forma de estar en el mundo y actuamos en base a ella. Todos tenemos unas reglas, un software moldeado por la experiencia que usamos -acaso inconscientemente- para caminar por la vida cada día. ¿Debo hacer esto o lo otro? ¿Debo ir por aquí o por ahí? ¿Debo irme o debo quedarme? Hay quienes necesitan una serie de preceptos explícitos para sentirse ubicados y recurren a religiones e idearios varios; otros se marcan objetivos que simplifican la entropía de vivir: ganar dinero, formar una familia… Lo que algunos llaman “plan de vida”. Un objetivo siempre decidirá por nosotros ya que ante cualquier disyuntiva se elige la que más nos acerca a nuestro objetivo y santaspascuas.

Otros, sin embargo, desdeñamos religiones y no le vemos mucho sentido al concepto “plan de vida”. ¡Que los dioses me libren de enfocar mi vida como si fuese una empresa que explotar para obtener un resultado, para llegar a algún lado! Pero esto no quiere decir que no hayamos desarrollado nuestro pequeño manual del usuario de la vida, de forma más o menos específica, de forma más o menos consciente. A través de los libros que decidimos leer, de las películas que decidimos ver, de las personas a las que decidimos escuchar moldeamos una forma de entender el mundo. Y uso el verbo ‘decidir’ muy conscientemente porque si decidimos sobre todo eso, decidiremos también quién queremos (o esperamos) llegar a Ser y nuestra forma de Estar. No es algo definitivo, pero no es poco.

Y lo transmitimos… Es inevitable. Escribimos, hacemos canciones, damos consejos y le repetimos nuestra película a otras personas porque nos relacionamos. Y no podemos hacerlo más que desde nuestras propias coordenadas, desde nuestra forma de estar en el mundo. Algo de egocéntrico, en el sentido más estricto de la palabra, sí que tiene, sí, pero no hay otra forma.

Lo malo de todo esto es que, por mucho que nos empeñemos en querer ayudar a alguien dándole todo lo que nos hemos construido para nosotros mismos, nuestra caja de herramientas para la vida, no le va a servir a todos los que nos rodean. A veces podemos intentar con todas nuestras fuerzas que alguien a quien amamos no sufra, que no cometa errores que quizá nosotros ya hayamos cometido, o que simplemente vemos venir y… no llegamos a servir de nada. Igual que un libro, por hacer una analogía, le ‘servirá’ a unos y no a otros. A mí no me sirve de nada Ken Follet, no me sirve que me lleven a una historia de la que no me traigo nada de vuelta; prefiero a Carver. Igual que si alguien intentase ayudarme a mí hablándome de la voluntad de dios; no, no me serviría. Y aún así todos seguiremos hablando desde lo que conocemos y nos parece que funciona. No hay otra forma. A veces es trágico.


Permitidme que cambie un poco de tercio. Últimamente, por circunstancias, he pensado algo sobre la muerte. Ahora, además de por el ego de escribir todo esto, permitidme que me disculpe también por lo lúgubre del tema pero espero mejorarlo en las próximas líneas. He pensado, decía, sobre la muerte y, sobre todo, sobre cómo la asimilamos. No es que sea un tema nuevo, es más bien universal y hay enfoques místicos, simbólicos, médicos, antropológicos, etc, pero como decía, cada uno se agarra a lo que le apetece.

El momento de la muerte -y esto es un hecho constatado- no existe. Es un proceso. Médicamente se certifica cuando deja de haber pulso cardíaco pero cuando eso sucede aún quedan muchas cosas por pasar… Y antes también han sucedido algunas. Cuando fallecemos el cuerpo comienza a actuar en piloto automático, igual que la mayoría de las cosas que hace pero esta vez al cien por cien. La muerte sobreviene por algún fallo orgánico o multiorgánico y el cerebro comienza a decidir qué es indispensable y qué no, optimiza los recursos de los que dispone. De hecho, si la muerte no es violenta, cuando el cerebro se ve apurado comienza a ‘desconectar’ las actividades de puertas afuera: primero el hambre, después la sed, después el habla, despúes la vista, el oído y, finalmente, el tacto. Cerramos y empezamos a pasar de todo, a vivir sin salir de casa. Para ahorrar, literalmente.

