EL PSIQUIATRA DE MUJERES VIII

Brianna llevaban una vida holgada, le encantaba la buena lectura (en la bañera con agua tibia) y vivía en una lujosa casa del urbanismo El Faro Dorado, donde residían lo más granado de la clase política, banquera y judicial de Rio Ciego. Aquel día había llovido abundantemente y tenía ganas de caminar para drenar la angustia de haber sido despreciada por «Il Dottore», en todo caso se hacía imprescindible llevar impermeable y paraguas, para andar por las calles «Rioceganas» sin exponerse a una nueva lluvia o a un buen resfriado.

– Me marcho de Rio Ciego y de tu vida para siempre, cariño. -Habló en tono fuerte por su sofisticado celular-, luego de discar un número telefónico grabado en la pantalla.
 — ¿Quieres que te acerque al aeropuerto? –le responde una varonil voz, en el micrófono del móvil.
 — No, para nada, yo misma, de ser necesario iré con mi auto o cogeré un taxi. Espero que mi recuerdo te dé mucho insomnio y que cuando te pudras, yo más que nadie sabrá porqué a los gusanos les dará indigestión. Tras esto, le lanzó un sarcástico beso al aire, con rabia cortó la llamada y salió por la puerta principal del estacionamiento al volante de su vistoso descapotable amarillo.

Brianna siempre había sido sexy, aunque por su baja autoestima nunca creyó su parecido con una modelo de pasarelas internacionales. A pesar de ello, pasaba noches enteras sin dormir… buscando encontrarle explicación a la «papada» y a los «michelines». Ella conducía con postura erguida y despachando una falsa sonrisa a cuanto vecino se encontraba camino a la avenida principal. Una vez se puso el cinturón de seguridad, acopló la caja de cambios en modo deportivo, haciendo rugir el potente y ruidoso motor. Ya, ajustados los retrovisores, el vehículo desapareció entre las calles en medio de una nube de humo y polvo, con destino desconocido…

Su intuición, dada la negativa de Virginia de indicarle la ubicación de «Il Dottore»… la llevó con femenina certeza a Monteovejuna.

Es horrible, la espera es la profesión más ingrata del mundo -cavilaba en sus adentros- esa flacucha de Charlotte va a saber de mí.

Luego de 12 largos minutos, pasó bajo el viaducto — que se caía a pedazos cada día — , dobló en la calle principal y aparcó junto a la parcela F-5 situada doscientos metros antes de la casa de «Il Dottore». El odio le recorrió todas las arterias y una buena parte de sus entrañas, mientras miraba desde lo alto aquella lujosa e iluminada mansión de playa… con su pensar envenenado por la frustración.

Después de dedicarle una sarta de maldiciones, su esquizofrenia bipolar la hacía calificar de demasiado lujosa y ostentosa para un simple psiquiatra mercenario que a priori solo contaba con los honorarios de su consultorio. Se veía como una niñita traviesa… aplaudiendo feliz de ver las llamas incendiar la casa con la amante de turno en su interior.

Sabía todo lo que sentía por quién era propietario de esa vivienda de lujo, sabía que habría alguna mujer robándole el amor, su obstinada pasión sexual por Chris. Sabía –mejor dicho, creía saber- quién era la responsable de que su petición de ver a «Il Dottore» no hubiese sido atendida.

