Isola di Ortigia, 01/08/2015 — fotografia di Elisa Speroni

El sombrero

Un soplo de viento y el sombrero voló bajo del mirador, donde Mireia estaba contemplando el paisaje marinero iluminado por un sol ardiente.

En el declive, una cantidad irreal de basura urbana: desorden y suciedad junto a un muro inclinado repleto de hierba. El sombrero muerto en medio de todo.

Por debajo pasaba una calle; en unos minutos de coche Mireia estaba allá.

“¿Podéis esperarme aquí?”, preguntó a sus amigas. “Voy a recuperarlo y regreso en un momento”. Dejó a sus amigas en el coche; la música alta podía oírse a través del aire.

Empezó a subir la colina, teniendo cuidado con los trozos de vidrio y todos los objetos que la gente tira en el mundo cuando no sirven más. Poco a poco escalaba el muro, casi sin dañar la frágil piel de sus elegantes piernas.

Triunfante, Mireia alcanzó el sombrero con sus manos. De nuevo suyo: durante un segundo, se puso feliz.

Después, un nuevo problema: ¿qué hacer ahora? Imposible subir al nivel de la calle y imposible bajar el muro, haciendo el trayecto al revés.

Bloqueada por un sombrero, como un abismo sin salida. Esperó un rato, inquieta.

De repente, dos ojos de hielo; las miradas se cruzan y despues una voz: “¿Necesitas ayuda?”

Una mano fuerte, al contacto con la suya, piel contra piel, el impacto de los pechos.

Unas palabras, unas risas…

“¿Adónde te llevo?”

“Allí abajo están mis amigas…”

“Tengo la moto aquí. ¡Sube y agárrate!”

Sus amigas, siempre en el coche, se quedan sin palabras al ver llegar a Mireia con un hombre, que parece un actor de cine, y su Vespa.

“¡Mil gracias!”

“¡Qué tengas un buen día!

Mireia sigue con los ojos la Vespa, hasta que la pierde de vista.