Cuando finalmente el cerebro ha perdido el control del cuerpo y no es capaz de perpetuar la supervivencia, aún tiene algo que decir. Se ha observado que en este momento hay una oleada de electricidad y actividad neuroquímica. Y cuando digo “una oleada” me refiero a que los niveles son mucho más altos que los habituales en vida. Es aquí cuando las personas que han salido airosas de este trance, que han tenido NDE’s (experiencias cercanas a la muerte), dicen haber visto luces y similares. Se ha observado también que esto puede suceder hasta durante diez minutos después de la muerte clínica.

Y a partir de aquí empiezan mis especulaciones, consciente de que tienen una buena dosis de imaginación:

Cuando estamos ‘vivos’, todo lo que vivimos lo procesamos en el cerebro, todo está codificado en actividad eléctrica y química. ¿El recuerdo de tu primer día de clase? Electricidad. ¿Lo que hablas? Electricidad. ¿Lo que sientes, lo que ves, lo que tocas? Electricidad. Cuando ya sabes lo que es ver una mesa no necesitas verla para figurarla, puedes imaginarla o soñarla y eso no son más que electrones de neurona en neurona. No necesitar el acto físico de ver, de tocar, etc, para figurarlo como hacemos en los sueños ahorra muchísimo tiempo y la electricidad es realmente rápida. Supongo que todos hemos tenido la experiencia, en alguna ocasión, de haber soñado toda una epopeya y cuando nos hemos despertado nos han dicho que sólo nos hemos dormido un momento, ¿verdad? Pues eso.

Ahora pensad… ¿Cuánto podemos vivir cuando toda la actividad cerebral está dedicada a eso? No necesitas latir, respirar, sentir lo de fuera. Toda la electricidad dedicada a fabricarnos una vida, o muchas, de puertas adentro. ¡Quizá sean años! ¡Quizá sea más de lo que hemos vivido atados a la carne! Y no olvidemos que nuestro cerebro es realmente bueno creando sentimientos y sensaciones… probablemente no sabríamos qué está sucediendo, como cuando soñamos no sabemos que estamos soñando hasta que nos despertamos.

Pero he llegado un poco más lejos. La Teoría de la Relatividad nos ha enseñado que a velocidades cercanas a la velocidad de la luz, el tiempo se distorsiona, pasa más despacio. Y cuanto más cerca, más despacio. ¿Sabéis a qué velocidad se mueve la electricidad? Exacto, a velocidades cercanas a la de la luz, con lo que podemos fantasear que todo ese mundo en el que -imaginemos, repito- viviríamos tras morir clínicamente, podría durar virtualmente para siempre (o casi). Incluso aunque los demás sigan viviendo en una realidad en la que, desde su perspectiva, ese cuerpo y su cerebro ya no existan, la conciencia de esa persona, desde su perspectiva, estaría viviendo su propio para siempre. No sé si me explico.


Lo sé, lo sé… Todo esto tiene sus agujeros. He usado algunas bases científicas para montarme una ciencia-ficción pero, ya que no sabemos qué sucede cuando sucede, nada nos impide fabricar nuestra propia perspectiva, más o menos racional y más o menos simbólica. A mí esta me sirve un poco para encontrarle a la muerte un sitio en mis estanterías y, por eso os la transmito, con todo mi ego, porque está en nuestra naturaleza hacerlo y porque quizá le sirva a alguien.


Como decía, estoy leyendo un libro cargado de verdad y todo esto es parte de la mía. Cada cual sólo tiene la suya.