Visiblemente temblorosa detuvo el coche y miró al fondo, hacia la bahía, pero su mirada se entretuvo con el otro lado de la calle, en una de las construcciones más estrambóticas de la costa norte de Rio Ciego. Acelerando suave descendió la rampa de acceso al conjunto residencial, se bajó apresurada del deportivo, dio unos pasos, golpeó el portón de Monteovejuna y gritó a todo dar… al no recibir respuesta, la indignación se apoderó de ella… su trastorno bipolar iba «in crescendo»… ya no le importaba nada y empezó a sentirse irreconocible. Regresó al volante de su poderoso bólido, dos cuervos trazaban su vuelo en las alturas sobre su cabeza, graznando cada segundo. Más abajo, sobre la superficie del mar, revoloteaban y gorjeaban unos cuantos pelícanos. Aquel barullo de aves marinas despertaba recuerdos en su mente, pero no eran gratos e involuntariamente se tapó los oídos con las manos y cerró los ojos por un momento. Aunque luego se dio cuenta de que de ese modo era imposible aislarse del infierno que bullía en su mente e intentó sacudirse aquella sensación de la cabeza. Los cuervos emitían un crujido de muerte avizorando el tenebroso momento, ya en camino, impulsado por el reloj de los celos y el resentimiento… se posicionó justo frente al portón, puso marcha atrás, se alejó de retroceso a toda marcha unos 300 mts, hasta el inicio de la bajada de la rampa, un perfecto tobogán vehicular.

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Mientras en el interior de Monteovejuna…

— Gracias por servirme la comida, Marthalicia — se acercó un poco más — . Pero realmente le cambias el sabor a mi vida y no puedo olvidarlo. Siento el deber de recompensarte de alguna manera.

— ¿Recompensarme? — lo observó, cautelosa — . No quiero ninguna recompensa de ti, a menos que sea hacerme sentir amada, mujer, divina. Ah y me ayudes a superar los horrores de mis dos últimas relaciones.

— Después hablaremos de eso — se alejó camino la cocina a llevar los platos sucios — .

Como a la media hora, vuelve, se acerca y le pone –con sensualidad masculina- la nariz a centímetros de su boca.

Por el momento, tal vez me aceptes un beso como muestra de gratitud.

— ¿Un beso? — su ansiosa boca se le secó de inmediato — . ¿Tú… deseas besarme?

— Sólo como muestra de gratitud — replicó con suavidad «Il Dottore».

Ahora su cara estaba muy cerca de la de ella. Tan cerca, que la hizo sentir que aquellos ojos verde oliva la hipnotizaban.

— Entonces… hazlo — tartamudeó — . Si eso es lo que de verdad deseas.

— Creo que es lo que ambos queremos, Marthalicia — susurró al tiempo que le acariciaba con la mano la sedosa piel de las mejillas.

Estaban tan cerca, que sus muslos se tocaban, y sin dejar de acariciarle las mejillas, la besó en los labios. Por un momento, la boca de «Il Dottore» permaneció inmóvil; ella apenas sentía la presión.

Después, él subió la mano libre para acariciarle la nariz. Sosteniéndole la cabeza con las manos, Chris movió con suavidad los labios sobre los de Marthalicia, en un ritmo lento, sensual, que la atormentaba.

Ella comenzó a temblar y de forma instintiva se aferró a los hombros de Compagnolo para sujetarse. Él aumentó la presión y el corazón de la rubia comenzó a latir con fuerza. Dentro de las profundidades de su alma, el familiar demonio despertó convertido en excitación. Al sentir el roce de su lengua, ella entreabrió los labios y se perdió en la dulce y profunda sensación. Su corazón latía aceleradamente cuando él la estrechó en sus brazos y ambos cayeron sobre una manta, estratégicamente tendida en la arena, protegida por una carpa de hule. Él estaba casi encima de ella y su lengua dejó de hacer estragos en la boca de la linda cortesana, para mirarla un instante… a la profundidad de sus ojos.

— Quiero hacerte el amor, Marthalicia.

Ella hizo un esfuerzo inútil por hablar. –desgraciado si tengo rato desesperada por oír eso, -dijo en su adentros-, acompañado de un profundo suspiro. Después de simular un poco de resistencia, fingió darse por vencida e inclinó la cabeza con sumisa debilidad.

— Si no estás de acuerdo, me detendré — sus labios rozaron sus párpados. Su respiración era cálida y dulce sobre la mejilla de Marthalicia — . Nada obligado, ni quiero pienses me estoy aprovechando de la oportunidad.

Esa vez ni siquiera hizo el intento de hablar. Con desesperación le rodeó el cuello con las manos y de nuevo, él inclinó su boca hacia la de ella; con avidez desenfrenada, casi amenazadora por su intensidad. Era un deseo que exigía más, y los dedos de Marthalicia vagaron por su espalda en un anhelo insaciable que fue de pronto interrumpido por un quejido de dolor.

¡Cielos! ¡Las cicatrices de tu espalda! -En su deseo incontrolable las había olvidado.

— Chris… lo lamentó, no he querido hacerte daño — susurró con sentimiento de culpabilidad.

Al sentir que Chris se apartaba de ella, -por los traumas de la guerra- el corazón le dio un salto. ¡No lo creía! Imaginaba que lo había echado todo a perder.

— Por favor, Chris — le suplicó — . Ha sido sin querer. No lo hice… Olvidé… — su voz se apagó cuando él, de forma inesperada, le puso un dedo en los labios.

— Lo sé — le aseguró amable — . Digamos que te dejaste llevar por la pasión. Tu castigo es que no te podrás mover durante los próximos 10 minutos. ¿Estás dispuesta a hacerlo, mi pequeña tigresa con garras afiladas?

— Acepto — respondió.

Chris le puso las manos en la cintura y las deslizó debajo de su blusa.

— Tanta belleza no debe estar oculta, Marthalicia — le levantó la blusa para dejar al descubierto los senos turgentes. Levantó los brazos para obedecer la orden de él, y un instante después, le quitó la prenda. Luego arqueó la espalda y permitió que le quitara el sostén para quedar desnuda de cintura para arriba. Sin vergüenza alguna, se dejó acariciar por la mirada de admiración de «Il Dottore». Una vocecita interior condenaba su conducta inmoral, pero el ruido de las emociones más fuertes le decían todo lo contrario.

Casi con reverencia militar puso una mano en cada pecho, sintiendo su firmeza y los pezones erectos.

— ¡Hermosa! — murmuró él — . Verdaderamente no sé porque huyes de las fotografías, si… tienes el cuerpo de venus y un rostro angelical… veo que eres una acomplejada con tu cuerpo, pero te adoro.

Con lentitud le desabrochó el bluejean y lo deslizó por las caderas y las largas y esbeltas piernas. Marthalicia sólo se quedó con su pequeño bloomer, cerró los ojos y tembló de antemano cuando él le quitó esa última prenda. Abrió a tiempo los ojos, para observar que él también se desvestía y levantó los brazos para atraerlo hacia ella. Mientras sus bocas se unían en un húmedo encuentro sintió la dureza del órgano masculino sobre su piel y el contacto la hizo estremecerse de deseo. Finalmente, la lengua de Chris vagó hacia su cuello para sentir el pulso acelerado y siguió su camino hacia abajo hasta llegar a su destino final, cerrándose sobre el pezón. Marthalicia, de forma convulsiva, le acarició el cabello y un grito escapó de sus labios mientras estimulaba con su mano derecha, la varonil erección de Chris.

Su cuerpo tembló al sentir que las manos de Il Dottore iniciaban una exploración sobre sus caderas, su estómago y su bajo vientre, y gimió cuando le separó los muslos con suavidad.

Podía oír la respiración agitada de Compagnolo, cuando éste se posicionó encima de ella. Chris deslizó la mano izquierda sobre las nalgas de ella para levantarla, y Marthalicia se mordió el labio inferior para ahogar un sutil gemido en espera de una inminente invasión carnal en lo profundo de sus entrañas. Gritó cuando fue poseída. Por un instante, permaneció inmóvil al sentirse oprimida por el peso de su pareja hasta que él se levantó y usó sus poderosos antebrazos como apoyo. Temerosa de lastimarle otra vez la espalda, lo sujetó del cabello como si temiera que se levantara y la dejara acostada ahí, estremeciéndose de pasión.

Él la contempló; sus ojos estaban encendidos por el fuego de una tormenta interna, y después comenzó a moverse con rítmicos movimientos de cadera. La suave y firme posesión produjo una reacción primitiva, desbordada y enérgica en el cuerpo de ella que la ayudó a contestar esa penetración con un ritmo propio.

Olas de voluptuoso placer sacudían su cuerpo, haciéndola olvidarse de todo, para pedir más y más. No existían ni el tiempo ni el espacio. Sólo importaba ese sentimiento. El ritmo de él se hizo más rápido, lo mismo que las respuestas de Marthalicia, llevándola a un febril instante. La chica lo oyó gemir y se dio cuenta de que temblaba, y su propio cuerpo se convulsionó en una explosión silenciosa de placer. Lo abrazó con fuerza hasta que sus cuerpos descargaron simultáneamente toda esa energía en ebullición. Sus brazos cayeron, inertes, a los lados y dejó escapar el último suspiro de pasión.

— ¿La pasaste bien? — él le besó los párpados, la frente y después la boca.

— ¿Por qué me haces esa pregunta tan estúpida? ¿Es que no eres capaz de darte cuenta?

— La próxima vez será mejor — le dio un mordisco en la yema de los dedos — . No seré tan impaciente.

— ¿La próxima vez? — preguntó, después de mirar aquellos ojos verde oliva y fingió un gesto de escándalo — . ¿Qué te hace suponer que habrá otra vez?

— ¿Y por qué debería pensar que no? — rió con suavidad. Se apoyó en un codo para contemplar el cuerpo de Marthalicia como quien admira una posesión recién adquirida — .

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En ese justo instante se escucha un fortísimo rugido de un vehículo acelerado a fondo acercándose al portón de la casa y en fracciones de segundo un estruendoso ¡crash…!!! un deportivo amarillo se estrellaba contra la puerta de Monteovejuna… Marthalicia grita y Chris entra en alarma. La puerta fue golpeada tan brutalmente que salió desplazada con vigas metálicas, el marco y todo, a punto estuvo de aplastar a la risueña pareja en su lecho de amor al borde de la playa. Compagnolo corre a la cocina, toma un arma de cañón largo, preparada para vaciarle el cargador en toda su humanidad a cualquier intruso. Llegó medio asfixiado por la violenta carrera hasta la verja de Monteovejuna… una inmensa nube de polvo y humo tapaba la entrada, ahora destrozada. Marthalicia también corrió, se vistió, sentía que estaba a punto de desmayarse y salió a apoyar a su consorte. Ella reconoció de inmediato, el malogrado vehículo de Brianna, su adversaria. Impresionada y en shock, se acercó a Chris y le preguntó si debía llamar a la policía, «Il Dottore» histérico le gritó si alguien la estaba siguiendo o espiando, a lo que ella respondió con un no tembloroso.

A los cinco minutos, dos funcionarios, en un vehículo de la policía local hicieron su aparición, sin la sirena conectada y estacionando frente a la misma puerta destruida. Uno de los agentes saludó efusivamente a «Il Dottore», preguntándole si había oído unos gritos aterradores fuera de la casa ya que, una llamada anónima los había alertado.

Yo diría qué más que eso, -contestó el recién llegado detective- esa conductora debe estar malherida, cuidado si no muerta.

Chris aunque ya había sido abordado por los agentes del cuerpo de investigaciones de la policía, se retiró a la terraza e hizo algo que no era costumbre en él, encerró a Marthalicia en el mirador y decidió emborracharse y desconectar su radio móvil, cuya frecuencia estaba configurada solo para establecer comunicación con Virginia, su asistente. En medio de los tragos recordaba aquellos años cuando fundó Hysteryland, cuando le salvó la vida a «Virgo» y todas aquellas promesas que le hicieron el jefe de la policía, el alcalde y los políticos interesados en su negocio y su voto. Luego «Il Dottore» bajó y se escondió en unas rocas enormes adyacentes al puerto de la mansión, con su arma en mano, cargada, lista para entrar en acción. Meditaba, entre trago y trago que hacer, ante la grave situación que se le avecinaba.

El veterano detective, teniente, por demás, Archie Blackman se apostó bajo la improvisada carpa con sus gafas de visión nocturna listas, su rifle y abrigado hasta las cejas. Como había llovido intensamente, por la copiosa humedad, de repente, sintió un calor interior desaforado, era como si le hubiese crecido una tupida piel protectora que le obligaba a despojarse de ese traje. Independientemente del tiempo que hiciera se ponía traje y corbata, porque era detective, no el repartidor de una panadería — .

¿Qué tenemos? — Preguntó a Lazlo Patterson, su despistado sargento ayudante- sacando un cigarrillo y ofreciéndole otro a su partner, el primero de los veinte diarios que se permitía.

— Un cadáver, dos sospechosos. Dice Lazlo -sarcástico- además el portón de la casa de mis sueños destrozado, un «coitus interruptus» con la mujer de mis sueños y el vehículo de mis sueños, un hermoso convertible… vuelto añicos.

Sueños, sueños y más sueños… !sugiero -Gritándole desaforado- que te despiertes y abras bien los ojos, carajo!

— La virgen, ¿otra matanza por culpa de las faldas de Rio Ciego? –Grita Lazlo, hablando al cielo consciente de las complicaciones que le esperaban como encargado judicial del procedimiento…

Sin ninguna duda –continúa Black- aquel acto criminal no lo pudo realizar un ser humano en sus cabales y, sabemos que este «Doctorcito» se maneja con pura mujeres que les falta un tornillo.

Ummmm… balbucea Lazlo.

–Eso es correcto -asintió el experto detective-, botando el humo de su cigarrillo en forma de círculos.

El acceso es franco, directo desde la parte alta de la rampa de acceso al urbanismo, -deduce en voz alta Patterson- no se puede llegar hasta aquí sin pasar por la portería, ni sin ser visto.

En las ventanas — lo interrumpe Black- hay rejas, cámaras y binoculares, pero de seguro nadie habrá visto nada, nadie habrá escuchado ni a los gatos. Y de momento nadie confesará haber sido el autor. Un cadáver, dos sospechosos, sobrios y de buena posición social. ¿Qué te parece?

Black apagó el cigarrillo y se alejó unos pasos para tirarlo a la playa. El sargento Patterson arrojó el suyo al vehículo siniestrado, justo bajo las ruedas traseras y tuvo que salir corriendo, desesperado, a apagar con arena un incendio incipiente, ya que la colilla encendida cayó en un charco de gasolina.

Eres un torpe, un loco, -iracundo el capitán- no sé cómo te permiten ser policía… ¡nos vas a quemar a todos en esta vaina!

Perdone señor… ya está resuelto, apagado el fuego.

— Ya imagino todas esas historias, Patterson -con dejo de pesimismo-. Luego resultará que «Il Dottore» se había pasado media noche durmiendo como un angelito, la chica borracha pretendía colarse a robar algo que le diera para comprar vino, por el camino se tropezó con el vehículo deportivo de color amarillo, encendido. La pobre neurótica, se asustó ante tantos caballos de fuerza, perdió el control y se estrelló casualmente contra el portón… perdiendo la vida. El esposo, mejor dicho, el viudo, se pavoneará de ello delante de alguno de nuestros soplones, cobrará el seguro de vida y caso cerrado.

Patterson se encogió de hombros. Lazlo creía todo eso que acababa de contarle su superior, y sin embargo notó que su curiosidad iba en aumento tras cruzar la puerta y según avanzaban por el estrecho pasillo que conducía, escaleras arriba, a la terraza y escaleras abajo, al muelle donde atracaba una espectacular lancha rápida. Respiró profundamente para dominar la excitación, pero también el miedo al contacto con el misterioso «Il Dottore», mercenario de la guerra del desierto. En cuanto avizoraron a Chris, desde arriba, sus rostros esbozaron una fingida indiferencia profesional. Corrieron a donde se encontraba Compagnolo, apuntándolo con sus armas. «Il Dottore» se escondió tras la máscara del soldado, del especialista experto en tensiones de alta guerra. Solo se aseguró que vigilaba por que se respetara su ley… la ley de la selva, o en su defecto… la de Histeryland.

Efectuando un disparo al aire, con gesto de imperturbable superioridad Chris les espeta «Un paso más y sumaré dos cadáveres… más»

Le recuerdo que somos la policía -Grita Black- sacando su chapa oficial y sujetando firmemente el gatillo de su rifle, listo para descargar sus balas.

«Me sabe a mierda… estoy en mi casa… -desafiante Chris- no diré una palabra sin la presencia de mi abogado, como ven estoy armado, soy veterano, militar con honores de guerra y solo les sugiero se retiren por sus vidas -con algo de sarcasmo- de mi vista y de mi propiedad».

Repentinamente se escucha el chirrido de unas llantas seguido de una larga y estruendosa frenada. En medio de una enorme nube de arena aparece un Hummer H3 color fucsia, de donde se bajan Virginia y Doménico Gordon, ambos con sus pistolas automáticas, apuntando al frente, cual operación comando. Cuando el fornido abogado ve al interior del deportivo amarillo (identificando el cuerpo inanimado de Brianna), quedó petrificado, dejó caer el arma y empezó a llorar a canta jarros, como un bebé abandonado: “Brianna… Brianna ¿porque lo hiciste? ¿Porque no me esperaste? -su desconsolado llanto retumbaba en el ambiente-. «Si no vives para que quiero hacerlo yo…» acto seguido se arrodilla en la arena, recoge su arma, la carga de nuevo y se lleva el cañón a la mandíbula… Virginia grita y se desmaya de la impresión. Black y Compagnolo corren, «Il Dottore» se cae al tropezar con una piedra, Archie brinca las escaleras y en menos de dos segundos, Chris con la boca abierta, ve desde la arena que el capitán se agacha, adoptando la posición de un francotirador, posa su rifle de asalto liviano en uno de los salientes de la terraza, efectúa un certero y oportuno disparo que hizo blanco en el magazine del arma de Doménico… éste cae aturdido… el arma vuela por los aires… pero justo a tiempo para salvar la vida del desesperado intruso, quien queda desmayado en la arena, adyacente al deportivo siniestrado.

No pensé que en esta maldita ciudad se pudiera uno topar con un escondrijo de cabrones y putas tan fastuoso -vocifera Black auténticamente asqueado -. Y encima -repentina carcajada- se han decidido suicidar por celos, precisamente hoy, en domingo. A estos jóvenes ahora como que no les enseñan ni pizca de respeto por el día diseñado por Dios para el descanso y la familia — Archie Black estaba visiblemente alterado. Y no se le iba el «cabreo» porque su «domingo en familia» también había sido arruinado.

— Estás del todo en lo cierto, Archie — murmuró Lazlo Patterson girándose en todas direcciones para encontrar una posición en la que el viento no le apagara la llama del mechero para encender el cigarrillo, su fórmula para calmar los nervios — . En esta casa, aparte de cuernos por doquier, hay un montón de historias interesantes… si las paredes, el agua y la arena hablaran…

Cállate y dame otro cigarrillo… !no me jodas¡ -Black le dice a Lazlo, con voz paternal.

Lo restos que quedaron de aquel auto y de aquel cuerpo parecían haber sido desmembrados por una explosión, aunque en principio esa hipótesis estaba claramente descartada. Patterson cogió con sus guantes un pequeño trozo de carne ensangrentada y la introdujo en un recipiente, en ese preciso instante oyó un gemido y un grito ahogado por el amasijo de hierros y vidrios. El auto entero comenzó a crujir y zarandearse, las llamas aparecieron de repente, lentas pero con inminente peligro de detonación. Fue cuando otro grito más largo y aterrador le hizo entender enseguida que en esa «infernal cabina» había un cuerpo aún con vida. Esto provocó que los cuatro allí presentes, mejor dicho los cuatro «conscientes», quedaran paralizados por la sorpresa. El Capitán Black llamó con urgencia –por su radio portátil- a los bomberos y le giró instrucciones a su sargento ayudante, encargado de la patrulla que usara el extintor de incendios y abriera las restantes altas y negras puertas enrejadas que protegían la mansión, que minutos antes habían desatado la furia de los ángeles desalmados de la noche…

Gracias por leer… continuará

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